Toco y toco, como loco

Por Bryan Pike

El olor (el olfato) y el sabor (el gusto) son sensaciones que están basadas principalmente en operaciones y principios químicos. Los estímulos del olfato son partículas volátiles liberadas por sustancias odoríferas, y los receptores se hallan situados al fondo del conducto nasal. Hasta hace poco tiempo se aceptaba generalmente el esquema de Henning, según el cual todos los olores pueden describirse en términos de los seis primarios: a flores, a especias, a quemado, a frutas, a resina y el pútrido o nauseabundo. Otra clasificación más reciente distribuye los olores según la forma característica de las moléculas del excitante volatilizado.

La sensibilidad olfativa del hombre medio es bastante fina: podemos percibir la trimillonesima parte de un grano de almizcle, esencia de naranja en la proporción de 1 a 2000, y una parte de mercaptán en cincuenta billones de partes de aire.

La relativa superioridad del olfato sobre el gusto, con respecto a la sensibilidad, la indica el hecho de que el umbral de la olfacción del alcohol se alcanza con la 1/20 000 parte de lo que se necesita para llegar al umbral del gusto.

Las variedades gustativas pueden producirse mediante combinaciones de cuatro elementos básicos o primarios: los sabores salado, ácido, dulce y amargo (en orden de sensibilidad creciente), fusionados con las sensaciones de olor, tacto y temperatura. Así, el café caliente combina en sí lo amargo, lo dulce, lo caliente, lo suave y lo aromático. La relación entre los cuatro elementos primarios no es tan sólo aditiva. Lo dulce, lo amargo y lo salado dependen mutuamente entre sí. Esto se puede demostrar mediante contrastes simultáneos, o sea, por el procedimiento de estimular a la vez lados opuestos de la lengua. También puede demostrarse mediante contrastes sucesivos, o sea, estimulando en momentos sucesivos el mismo punto de la lengua. De este modo, si se aplica azúcar a un lado de la lengua y en intensidad inferior a la del umbral de excitación, la aplicación simultánea de sal en el otro lado (o sucesiva en el mismo) hace perceptible aquel azúcar. Lo mismo ocurre si se invierten los papeles de la sal y del azúcar.

Las distintas partes de la lengua no son igualmente sensibles a los cuatro gustos primarios: en la punta se sienten mejor los sabores dulces y en la parte próxima a la raíz los amargos. Toda la superficie de la lengua es sensible a los sabores salados. La sensibilidad gustativa es máxima durante la niñez, cuando todas las papilas gustativas que hay en la superficie de la lengua y en otras zonas del interior de la cavidad bucal responden a los estímulos apropiados. A medida que se va creciendo, la sensibilidad disminuye por zonas. En la edad madura las paredes bucales no son ya sensibles a los estímulos sabrosos, y en la vejez sólo las partes laterales de la lengua y las próximas a su raíz muestran un alto grado de sensibilidad.

La estimulación cutánea forma parte de más de cinco clases de experiencias sensoriales: el tacto (incluidas las vibraciones), la temperatura, el dolor y la presión. El método tradicional de explorar la sensibilidad al tacto es el de ir señalando los órganos terminales que en la piel responden a ligeros estímulos. Estos pueden producirse con un pelito insertado en una varilla hendida. Hay cerca de medio millón de tales puntos sensibles esparcidos desigualmente por todo el cuerpo: en cada 10 cm2 hay unos ciento cincuenta puntos sensitivos en el antebrazo, trescientos en el pecho, quinientos en la frente y mil en la punta de la nariz, que es, por lo tanto, doblemente sensible que la frente. Los labios son sensibles los dos por igual, como es preciso para que el beso no sea una pérdida de tiempo; pero las partes más sensibles de todo el cuerpo humano son las puntas de los dedos de las manos, que lo son treinta o cuarenta veces más que la parte media de la espalda. El tacto estático es menos sensitivo que el tacto en movimiento o la «cinemática táctil», cuyo estudio se denomina áptica, por analogía con la óptica y la acústica.

A través de la piel podemos recibir informaciones transmitidas por medio de estímulos térmicos, químicos, eléctricos y mecánicos. Pero sólo los de las dos últimas especies pueden alcanzar algún grado de eficiencia, y los mecánicos son muy superiores en esto a los eléctricos. Los estudios que hizo sobre el estímulo mecánico indujeron a David Katz, allá por los años veinte del pasado siglo, a postular un sentido vibratorio especial. Más recientemente, F. A. Geldard ha desarrollado esta idea demostrando que es posible comunicar información por procedimientos mecánicos a través de la piel. Esta comunicación habrá de distinguirse de todas las formas familiares a tantos chicos como han jugado a adivinar con los ojos cerrados de cuál de sus amigos es el dedo que le toca en la espalda.

