La relación entre las personas está mediada por las emociones, esto es, interactuamos, conversamos, intercambiamos opiniones, matizado por la respuesta emocional que despierta en cada uno de nosotros. Estamos en relación, y percibimos del algún modo la realidad. Los gestos del otro, sus tonos, su habla, es interpretado de algún modo por nosotros, definido por la matriz de significados que tenemos. Todos poseemos, como dice H. Maturana (Humberto Maturana, Desde la Biología a la Psicología, ED. Universitaria.4ª. edición. 2008), una historia de acoplamientos estructurales en la interacción con el medio que nos rodea, una historia dada por la carga genética y por los hechos acaecidos en nuestra vida, que van creando patrones de interpretación y comportamientos.En función de la interpretación, actuamos y emocionamos. Así como cuenta la historia del rey Midas, que con su dedo convertía la realidad en oro, así nosotros recibimos la realidad y la convertimos en “algo”. Nuestros filtros perceptuales y de interpretación actúan creando realidades, que poseen distintos niveles de correspondencia con la realidad en sí misma. No existe una representación completamente verdadera, con total correspondencia a los hechos y situaciones, sino que existen muchas interpretaciones válidas. Si tenemos un grupo de seis personas, que interactúan con un elefante, para algunos esta será una realidad flexible y dúctil, si esta ante la trompa; para otros, una superficie rugosa y sólida, si está en relación con las piernas; pequeñita y móvil, si toca la cola; y así cada representación es válida y verdadera.
Muchas veces nos encontramos que una misma situación despierta distintos significados. Recuerdo haber participado en el carnaval de Sao Paolo, y era interesante constatar cómo en medio de la alegría y gozo colectivo de la masa, estaban personas de un movimiento religioso que actuaban en rechazo a lo que allí ocurría; desde su perspectiva, el carnaval, con su ropaje, bailes y cuerpos medio desnudos, era una ofensa a Dios. Y al mismo tiempo, se escuchaba la música y las letras, donde miles de personas bailaban, cantando versos en alabanza a Dios, al Amor y la Solidaridad.
Percibimos, interpretamos, emocionamos y actuamos.
Así como plantea H. Maturana, esta dinámica está en función del acoplamiento estructural histórico que la persona ha desarrollado, en función de la potencialidad de su sistema. Cada persona posee una individualidad, límites de potencialidades de percepción, interpretación, emociones y comportamientos, una estructura individual que define una clase por su organización. Define una identidad, que organiza sus componentes y sus relaciones. Desde esta mirada, el que uno perciba la cola del elefante, la trompa o las piernas está en relación a la potencialidad del sistema de la persona, y no de la realidad externa o interna.
Percibimos, interpretamos, emocionamos, y nos comportamos mediados por la potencialidad de nuestro sistema.
Esto es particularmente notorio en la vivencia de la maternidad, en la adopción. Los hijos adoptivos tienen un desafío previo al vínculo con la madre y el padre adoptivo, e independiente de las cualidades de los nuevos padres, más receptivos o menos, más amorosos o menos, más o menos, la vivencia de los hijos en relación a ellos estará mediada por la dinámica y grado de elaboración respecto al primer quiebre de vínculo ocurrido en sus primeras etapas de vida, especialmente en el periodo de la adolescencia, cuando el joven o la joven se ve enfrentado a la pregunta de ¿quién soy yo?, cuestionamiento que le exige una elaboración mayor e integración de su historia.
De igual manera, si eres un hombre que ha perdido su esposa e hija dando a luz, cuando comience una nueva relación de pareja, la posibilidad real de encuentro, estará mediado por el grado de elaboración del duelo y aceptación – porque en la medida que se establezcan la negación, la rabia y la pena, la vergüenza y culpa como dinámica emocional recurrente, independiente de la cualidad de la nueva pareja, este hombre no estará disponible para el encuentro. Esa mujer vivirá mucha frustración, independiente de su cualidad amorosa y femenina. Nada personal con ella, es sólo lo que permite la interacción de ambos sistemas.
Y así cada uno de nosotros se encuentra con la vivencia presente, en relación a otro, mediado por la historia previa, que ha dejado huellas, aprendizajes y significados. En psicología existe un vasto desarrollo del impacto de la historia personal, familiar y social. No somos un papel en blanco, si no que nuestro sistema de significados está definido por las consecuencias de la historia y por las decisiones y acciones que hemos asumido en relación a esa historia.
Cuando interactuamos junto a otro, es el encuentro de dos sistemas que tienen una unicidad. En cierto sentido la respuesta del otro está mediada por sí misma, creencias y sentidos de realidad; como también mi respuesta está en relación a mi sí mismo, creencias y sentido de realidad.
La rabia como emoción está al servicio de preservar los límites del sistema. Es una emoción que suele gatillar un patrón corporal de activación, donde nuestra musculatura se prepara para el ataque o huida, tensión en la cara y contracción de la zona de las mandíbulas, con predominio de respiración abdominal, ciclos rítmicos de alta frecuencia y amplitud. Se respira por lo general por la nariz, y lo más característico, es la mirada focalizada en el punto de ataque (Susana Bloch, Surfeand la ola emocional, Ed. Uqbar. 3ª Edición, 2009) y, su sentido de expresión es cuidar de la individualidad de la persona. Nos enojamos cuando se percibe una amenaza a la estabilidad del sistema, es una emoción que busca mantener lo que es esencial a la valórica, sentido de identidad y comportamiento deseado. La rabia es una emoción que tiene un sentido adaptativo y de preservación de la vida.
