Lo que importa: el trofeo

Foto: Benson(LCC)

Por Rosetta Forner

¿Competir para satisfacer expectativas, ser aceptado por los demás o para compensar la falta de seguridad en uno mismo? ¿A quién no le gusta ser aceptado, reconocido, alabado, gratificado y amado? Que levante la mano quién no necesite de este alimento cualitativo y abstracto. Todos, todos…, o casi todos, queremos ser amados. No obstante, muchas veces la necesidad se torna paradoja y perdemos por el camino la ilusión, la alegría y el entusiasmo por participar, simplemente participar, en la gran aventura que es vivir una vida humana.

Disfrutar.
Dejar que las capacidades maravillosas fluyan y se esparzan por el mundo.
Nos han enseñado, enseñan y enseñarán que, es más, se esfuerzan en reafirmar dicha creencia (hasta instalarla en niveles profundos de nuestra psique), hay que competir, incluso llevarse por delante al otro (a ese que posicionamos como enemigo a batir o eliminar en pos de alcanzar la gloria, la fama y la eternidad, en suma), si es necesario. Obviamente, todo vale. Todo, con tal de alcanzar la privilegiada gloria del triunfo.
Dicen que la sociedad es tremendamente machista, por estar regida por una impronta masculina que, a modo de dictadura irrazonable y ciega en su sinrazón, nos está llevando a la destrucción a muchos y variados niveles. Por el contrario, se nos dice que las mujeres, de gobernar el mundo, lo harían mejor puesto que son más dialogantes, conciliadoras y nutricias que los hombres.

¿Verdadero o falso?

Ambos dos.

Verdadero porque la cultura competitiva es de origen (¿de verdad?) masculino. Para empezar, ellos han competido contra los animales desde los orígenes de los tiempos. Se acostumbraron a tener que vencer, porque no sólo se trataba de salir vivos e ilesos, sino que además debían procurar alimento a la tribu (gran logro, secundario pero primario en el círculo interminable: se necesitaba estar vivo, sano y fuerte, para poder cazar, había que cazar para poder alimentarse y estar sano, fuerte…) Y, de tanto salir a cazar, a pescar, y otros menesteres, para procurar el sustento de la tribu, se desarrolló una cultura de la competitividad que trasladaron a nuevos escenarios: las tribus de los demás. Y, así fue como comenzaron a luchar entre ellas por un pedazo de tierra fértil donde creciese el sustento vegetal y hubiese animales. Mientras tanto, las mujeres quedaron relegadas al papel de cuidadoras de los miembros más desprotegidos (niños, enfermos, viejos) de la tribu, a la cocina y a la recolección.

Esto era así, al parecer, al comienzo de los tiempos.

Ahora, seguimos reproduciendo estos roles ancestrales, sólo ha cambiado el escenario, y en vez de competir contra el animal de turno (ese que alimentará a la tribu), ahora competimos contra “otro” por el trofeo que alimentará nuestro ego, o el ego de nuestra tribu particular.
Por cierto, se trata de un alimento que, en nuestros días, se ha tornado baldío y vacío de significado real o de consistencia para el alma.

¿No?

Más bien: sí.

Tan sólo hemos de echar un vistazo a la cantidad de dependencias insanas desarrolladas por hombres y por mujeres en nuestra sociedad actual. Ambos colectivos, bandos o cómo se les quiera denominar, son presas del mal del siglo 21, a saber: el estrés emocional, ese producido a raíz del vacío que genera la desconexión con el alma.

Nos hemos concentrado y aplicado en cultivar y alcanzar sólo el factor externo y cuantificable, en detrimento del interno o cualitativo.

Por elemento o factor cuantitativo me refiero a la profesión, el coche, el barrio, la casa y su precio, el cargo, el salario, la pareja, los premios exhibibles, el renombre, la fama… Todo eso que podemos mostrar a los vecinos, colegas, amigos, familia… Nos hemos acostumbrado a fomentar los logros externos, lo visible, lo mostrable… No importando si nos dejamos la piel del alma en ello o si nos generamos insomnio permanente y amaneceres repletos de angustia.
No importa nada si con el trofeo –del tipo que sea- podemos sentirnos superiores a los demás aunque sea por un momento, aunque la gloria divina que nos es regalada sólo dure cinco minutos. Al menos, lo hemos conseguido.