Geldard ha sugerido que en un «código de las sensaciones epidérmicas» deben incluirse las cuatro propiedades de todo estímulo vibratorio, a saber, intensidad, duración, frecuencia y localización. En condiciones experimentales, diversos sujetos pueden discriminar unos quince grados de intensidad y unos veinticinco de duración cuando se les aplica al pecho un estímulo vibrante (de una frecuencia de sesenta sacudidas). Parece ser que la piel es sensible a los cambios de la frecuencia vibratoria cuando las frecuencias son bajas (alrededor de cuarenta), pero esta dimensión del estímulo no nos sirve para nada, porque se confunde con los cambios de la intensidad con que es aplicada la vibración. Así, la intensidad del estímulo vibrátil, su duración y el punto de la piel a que se aplica constituyen los elementos básicos del lenguaje cutáneo. Verdaderamente, con sólo tres grados de intensidad (débil, media y fuerte), tres duraciones (breve, mediana y larga) y cinco localizaciones separadas sobre el pecho, tenemos ya un alfabeto de 45 letras. Un sujeto se lo aprendió de tal modo que era capaz de reconocer 38 palabras de cinco letras «vibrátiles» por minuto. La exploración de la piel desde este punto de vista se halla aún en mantillas y si se sigue investigando por aquí tal vez se lleguen a hacer apasionantes descubrimientos.

Aparte de su capacidad para responder a estímulos térmicos, eléctricos y mecánicos, la piel, especialmente en sus partes expuestas al aire libre, expresa también nuestros sentimientos y emociones. Esto proporciona una base psicológica para la importante industria de los cosméticos, que gira en torno al afán de embellecer la piel con ungüentos, pomadas, polvos y afeites, con miras a la apariencia. Al nivel irracional e instintivo vemos que las bestias lamen y atusan a sus cachorros, sobre todo por la región perineal, pues de lo contrario las tiernas criaturas correrían más riesgos de contraer enfermedades gastrourinarias. Las ratas que han sido lamidas por sus padres tienen más probabilidades de sobrevivir después de una operación experimental que las que no lo han sido; éstas se hallan expuestas a muchos más peligros y perecen en proporción mucho mayor.

La significación social de la piel humana puede ejemplificarse en el fenómeno del rubor, que cabe describir como el efecto de un sentimiento de vergüenza, apuro o embarazo que envía súbitamente al rostro una oleada de sangre. Nos ponemos colorados cuando somos sorprendidos en alguna situación indecorosa, cuando nos vemos demasiado alabados o falsamente acusados, y hasta cuando pensamos que alguna otra persona pueda sospechar o pensar lo que estamos pensando. El rubor se produce en la cara porque es lo que más presentamos en público.

Con todo y ser muy grande la sensibilidad táctil de la piel en general, hasta el punto de que sus reacciones podemos no sólo sentirlas sino verlas, no obstante, el órgano supremo de la actividad del tacto es la mano. El hombre debe a su mano el puesto dominador que ocupa en el reino animal. La mano cuenta con distintos poderes perceptivos, merced a los cuales procura información acerca de la superficie y la contextura de las cosas: metal, terciopelo, pelaje, seda…, y acerca de la forma de objetos envueltos en materias flexibles. Desde la más remota Antigüedad el hombre, como alfarero, panadero y quesero se ha servido de sus manos para dar con el «punto», con el «sentido exacto» de las cosas, al paso que el médico y el dentista pueden ampliar el uso de las manos para esto valiéndose de sondas. Cuando lo hacen así para explorar una herida o una cavidad natural del cuerpo reciben una impresión en aquel punto del instrumento que entra en contacto con el tejido orgánico.

Dada la decisiva importancia que ha tenido la mano del hombre en la historia de la humanidad, acaso resulte sorprendente la escasa diferencia que hay entre ella y la mano de los antropoides. Pero la mano humana tiene un rasgo radicalmente distintivo, a saber, un dedo gordo o pulgar que es flexible y oponible a los otros dedos, de tal forma que el hombre puede, gracias a este detalle, coger un objeto y palparlo por todos sus lados para advertir perfectamente su forma y extensión, mientras que la extremidad similar del mono, desprovista de esta característica humana, no le permite al animal ejecutar labores «manuales» propiamente dichas ni adquirir destrezas de un alto grado de diferenciación. A primera vista, el pie humano, como carece de prensibilidad, puede parecer menos completo que el del simio. Pero, si bien se mira todo, con la adquisición de tan valiosa pieza como es el dedo gordo oponible hemos ganado bastante más en lo que atañe a la mano que lo que hayamos perdido de posibles movimientos de la extremidad inferior.