En este sentido es una emoción que está unida a nuestra unicidad; cuando te enojas, él, ella, o ellos se enojan, la presencia de la rabia nos indica un cuestionamiento en los límites y maneras de organización de la vida. Esto lo vemos muchas veces en el enojo de los hijos adolescentes, que aspiran a un sistema autónomo, y se ven violentados por las normativas de los padres. Existe la fricción propia a un movimiento de transición, donde los padres colocan normativas para asegurar un camino seguro y confiable hacia la adultez; y los hijos, tensionan las normativas para caminar hacia su autonomía. Y fruto de ello, ambos se enojan. Unos, porque se rebelan, otros porque sienten su autoridad cuestionada. Y ambas respuestas emocionales están en relación al sistema propio de creencias y expectativas, las necesidades especificas de cada uno.
Entonces, ¿cómo crear una relación que promueva el entendimiento en la diferenciación? Para abordar esta pregunta, es importante considerar que existen genéricamente dos contextos de relación: relaciones asimétricas y simétricas. Y con certeza, establecer diálogo y sostener la rabia en un contexto de igualdad, es diferente en relaciones jerárquicas. La relación padre hijo debiese ser una relación jerárquica, la relación de pareja, entre amigos, hermanos debiese ser simétrica. Existe una constatación sistemática que los campos familiares se benefician en su calidad de vida y equilibrio emocional por este principio de jerarquía e igualdad de sus integrantes, según sea el vínculo que los une (Bert Hellinger, Ordenes del Amor, Ed Herder, 2001. / Svagito Liebermeister, Las Raíces del Amor. Ed. Gulaab, 2006).
Integrar las diferentes percepciones y acoger la rabia en un contexto de igualdad exige el respecto de la diversidad y apertura a explorar el punto de vista del otro, sus motivaciones y hacer un puente de integración entre ambas visiones. Saber que su rabia es tan legítima como la propia, y considerar que ella está al servicio de su individualidad y motivaciones, gatillada por la unicidad de su sistema de creencias y sentidos de identidad. Exige mantener la igualdad en la legítima consideración de sí mismo y del otro. De lo contrario, se instala lo jerárquico y con ello, a lo precedente se le suma una dimensión de inteligencia emocional mayor. Esto se ilustra en dinámicas de parejas, que ante la frustración y rabia, de uno o los dos, se gatillan dinámicas emocionales infantiles, donde ambos o uno de los integrantes se comporta como un niñ@. Se quiebra la simetría de la relación y se establece un patrón jerárquico.
La presencia de la rabia en relaciones jerárquicas requiere de centrar las dinámicas emocionales asociadas a los patrones victima-victimario. Esto es, cuidar de entrar en la emocionalidad de la victimización, de pérdida de sentido de control e influencia, de rabia y frustración desde la impotencia. Como también, cuidar el autoritarismo descentrado, la rigidez y la soberbia del extremo control y auto referencia. La desconexión con el otro, como un legitimo otro en la divergencia, actuando sólo en consideración a su visión de mundo como una absoluta verdad.
Es posible ilustrar esta dinámica en contextos de relación padre hijo, donde exista fricción de algún modo, y el hijo se rebela desde una actitud de soberbia y los padres se rigidizan en sus posturas, asumiendo una línea autoritaria de liderazgo, o bien, se desvanece su fuerza y se victimizan ante la frustración y rebeldía. Los hijos por su parte, se rigidizan en sus postura, asumiendo una actitud autoritaria, que valida sólo la propia percepción, o bien, se desvanece su fuerza y tienden hacia actitudes autodestructivas. Entonces, en una relación jerárquica, el desafío es sostener la rabia, con su carga emocional, desde un estado de centramiento ante la vivencia de victimización y autoritarismo, que sería una relación jerárquica descentrada.
Sostener la divergencia, con un sentido de legitimidad del otro, preservando una visión del sistema, donde cada uno es responsable de su rol, sus acciones, decisiones y consecuencias, siendo un hombre o una mujer con límites, condición propia a la convivencia y, respetando que cada uno de ellos posee distinta función.
El padre y la madre tienen jerarquía sobre los hijos, les han dado la vida y de ellos depende su supervivencia, crecimiento y desarrollo. Los padres dan, los hijos reciben, esto es una dimensión inherente al vínculo. Cada uno se hace responsable de lo propio. Y quien tiene más poder, en este caso los padres, se hacen cargo de su liderazgo, que tensionará en la dirección planteada, haciendo tensión creativa hacia los propósitos educativos y sostendrá la tensión emocional, entre ellas la rabia, que esto genere en el sistema. Y actuará en consecuencia con sus límites de comportamiento, que preserven su individualidad, valórica y el rol que les compete por su función de paternidad.
De igual modo, quien esté en la posición de menor poder, requiere responsabilizarse de su rol, su comportamiento, decisiones y consecuencias, y sostener sus límites en función de su individualidad de hijo, o de la función que ocupe en esta jerarquía.
Antes de abordar el contenido propio de la interacción y del conflicto, es necesario establecer las condiciones estructurales de la relación, según sean simétricas o jerárquicas. Cada uno en correspondencia a su rol, su función y nivel de influencia.
Percibir la rabia, sosteniéndola con los ojos abiertos, manteniendo claridad y alerta en el cuanto al tipo de relación en la cual estás, es determinante en la cualidad de la relación con la rabia del otro. Si es simétrica, se abre un espacio de diálogo en igualdad, de búsqueda de integración y consenso, manteniendo la igualdad entre quienes se relacionan; si es jerárquica, te exige además, cuidar el diseño de la relación, crear diálogo distribuyendo las responsabilidades de cada uno y, quién tenga el peso mayor en la jerarquía, liderará en consecuencia.
Existen relaciones en simetría, otras que son jerárquicas, distintos cultivos emocionales. No puedes tratar la rabia sin considerar el diseño estructural de la relación.






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