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| Los niveles de responsabilidad de los trabajadores aumenta de tal manera que se hace indispensable la labor de un líder que los motive. |
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Como bien indican Klaus Doppler y Cristoph Lauterburg en su libro “Change Management”, tres aspectos definen el momento presente de las empresas: la escasez del tiempo, la escasez de dinero y la complejidad cada vez mayor de todos los aspectos concernientes a la empresa.
Estos cambios también exigen la presencia en la empresa de elementos que ayuden a dinamizarla y dirigirla con acierto, de nuevos líderes, con un afán de superación y de aprendizaje constantes, comprometidos, motivadores, con capacidad de trabajo y de iniciativa.
Los nuevos líderes deben ser capaces de saber lo que quieren tanto a nivel profesional como personal y son conscientes de su fuerza y de sus debilidades. Saben trabajar en equipo, son osados y no se asustan ante nada. Les gusta el riesgo y las nuevas experiencias. Se gana el respeto de los demás con su integridad y sus constantes ganas de aprender. Tiene pasión por la vida y por los nuevos retos.
No obstante, el nuevo líder sigue ostentando la magia y la fascinación que ya ostentaba en la antigüedad y los demás lo ven como alguien dotado de unas características sobre-naturales, excepcionales. Son aquellos “elegidos”, que ante una situación de peligro, son capaces de conducir a los demás hacia la salvación.
Sin embargo, pese a que comúnmente se crea lo contrario, muchos líderes no nacen siéndolo, sino que han sido las circunstancias las que les han empujado a serlo. (Ni siquiera es cierto que un líder lo sea en todos los ámbitos y en todas las circunstancias).
Por eso una de las claves de un buen líder es aprender a delegar el poder, favoreciendo la responsabilidad y la autonomía de los demás.
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