Tú eres la verdad

Por S. Kumar

Tenemos el hábito de dividir el mundo en fragmentos y elegir uno de ellos como la verdad más preciosa y exclusiva de todas. Ese es el resultado de nuestro pensamiento de tipo dualista. Los científicos trabajan arduamente para hacer un descubrimiento exclusivo. Los filósofos se desvelan intentando hallar una idea original.  Los economistas agotan sus cerebros en pos de una teoría que resuelva todos los problemas. Cotidianamente los periódicos gastan enormes cantidades de dinero en busca de «exclusivas». También las religiones buscan verdades exclusivas: la verdad cristiana, la verdad hindú, la verdad budista, la verdad del Islam. También hay pacifistas que reclaman su exclusivo camino hacia la paz: la paz de la ONU, la paz quáquera, la paz pacifista, la paz unilateral, la paz multilateral. Todos creemos tener la respuesta y conocer el camino, pero, ¿por qué la gente no lo sigue? Personas de gran talento y compasión desarrollaron un sistema para tratar a los enfermos. Creyeron que podrían hacerlo asequible a todos los pobres y acercar así la salud a todo el mundo. Establecieron gigantescas organizaciones para realizar investigaciones. Fundaron enormes hospitales. Se formaron doctores en las universidades. Cualquier práctica aparte de la medicina moderna fue condenada por supersticiosa y no científica, más aún, por fraudulenta. Se gastó una colosal cantidad de dinero y energía. Pero ese exclusivo sendero a la salud no nos permitió alcanzarla. Mató la diversidad dentro de la medicina. Muchas formas tradicionales de tratamiento fueron olvidadas. Hoy somos víctimas de la medicina monopolista.

Del mismo modo, quienes iniciaron el movimiento para la “educación por la escolarización” tenían compasión en sus corazones. Pensaban que si reunían a los niños de las áreas marginadas con los niños de ciudades mayores en grandes escuelas y les proporcionaban laboratorios de ciencias, piscinas, gimnasios, deportes, todo ello con maestros especializados, se lograría transformar la sociedad íntegra. Las universidades abrieron departamentos de educación donde adiestraron maestros especializados, profesionales, que no hiciesen otra cosa más que enseñar. Se invirtieron vastos recursos financieros para crear esta nueva clase de maestros que transmitiría su único método de enseñanza, basado en el racionalismo científico. ¿Dónde estamos hoy? Esta exclusiva manera de educar ha creado la actual confusión, ha dado origen a una civilización industrial completamente alienada de las profundas raíces de la humanidad.

El camino hasta la paz tiene una historia similar. El mundo occidental conoce el camino que conduce a la paz. De igual modo, el tercer mundo conoce el suyo. El resultado de esto es que siguen enfrentándose.

En la tradición hindú hay tres hermosos mantras que expresan la idea de muchas verdades. El mantra es una manera inexplicable de comunicación. Hay una frase, una breve declaración y se deja un amplio espacio para comprender la verdad de cada uno. El mantra es como un pequeño punto, tú hallas su sentido y completas la imagen. El encontrarle un sentido es tarea de tu imaginación. Si se le describe detalladamente, su sentido se desvanece y la verdad se pierde entre las palabras.

Uno de los mantras es So Hum, que significa algo así como: “Yo soy la Verdad”, “La verdad brota de mí”, etc. Cuando digo este mantra, pienso de inmediato en otro: Tat Sat, que significa “Esa es la verdad”. Ahora el foco se ha desplazado, ya no soy la verdad exclusiva: soy la verdad, pero existe también una verdad fuera de mí. Esto incluye la verdad de ella, la verdad de él, la de eso, la verdad de la tercera persona.

Hay un tercer mantra: Tat Tu’amasí, que significa “tú eres la verdad”. Cuando digo “veo la verdad” estoy también diciendo “tú eres la verdad”. No poseo ningún monopolio sobre ella.
Si católicos y protestantes, judíos y árabes, sikhs e hindúes, musulmanes y cristianos, socialistas y capitalistas se unieran y dijesen: “Vemos la verdad pero vosotros también la veis”, no habría guerras y todo sería más hermoso, pues la tolerancia reinaría.

La belleza está en todas partes, ya que reside en los ojos del espectador. Shakespeare descartó la noción de una belleza exclusiva. Aquí Occidente confluye con los mantras de Oriente. La flor, el árbol, el mar, la montaña y el río son hermosos sólo si la belleza está en nuestros ojos; sólo si somos capaces de verlos hermosos. Pero tened en cuenta esto: aun cuando no veamos la belleza de los árboles y los consideremos como objetos comerciales (lo cual es nuestro problema habitual), !os árboles son hermosos igualmente.

