La percepción

Por S.Astolfi

Percibir significa hacerse <i>cargo</i> de la información que del mundo exterior nos llega a través de los sentidos. Toda percepción es, pues, percepción sensible. La palabra <i>cargo</i>, que hemos escrito deliberadamente con letras itálicas, es esencial para definir la percepción.  Los informes sensoriales de los que no nos hacemos cargo, de los que no caemos en la cuenta, podemos no obstante recibirlos y es probable que se vayan almacenando en la memoria para ser aprovechados luego en el momento oportuno, pero es preciso distinguirlos de la información sensible de la cual somos conscientes. Supongamos que me siento junto al fuego a leer un libro y al cabo de poco empiezo a oír de pronto el tictac del reloj que hay sobre la repisa de la chimenea. ¡No es que acabe de adquirir el sentido del oído! Sin duda, he estado oyendo ese tictac todo el tiempo, pero sin darme cuenta de que lo oía. Pues bien, sólo cuando tengo conciencia de que lo oigo puede decirse que lo estoy percibiendo.

Es tradicional afirmar que nuestros sentidos (o modalidades del sentir) son cinco: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero las investigaciones modernas han evidenciado que en esta lista se omite a gran número de otras experiencias que pueden ser calificadas propiamente de sensoriales. Entre las no enumeradas están: 1) el sentido cinestésico o del movimiento, activado por los estímulos de los nervios que terminan en los músculos, las articulaciones y los tendones; 2) el sentido del equilibrio corporal, activado por la estimulación de las celdillas capilares que hay en el laberinto del oído interno, y 3) la sensación orgánica, activada por los nervios que terminan en el tracto gastrointestinal. Añádase que lo que denominamos sentido del tacto es en realidad una multitud de sensaciones incluye, además de la sensación táctil propiamente dicha, las experiencias de la presión, del calor, del frío y de los roces, choques dolores cutáneos.

Hojeando libros de texto de psicología se ve que, al llegar a la clasificación de los sentidos, casi cada autor los agrupa de un modo diferente. Esta diversidad es una consecuencia de que los puntos de vista desde los que se enfoca la cuestión divergen bastante de unos autores a otros. En un extremo están los que sostienen que sólo hay un sistema satisfactorio de clasificación de los sentidos, a saber, el que los distribuye según la clase de estímulo físico que excita el órgano sensorial: la luz o energía luminosa, la energía acústica o sonora, la energía mecánica, o bien la composición química de los fluidos del cuerpo y de su entorno inmediato. En el otro extremo se hallan quienes niegan que se dé una correspondencia biunívoca entre cada estímulo físico y las cualidades sensibles que evoca.

Esta opinión se funda en consideraciones como las que siguen: Un único y mismo estímulo no siempre produce idéntica experiencia: 1) los movimientos rítmicos de los dos trazos del diapasón los captan el oído en forma de sonido y la laño en forma de vibración; 2) un mismo estímulo puede producir sensaciones de calor y de luz; 3) el estímulo de una determinada temperatura física puede ser sentido como caliente si afecta a algunos puntos de la piel y como frío si afecta a otros; 4) una gota de ácido producirá acritud en la boca, pero en el ojo excitará la sensación de una quemadura; 5) una enorme variedad de efectos subjetivos es producida por un mismo estímulo eléctrico, que puede excitar, de hecho, todos los sentidos; 6) una fuente de luz que se encienda y se apague alternativamente puede parecer constante en ciertas condiciones e inconstante en otras; 7) una misma luz que nos parece débil si hemos estado un rato en un ambiente más luminoso puede parecemos mucho más brillante y fuerte si hemos pasado ese rato en un sitio oscuro; 8) diferentes estímulos (por ejemplo, el de la luz o el de un golpe de viento en el ojo) pueden suscitar la misma respuesta. Por todas estas razones, se arguye que la clasificación psicológica de las experiencias sensoriales debe basarse no en las propiedades físicas de los estímulos, sino en los efectos del experimentarlos.