Quién no lo consigue, quien no es merecedor de ese trofeo, no es nadie, lo cual equivale a “pasar por la vida sin pena ni gloria.” Y, eso de no dejar huella no es posible, no es admisible, ni es deseable para nadie.

El trofeo es lo que importa.

La vida, la ilusión, la serenidad, la complacencia, la genialidad, la satisfacción… han quedado fuera de juego, excluidas por “no cotizar en bolsa”.

El trofeo es lo que importa.

Y, trofeo es todo aquello que podemos pasear y mostrar a los demás, o sea, objetos y sujetos.
Tanto es así, que las mujeres (esas de las que se dice que son “más condescendientes, dialogantes, conciliadoras y nutricias” que los hombres), también –en general- se han apuntado al carro de la competitividad agresiva, demoledora del competidor, arrasadoras de barreras y elucubradora de estrategias que les permitan alcanzar la gloria y el triunfo al más puro estilo machista de referencia arcaica y aroma cerril.

Me explico.

En uno de mis libros las he denominado “las amazonas cabreadas”, simplemente porque han adoptado los patrones disfuncionales masculinos, esto es, se rigen por el lema: “en el amor y la guerra, todo vale con tal de lograr el triunfo.” Aunque, ese “todo vale” suponga empeñar la salud, el bienestar interior, la felicidad y la serenidad de espíritu. Aunque ese “todo vale” signifique educar hijos disfuncionales, faltos de amor paterno y maternal; hijos, en definitiva, carne de cañón de diván de psicoanalista o de coach.

Las mujeres no poseen más o mejores cualidades por el hecho de llevar el traje femenino del ser humano. Ni los hombres carecen de las llamadas características femeninas por llevar traje masculino. El anima y el animus, o sea, el principio masculino y el femenino, existen por igual en hombres y en mujeres.

Según mi sistema de creencias, el cuerpo físico es el vehículo que usa el alma para su existencia en la Tierra, para su vida humana. Y, punto. Por consiguiente, estoy firmemente convencida (me baso en la experiencia empírica que mi consulta me proporciona, amén de mi propia experiencia personal como ser espiritual viviendo una experiencia humana que ha instrospeccionado y explorado los territorios de su psique, y sigue haciéndolo), de que sólo nos diferencia el cuerpo, y de que las tenidas y asumidas como diferencias, son en verdad CREENCIAS diseñadas por el hombre (ser humano) para su conveniencia y egoísta beneficio sectarista y partidista. Unas creencias, que de tanto usarlas y recrearlas se han grabado a fuego en el ADN genético, terminando por alcanzar al alma. O lo que es lo mismo, una creencia que de tanto repetirla se ha convertido en verdad absoluta, esto es “palabra de Dios”. Por consiguiente, como es repetida y reproducida (vivenciada como tal) por tantos y tantos millones de seres humanos hemos concluído que tantos… ¡NO pueden estar equivocados!
¡Imposible!

Falso, pero cierto.

Cierto, pero falso.

Y, del discernimiento, ¿qué?

¿Qué es eso?

¿A dónde fue, dónde se perdió, dónde se quedó dormido?
Demasiado aborregamiento.
Demasiada estulticia humana.
Demasiado competir para satisfacer las expectativas de los demás.
Demasiado competir en contra de nosotros mismos.
Y, todo por lograr un trofeo de papel maché.

Tanto empeñarnos en ser aceptados por los demás, que hemos olvidado el ser nosotros mismos, el pensar por nosotros mismos y fabricar nuestras propias creencias.
Tanta referencia externa nos ha atontado las neuronas.

Y, que conste que a mi me gusta lograr mis metas, hacer realidad mis sueños y concretar mis proyectos, esto es, volverlos tangibles. Ahora bien, hace años competía contra mí. Me olvidaba de mí misma, dejaba de cuidarme, ocupándome tan sólo de satisfacer mi ego, esto es, de quedar bien delante de los demás, de demostrarles lo inteligente, creativa, brillante o valiente que era.

¿Hay algo de malo en ello?

No.

No lo hay.

