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¿Hasta
qué punto somos responsables de las cosas que nos pasan?
Esta
es una pregunta difícil y que casi nadie quiere contestar puesto que hacerlo
con una dosis de responsabilidad es complicado. La mayoría de la gente prefiere
negar cualquier tipo de implicación y adoptar un papel de víctima.
No
podemos hacer nada al respecto – piensan algunos-. Las cosas que nos suceden,
nos vienen dadas, y nosotros, meros elementos pasivos, lo único que podemos hacer es afrontar las
consecuencias, sufrirlas y luego lamentarnos de nuestra impotencia.
Si
aceptamos que somos responsables, en cierta medida, de las cosas que nos
suceden, podemos darnos a nosotros mismos la oportunidad de sujetar las riendas
de nuestra propia existencia y de poder cambiar lo que no nos guste.
Lo
mismo sucede cuando analizamos los diferentes aspectos de nuestra vida y nos
damos permiso para cambiar las cosas.
En
muchas ocasiones ni siquiera nos paramos a reflexionar en qué aspectos estamos
volcando todos nuestros esfuerzos. ¿Nos dedicamos a todo con el mismo arrojo?
¿Tiene todo la misma importancia?
¿Estamos
desatendiendo algún aspecto importante?
Hace
poco tiempo conocí el caso de un gran empresario que dedicaba todo su tiempo y
su esfuerzo a ganar la mayor cantidad posible de dinero. Su empresa lo era todo
para él, y como marchaba viento en popa era su gran orgullo. Era querido y
admirado por sus empleados que nunca tuvieron ninguna queja de él.
Sé
que estáis pensando que quizá dedicaba un tiempo excesivo a su negocio y que
sin embargo desatendía a su familia y a su hogar. No es así. Su familia también
era muy importante para él. Sus hijos lo adoraban y con su esposa mantenía una
excelente relación tanto en el aspecto afectivo como en el sexual. Jamás se le
conoció una infidelidad y cuando volvía de sus viajes de negocios nunca
olvidaba un detalle para sus seres queridos.
Su
vida social era, así mismo, excelente y sus amigos se contaban por docenas ya
que conservaba de la misma manera las viejas amistades como iniciaba otras
nuevas. Tanto unos como otros no recuerdan que olvidará nuca felicitarles por
sus cumpleaños.
En
este punto quizá más de uno penséis que este señor lo tenía todo, era perfecto
y mantenía un gran equilibrio entre su vida profesional y su vida privada.
Estáis
en lo cierto. Así era. Sin embargo, algo fallaba porque nuestro hombre no era
feliz. Sentía un gran vacío espiritual por lo que decidió acudir regularmente a
unos ejercicios religiosos en su comunidad.
Parece
que con estas reuniones nuestro hombre debía sentirse por fin en la mayor
plenitud, pero desgraciadamente disfrutó poco de semejante estado de dicha. A
las pocas semanas su corazón falló…
Quizá
fue demasiada actividad.
Quizá
su error es que no dedicó la suficiente atención a su salud.
En
su funeral reflexioné sobre la tremenda importancia que tiene para todos los
seres humanos no descuidar ningún aspecto de nuestra vida y mantener entre
todos ellos un equilibrio. El no hacerlo así puede traernos consecuencias muy
graves, como en el ejemplo de nuestro amigo.
La
salud (tanto física como mental), el trabajo, las relaciones, la espiritualidad,
la familia, el dinero, la sexualidad, etc… son diferentes aspectos de nosotros
mismos, muchas veces interrelacionados entre ellos y que de ninguna manera
pueden descuidarse.
Aunque
en ocasiones nuestra vida nos exija centrarnos en algún aspecto en particular,
dedicarle más tiempo o más esfuerzo, a la larga no debemos perder de vista la
globalidad de nuestro ser, una visión holística de nuestra existencia.
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