Los pintores y escultores se toman infinitos trabajos para representar la mano, no menos que los novelistas en describirla. Testimonios de la enorme capacidad de expresión que poseen las manos los dio hace ya muchos siglos, en el siglo I d.J.C, el retórico de I Roma Quintiliano. «Las demás partes del cuerpo —escribió— le asisten sin duda al orador, pero sus manos hablan por sí solas. Con ellas podemos preguntar, prometer, hacer invocaciones, despedir, amenazar, solicitar, deprecar, mostrar temores, alegrías o enfados, dar a entender nuestra duda o nuestro asentimiento, significar nuestros pesares; con ellas nos manifestamos moderados o profusos y señalamos los números y los tiempos.» Todas estas propiedades han originado multitud de lenguajes mímicos, así como el arte de la danza y el de la farsa imitativa. Más aún que los ojos, que pueden fingir, la mano traiciona los estados de ánimo y los sentimientos pasajeros de una persona. Es muy acertada la designación que le dio Balzac: «la encarnación del alma».

En la superficie de nuestro cuerpo tenemos unos doscientos cincuenta mil minúsculos receptores que acusan la sensación del frío. Cada uno de estos «puntos» está conectado con su fibra nerviosa individual, que le une a la medula espinal o al cerebro. Otros 30 000 puntos responden a los estímulos calurosos. En las áreas que hay entre estos puntos la piel es insensible a los cambios de temperatura, aunque si se aplica allí un estímulo adecuado su efecto lo sentimos en seguida, porque el calor es conducido a través de la piel hasta o desde el punto sensible más próximo.

El calor, en el sentido físico, se define en términos de actividad molecular. Las temperaturas físicas oscilan entre el cero absoluto (273 °C bajo cero) y miles de grados por encima del cero; pero, hablando con precisión, de ningún objeto físico puede decirse que sea caliente o frío (o rojo, o dulce), pues estas palabras remiten a experiencias humanas conscientes que sólo se realizan mediante los receptores de nuestro sistema nervioso, como son los nervios y el cerebro. Los receptores térmicos de la piel responden solamente a una gama limitada de temperaturas externas, que se extiende desde unos —10 °C hasta unos + 70 °C. Por encima y por debajo de estos límites la única respuesta parece consistir en un calor abrasador o en un frío helador que destruyen los tejidos del cuerpo.

El que un estímulo térmico que esté dentro de esta gama limitada de los —10 °C a los +70 °C produzca sensaciones de frío o de calor dependerá de la temperatura misma de la piel. A la temperatura ordinaria de una vivienda —que es entre los 20 °C y los 22 °C— la piel de las manos y del rostro tiene una temperatura de unos 33 °C, que es inferior a la de la sangre. En la situación inversa, cuando se retarda la transmisión del calor de la sangre a la piel, decimos que tenemos calor.

El calor y el frío que nosotros sentimos son proporcionales a la rapidez con que cambia la temperatura. Un cambio de unos cuantos grados en el transcurso de una hora apenas lo percibimos. Pero si pasamos de una habitación a otra que esté, digamos, tres grados más cálida o más fría, acusamos al acto la diferencia.

La intensidad de la sensación térmica depende del área de la piel que quede expuesta al foco calorífero, y, por consiguiente, del número de receptores que sean excitados. Un agua que esté a 30 °C nos parece más caliente si metemos toda la mano en ella que otra agua que esté a 40 °C pero en la que sólo metamos un dedo.

Las mamas, al ir a bañar a sus niños, deberían tener en cuenta este detalle y no comprobar, por lo tanto, con el dedo o con la mano la temperatura del agua en que han de sumergir al nene, sino con el termómetro.

La «sensación» dolorosa puede decirse que es la menos estudiada aún de toda la neurofisiología y la psicología. La evidencia de que en el sistema nervioso existen unos caminos especiales para el dolor (las llamadas «fibras C») ha obligado a desechar la vieja idea de que el dolor no es sino una forma intensificada de otras experiencias sensoriales o bien «una pasión del alma». Sin embargo, sigue sin resolver la cuestión de si puede o no hablarse justificadamente de un «sentido» del dolor. No se ha encontrado en el cerebro ninguna estación terminal a la que hayan de transmitir su impulso las fibras C antes de que el dolor se experimente. Más aún, ningún médico puede decirle a un paciente: «Está usted doloroso», como, en cambio, puede decirle después de ponerle el termómetro: «Está usted febril, pues tiene una temperatura de tantos grados centígrados». Esto, junto con otros indicios, sugiere que en la sensación dolorosa intervienen procesos centrales del cerebro, más bien que estímulos periféricos. Por eso, el que un hombre o un animal sientan determinada experiencia como dolorosa no depende de que entre en juego un «nervio del dolor» (mientras que el oído y la vista dependen por el contrario de la activación de sus respectivos miembros), sino de si el impulso que llega al cerebro rompe o no el ritmo de la actividad cerebral ordinaria. Respecto de la mayoría de los agentes analgésicos, es, por lo tanto, lógico suponer que, hablando en términos generales, realizan su principal efecto no sobre el «factor sensorial originario», sino sobre el «factor de la reacción»; lo que equivale a decir que lo que hacen es no tanto embotar la sensación originaria cuanto modificar la respuesta de la sensibilidad.

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