Mí madre es para mí la madre más amada. No hay en el mundo ninguna madre que pueda igualar a la mía. Mi madre es mi madre, me trajo al mundo, de no ser por ella yo no existiría. Es la persona más hermosa. Pero, potencialmente, toda mujer es una madre y, por ello, toda mujer es tan maravillosa, tan agradable y tan preciosa como mi propia madre. No hay competencia entre ella y el resto de las madres.

Tenemos una extraña noción de la verdad. Pensamos en la verdad como si fuese un florero, algo sólido, inflexible y objetivo. Pero la verdad difiere de los hechos. Un hecho es una realidad exterior a nosotros. La verdad es una experiencia interior. A cada momento experimentamos la verdad y cada momento es una verdad diferente. La verdad abarca una dimensión de universalidad y eternidad, pero la experiencia de la verdad es fresca a cada instante. No es algo sólido; no podemos decir ésta es la verdad, la he hallado y ahora la divulgaré. En el momento que decimos “éste es el camino”, perdemos el camino. La verdad es como la brisa marina. Siempre hay brisa sobre el mar, pero no hay dos experiencias de la misma que sean idénticas. Aunque sea la misma brisa, millones de personas la perciben de millones de maneras. Ninguna experiencia es más verdadera que las demás.

La verdad es como nuestra respiración. Todos tenemos nuestra propia respiración. Todos tenemos nuestra propia verdad. Mi respiración no invalida tu respiración. La interacción dinámica entre las dos polaridades —eternidad e intimidad— continúa a través de los tiempos. Si comprendemos este continuo fluir de la vida nunca seremos dogmáticos y nunca pensaremos que sólo hay una manera correcta de organizar el mundo.

La mente es una de las fuentes de este pensamiento exclusivista y una máquina muy eficiente de crear problemas. Puede crear millones de problemas sin ninguna materia prima exterior. La materia prima es el pensamiento, y la mente lo crea. ¿Hay algún ingeniero que haya inventado una máquina que pueda producir su propia materia prima? Creamos los problemas al fijar rígidamente nuestra mente en una tendencia particular. Si permitimos que nuestra mente siga su fluir natural descubriremos que hay muchos caminos.

Este es un problema paradójico: cuando nos abrimos a muchas maneras, encontramos nuestra manera particular. Podemos establecer una relación entre la verdad eterna y la verdad personal. Del mismo modo que tenemos nuestra propia madre y seguimos nuestra propia respiración, así seguimos nuestra propia verdad. Si saltamos de un lugar a otro y no mantenemos un camino particular, también entonces estamos perdidos. Debemos seguir una senda; puede ser una artesanía, o una expresión artística, puede ser un modo de acción o un camino de meditación. Debemos tomar la senda que se nos presente de modo natural y respetar a quienes siguen las sendas que se les presentaron. Así no construiremos órdenes, organizaciones ni sistemas monolíticos.

Si alguien pregunta: “¿Qué debo hacer? ¿Debo manifestarme y protestar contra los males del mundo y tratar de cambiar el sistema o debo ir a un santuario y meditar y orar por la paz?”, la respuesta es “Pregúntate a ti mismo, ve hacia donde naturalmente te diriges. No imites a otros si puedes ser tú mismo” Somos individuos, pero también somos parte de la totalidad. En la medida que intuyamos nuestra interrelación con todos los movimientos, con todos los patrones de pensamiento, con todas las ideologías, todos los valores y todas las verdades, no supone exclusivismo el seguir un sendero particular que nos llega de manera natural. Cada ser humano es único y tal condición debe expresarse; no debemos perderla de vista. Al comprender el uno en los muchos y los muchos en el uno, podemos seguir un camino aceptando todos los demás.

Cuando Ananda K. Coomaraswamy dijo que el artista no es una clase especial de persona, sino que cada persona es una clase especial de artista, abarcó la idea de muchos caminos para el arte y la transformación del acto en una forma de arte. Tanto si esparcimos óleo sobre una tela como si barremos el suelo, si lo hacemos con amor y utilizamos nuestra creatividad, eso será una “obra de arte”; pero si lo hacemos de manera repetitiva y apática no será más que una tarea doméstica. Ese gran artista, el gran maestro, está dentro nuestro, sólo que dormido. Si dejamos que ese maestro despierte, experimentaremos la vida como Jesús o Buda. Todos tenemos esa capacidad, pero estamos dormidos y dejamos en otras manos, por ejemplo, la tarea de lograr la paz en el mundo o de producir grandes obras de arte. Continuamos con la cotidiana rutina de levantarnos y vestirnos, ir al trabajo para ganar dinero y pagar las cuentas. En actividades triviales se nos va el día, la tarde se pasa con la televisión, el bar, la cena y los periódicos. Nos vamos a la cama y dejamos la paz en manos de los Verdes, y el arte en manos de Picasso y Yehudi Menuhin. Seguimos caminando en nuestro sueño y creemos que ése es el único camino. La aceptación de muchos caminos es despertar y ver a Dios a nuestro rededor, danzando en todas sus expresiones.

 

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