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Una prueba de ello lo encontramos en nuestra propia cultura,
donde la influencia judeo-cristiana ha tenido una importancia innegable. Los
dogmas y equívocos que rodean a la sexualidad en nuestra sociedad no son ajenos
a la influencia de la religión en ella.
De la misma forma que la religión, otros condicionantes con
respecto a la sexualidad son las necesidades económicas o políticas de un
pueblo.
Así en el antiguo Egipto se fomentaron las relaciones
incestuosas entre miembros de la familia real como medio de preservar una serie
de privilegios y no relacionarse con otras personas que podían amenazar la
hegemonía del Faraón. Algunos estudiosos ven también en esta costumbre un
componente relacionado con la salud, pues manteniendo relaciones sexuales sólo
entre ellos se aseguraban de no contraer ningún tipo de enfermedad de
transmisión sexual, tan comunes en la época.
En otras culturas, como por ejemplo la nuestra, el incesto
se ha visto como algo prohibido y negativo pues se ha contemplado con miedo al
favorecer este tipo de relaciones la aparición de taras genéticas.
Estas diferencias se ven reflejadas en las diversas
culturas, donde determinados rasgos pueden significar una cosa, y en otras todo
lo contrario.
Para los mayas tener los ojos bizcos era lago bello y
distinguido, lo mismo que para algunas tribus africanas tener los lóbulos de
las orejas agigantados y deformados por incisiones de madera o cerámica. En
nuestra cultura tanto una cosa como la otra no constituyen precisamente ningún
rasgo de hermosura, ni despiertan (por lo menos a nadie que yo conozca) la
menor atracción sexual. Ese concepto de sexualidad que existe en nuestra cultura
marca muchas veces una barrera infranqueable de incomunicación en la pareja que
la PNL nos puede ayudar a franquear.
Como bien sabemos, la PNL clasifica a las personas en tres
niveles de acceso y procesamiento de la información: el visual, el auditivo y
el kinestésico o sensorial.
Todos participamos de estos tres niveles de comunicación con
el exterior, pero siempre uno de ellos destacará sobre el resto. Así podemos
decir de una persona que es básicamente visual cuando el mundo exterior le
llega fundamentalmente a través de sus ojos. Para él las cosas son en cuanto
son percibidas como algo visto.
La manera que tenemos de entender la vida se manifiesta en
todas nuestras acciones y también en nuestra manera de expresarnos.
La persona visual habla en términos de: "mira
aquello", "observa cómo es", "fíjate qué bonito",
"tiene una figura hermosa", "¡qué feo es!".
Una persona auditiva se fija más en la palabra:
"escucha lo que te voy a decir", "¿no me has oído?",
"me suena muy bien", "necesito que me digas que me
quieres".
Una persona sensitiva, kinestésica, se referirá más a las
sensaciones o emociones que le producen las cosas: "te siento muy cerca de
mí", "te noto alejado", "nuestra relación es muy
fría", "¡qué dulce eres!".
Evidentemente, todos participamos de todos estos estadios en
mayor o menor medida pero, no obstante, siempre nos decantamos hacia una de
estas tres maneras de percibir el mundo exterior. Además podemos afirmar que
según nuestro estado de ánimo, la hora del día o la estación del año podemos
también variar ese punto de vista.
Esto tiene mucho que ver con la sexualidad humana, puesto
que definir el plano de comunicación con nuestra pareja puede ser determinante
a la hora de dar al otro lo que realmente necesita de nosotros.
Normalmente pensamos, movidos por la cultura sexual en la
que hemos crecido, que los demás piensan y sienten lo mismo y de la misma
manera que nosotros y eso nos lleva a cometer errores.
Si yo soy una persona visual y pretendo hacerle saber a mi
pareja que la amo, usando mi lógica le haré llegar ese mensaje de una manera
visual: le regalaré flores y le mostraré mi mejor sonrisa. Esto será perfecto
si mi pareja también es visual, pero si es auditiva posiblemente lo mejor que
puedo hacer es decírselo, y si es kinestésica
mostrárselo con un beso o una caricia.
Quizá no dar las cosas sentadas, y aprender a comprender el
punto de vista de la pareja sea un buen principio hacia una sexualidad más
completa y más sana.
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