Pero no demos demasiada importancia a estas diferencias. Si hemos de apreciar el modo como una percepción sensible individual es afectada por menudas variaciones de los estímulos físicos, también estamos obligados a tener en cuenta nuestro mundo subjetivo. Es necesaria, por consiguiente, una doble clasificación: que recoja por un lado las respuestas de los sentidos a los estímulos físicos y que determine, por otro, las interrelaciones que se producen entre las experiencias sensoriales mismas.

Cada percepción sensible posee: una cualidad distintiva, que depende de la clase de fibras nerviosas excitadas; una intensidad, que está en función de la energía del estímulo; una duración, y a veces una extensión, que depende de la magnitud del objeto percibido. Un alto grado de sensibilidad en el receptor puede compensar una escasa energía del estímulo. Si se aplica un estímulo adecuado a un receptor sensible desencadena una serie de impulsos del cerebro de resultas de las modificaciones que se producen en la superficie de sus fibras nerviosas receptoras y transmisoras. Estos impulsos operan a base de un “o todo o nada” y viajan a una velocidad que puede variar desde 1 m a 100 m por segundo y con una frecuencia de 10 a 200 sacudidas por segundo. Su frecuencia es proporcional a la intensidad del estímulo y a la naturaleza de la fibra nerviosa.

Los impulsos de todos los nervios sensoriales son muy parecidos, sin que importe que el estímulo sea electromagnético, térmico, químico o mecánico. Hay motivos para suponer que llegan a la capa gris del cerebro por dos caminos principales: uno, el de la fibra especial que conduce hasta el centro del tálamo y desde allí se extiende hasta su propia área de proyección, es decir, hasta su estación final en el cerebro; el otro es una vía indirecta, a través de la formación reticular que transmite impulsos a muchas partes del cerebro.

Cuando una fibra ha sido excitada entra en una fase de absoluta «rebeldía» durante la cual ya no responde a la excitación. Este período varía, según las especies, entre 0,001 y 0,01 segundos, y es seguido de otro período relativamente refractario durante el cual recupera poco a poco la fibra su excitabilidad. Sólo un estímulo muy fuerte puede excitar la fibra durante esta segunda fase de relativa insensibilidad, pero gradualmente la fibra se va haciendo cada vez más sensible a los estímulos débiles y vuelve a su estado normal.

Se ha dicho a veces que nuestras potencias o facultades sensitivas, especialmente la vista y el oído, son relativamente insensibles, o que por lo menos podrían ser, con ventaja para nosotros, mucho más sensibles. «El filo de la navaja de afeitar se nos convierte en una sierra —decía Coleridge— si lo miramos con una buena lupa, y las deliciosas melodías de Purcell y de Cimarosa le parecerían disonantes balbuceos a un oyente cuya capacidad de dividir los compases fuese mil veces más sutil que la nuestra.» De hecho, cada receptor visual de los que hay en la retina es sensible hasta para un cuanto de luz, que es la unidad más pequeña de energía radiante. En cuanto al oído, a 3000 ciclos por segundo podemos oír una vibración de partículas que flotan en el aire cien veces más pequeñas que el diámetro de la órbita de un electrón que gira en torno al núcleo de una molécula de hidrógeno; los movimientos de la membrana del tímpano son de una amplitud que no llega al uno por ciento del diámetro de una molécula de hidrógeno. Coleridge estaba, por lo tanto, equivocado si creía que nuestros ojos y oídos nos proporcionarían más información si su sensibilidad fuese mayor. No sólo la proporción de sus señalizaciones sería mucho más reducida e inadecuada, sino que hasta la luz más débil nos parecería discontinua y nuestros oídos atronarían por los choques de las moléculas del aire.