No obstante, si que lo hay cuando uno se olvida de sí mismo, se descuida, y deja de escuchar a su intuición, a su cuerpo y lo machaca en pro de mostrarle al mundo algo (que por cierto, nunca se suele saber exactamente de qué que estamos hablando o intentando mostrar).
Competir, no hay nada malo en ello siempre y cuando uno no se deje la piel de su alma, no se pierda el respeto en pro de alcanzar el trofeo.

¿Lo qué importa es el trofeo?

Para muchas mujeres, así lo parece. Históricamente, ellas han hecho del matrimonio un trofeo, por ha ver estado éste –y aún estarlo- muy premiado y alabado por la sociedad. Dedicaron tantas energías a alcanzar ese trofeo que dejaron de lado a la mujer salvaje en ellas, olvidando con ello su propia dignidad y su bienestar espiritual. Depusieron las armas, lo cual significa dejar de ser ellas mismas para así poderle “reir mejor las gracias a la sociedad”. Esto, a su vez, se tradujo en un competir con las armas masculinas disfuncionales: volverse agresivas, empeñarse en hacer las cosas por kinders, fumarse la vida, volverse alcohólicas del trabajo, mentiroso-seductor-utilizadoras de otros, mediocres emocionales, renegadoras de la Diosa en ellas, malpensadas de sus dones, fastidiadoras de sus capacidades, avergonzadas de su condición de creadoras del milagro de la vida, y nutridoras de machistas-despistados emocionales (que a su vez harán la vida imposible a otras mujeres…)

Y, todo, porque, como a los hombres, sólo les IMPORTA EL TROFEO.

No importa si el precio es la dignidad del alma, la salud mental, la serenidad emocional, la satisfacción vital, la destrucción de la casa física…

No importa, si con ello se logra el trofeo.

Pero, ¿qué trofeo?

Ese que se refiere a “mostrarle al vecino, amiga, colega, otros…” que ella vale más que nadie porque lo tiene todo, a saber: marido triunfador -a lo mejor es un imbécil emocional que no la ama, pero… ¿a quién le importa? A ella, no parece importarle-, unos hijos monos y vestidos de marca, un coche de muchos euros, una casa en barrio de triunfadores, otra casa en la montaña o playa, y todo ello aderezado con una amenaza de divorcio existencial (pero esto es secreto e invisible).

Y, de ellos, ¿qué?

Tres cuartos de lo mismo.

Buscan satisfacer su ego machista, ese que se mide en función de los logros materiales paseables y mercadeables.

Y, con todo esto, la pregunta que surge es: ¿Hay alguien que sea feliz?

¿Importa esto?

No lo parece.

Asimismo, no parece que nadie de los que “llevan camisa de marca” sean felices o les importe serlo o no, pues ya se sabe: “EL HOMBRE FELIZ, NO TENÍA CAMISA”.

A todos esos que han optado por el “downshifting” (traducido en España por “vida sencilla o lo esencial”), les importa ya un pimiento si los demás les ponen medallas o etiquetas desclasificativas. A esos, lo qué de verdad les importa es seguir los dictados de su alma, por ello han optado por vivir su vida acorde a su REFERENCIA INTERNA, esto es, a los valores cualitativos de la vida, de su vida.

Y, a usted, ¿solamente le importa el trofeo?

Asimismo, pregúntese a qué tipo de trofeo aspira. Y, ¿por qué?

Trofeos.

Hace poco, la que es actualmente mi agente literario, me comentó que cuando coincidimos por primera vez (de esto hace 20 años, en el mundo de la publicidad. En aquel entonces, ella era directora de Marketing en una empresa cuya cuenta publicitaria estaba en la agencia de publicidad en la que yo trabajaba), ella pensaba de mi que yo llegaría a ser una gran directora de una gran agencia de publicidad.

Eso, no se cumplió.

Nunca he llegado a ser una gran directora general de una gran agencia de publicidad. Ni llegaré jamás, pues me he borrado de esa competición. En cambio, según sus palabras, “dirijo mi vida, y eso poca gente puede decirlo.”

¿El secreto?

Me apeé del tren de la competitividad.
Me atreví a hacerlo.
Me dí permiso.
Me eduqué a ello.
Me dio la gana.

Escogí entre ser un zombi social o un ser humano vivo y con ilusión por vivir mi vida.
Dejé de darle importancia al trofeo externo.

Por consiguiente, pasé a ocuparme de mi interior, de mi propio bienestar, de preguntarme qué pensaba de esto o de aquello, y acerca de lo qué era importante para mí. En resumen, desplegué mis alas y dejé que mi verdadero YO fluyese y maravillase al mundo con su luz.

Suelo decir que gracias a que un día me cesaron pude descubrir y dar nacimiento a mi talento (escribir).

No hay trofeo más maravilloso que el de permitirse ser uno mismo y dirigir nuestra vida tal y cómo nos plazca acorde a los valores personales y creencias del alma.

Haga lo qué uno haga, ha de concederse sus trofeos, y no buscar la aprobación externa.
Y, ¿usted?

¿Anda todavía en pos de un trofeo que se le escapa de nuevo cuando parecía que iba a darle alcance?

O, por el contrario, ¿dejó ya de soñar con trofeos imposibles de colocar en su casa?

Si le gustan los trofeos simbólicos. Si le apetece adentrarse en el museo de los premios. Si quiere averiguar si lo suyo va de trofeos rancios o de diseño. Si decide homenajearse con un trofeo de creación propia… siga leyendo, pues le propongo un poco de ejercicio, a modo de paseo, por la reflexión troferial.

Ejercicio:
1- Haga una lista de los trofeos literales o simbólicos que ha acumulado o logrado en su vida.
2- A continuación, pregúntese qué ha tenido que sacrificar para lograrlos.
3- ¿Le ha merecido la pena?
4- Ahora, desde esta nueva perspectiva, ¿volvería a hacer lo mismo?
5- Diseñe su trofeo personal e intransferible, ¿cómo le gustaría que fuese?
6- ¿Cuáles son las creencias que han de dar vida a ese trofeo suyo?
7- ¿Cómo hará para saber que está siendo fiel a sí mismo y no se está desviando de su meta?
8- Imagínese al final de su vida en la Tierra (es como una META), ¿cómo querría sentirse? ¿Qué querría llevarse consigo, y a qué nivel?
9- a) Hágase una lista de obligaciones para consigo mismo.
b) Haga una lista de sus derechos.
10- Permítase el lujo de decir NO a los trofeos de competitividad externa, esa de “quedar bien con los demás”. Escriba 5 buenas razones por las que quiere decir NO, de ahora en adelante, es decir, razones por las que quiere negarse a picar el anzuelo de la envidia competitiva.
11- Todos los días, concédase un trofeo simbólico por haberse tratado a sí mismo con dignidad, amor, respeto y libertad.
Todos los días permítase la libertad de ser y hacer algo sólo, por y para usted mismo.

Abra los ojos, disfrute del paisaje y déjese premiar por la Vida. A lo mejor, a usted le parece más conveniente crear una fábrica de trofeos.

El trofeo, NO es lo que importa.

Usted, sí que es lo que importa.


El niño que iba a resolver los problemas del universo

Ricardo Ros – El niño que iba a resolver los problemas del universo

El mundo funciona con sus leyes. Los objetos caen al suelo por la Ley de la Gravedad y si no respiras, te ahogas. Superman vuela y no necesita respirar, pero sólo es una película. La vida real es como es. Nuestra vida no es una película. Un Supermán real se partiría el fémur si saltara entre dos edificios. Pero todos imaginamos que triunfamos, nos vemos rodeados del éxito, en el amor, en el trabajo, en los negocios. Es fácil soñar. Para poder modificar algo primero hay que reconocer que existe. Para poder modificar la realidad, primero tenemos que centrarnos en la realidad. Si negamos la realidad nunca vamos a poder cambiarla. Puedes soñar, pero si no trabajas en contacto con la realidad, la realidad te superará y te absorberá. No estar bien psicológicamente significa no saber distinguir entre nuestros sueños y la realidad. Tienes que soñar, pero es necesario que sepas que eso no es la realidad, es sólo un sueño, un deseo, una fantasía, una ilusión. Por un lado está la imaginación, y por otro lado está la realidad. Son dos cosas diferentes. Saber diferenciarlas es la frontera entre poder realizar los sueños o quedarnos estancados en la fantasía. No aceptes las cosas como están, lucha por cambiarlas. Pero tienes que tener claro que
sólo puedes cambiar las cosas si estás en contacto directo con la realidad. Las fantasías no necesitan de tu ayuda para cambiar, se cambian solas.
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