Todos los sentidos responden de un modo selectivo a los cambios que se producen en el medio ambiente, por ejemplo, a la energía radiante de una frecuencia superior o inferior a cierta medida. Además, todos ellos despliegan efectos de contraste; así, la aparente brillantez de un estímulo visual quedará reducida si aumenta la brillantez de la zona circundante. En tercer lugar, todos los sentidos presentan el fenómeno de la adaptación. Consideremos algunos ejemplos del sentido de la vista: Cuanto más rápida sea la adaptación previa a la luz, más lenta será la subsiguiente adaptación a la oscuridad; y cuanto mayor sea la primera, menor será la segunda. Asimismo, lleva más rato habituarse a la oscuridad que habituarse a la luz. Si de la luminosidad del mediodía se pasa a la oscuridad de la sala de un cinematógrafo, pasarán tal vez diez o quince minutos antes de que uno se acostumbre a ver en la semi-penumbra. Y al contrario, cuando se sale del cine a la luz del día se tarda mucho menos en ver perfectamente, aunque de momento nos ciegue la claridad exterior. El concepto de la adaptación de la vista es, sin embargo, más bien paradójico, pues puede significar uno de dos procesos opuestos: puede referirse a una reducción de la sensibilidad, o, lo que es lo mismo, á una elevación del umbral de respuesta, como sucede cuando nos adaptamos a un nivel lumínico de mayor brillantez que el precedente («adaptación a la luz»); y puede referirse también a un aumento de la sensibilidad, a un descenso del umbral de respuesta, como el que se produce cuando nos adaptamos a un nivel lumínico inferior al que había antes («adaptación a la oscuridad»). Cuando nos refiramos a la adaptación de otras modalidades sensoriales, entiéndase que lo hacemos en el primero de los dos sentidos indicados.

Así como un objeto brillante parece menos brillante cuanto más tiempo nos lo estamos mirando, así también un sonido elevado nos lo parece menos si lo oímos durante mucho rato. La adaptación al sonido es una forma de la fatiga auditiva. De una breve exposición a un ruido intenso nos recobramos rápidamente, pero si la exposición se ha prolongado durante un período largo,, por ejemplo, durante varias horas, la recuperación requiere un tiempo proporcionalmente mayor. Un obrero de fábrica o de carretera que está expuesto día tras día a la percepción de ruidos muy intensos puede notar que su oído se le «cierra» o debilita permanentemente.

La adaptación al olor se efectúa con mucha rapidez, como lo saben cuantos han tratado de habituarse a otro aroma o perfume. Cuanto por más tiempo tenemos que aspirar un olor determinado, menos sensibles llegamos a ser a su presencia. Así que el umbral de perceptividad para un olor va elevándose a la par que aumenta el tiempo de adaptación, y cuanto más intenso es el olor al que estamos expuestos más de prisa se alza el umbral de perceptividad.

Los efectos de la adaptación son en el gusto más complicados que en el olfato y ejercen importantes influencias sobre el umbral e sensibilidad a los distintos sabores. La exposición a uno determinado, como el del azúcar, reduce nuestra capacidad de respuesta a ese mismo sabor, al principio lentamente y luego más deprisa. Lo que disminuya nuestra sensibilidad dependerá del grado e concentración del azucaramiento al que estuviéramos acostumbrados.

La adaptación al tacto, con tal que el estímulo sea más o menos constante, se realiza rápidamente. Pronto dejamos de notar el roce de los vestidos con nuestra piel o el de las gafas en el caballete de la nariz. Pero los cambios concretos, que se verifican en la piel como respuesta al estímulo y que dan por resultado la adaptación, no han ido aún adecuadamente identificados.

Todo aquel que se haya metido con demasiada precipitación en un baño caliente o en el mar cuando el agua está helada sabe, sin luda, que el adaptarse a una temperatura diferente requiere algún espacio de tiempo, tanto más largo cuanto mayor sea la diferencia entre la nueva temperatura y la normal. Parece que el umbral de a sensibilidad para los cambios de temperatura es inferior (alrededor de 0,10°) cuando nos adaptamos a una temperatura próxima a la normal para nuestra piel —el cero fisiológico humano— que es alrededor de los 32 °C.

La adaptación al dolor, en el sentido de reducirse la sensibilidad al prolongado estímulo, es menos fácil de demostrar que la inadaptación de otras modalidades sensoriales, quizá porque el dolor es algo más que una experiencia sensorial. Otra razón es que el dolor raramente se presenta de una manera continua e invariable. Por lo común, fluctúa en sus diversos momentos y lo más álgido se interfiere y alterna con la adaptación. Viene a ser como si la persona que sufre estuviera sometida a una constante renovación del estímulo hiriente.

Aparte de la capacidad de respuestas selectivas, los efectos de contraste y los de adaptación, todos los sentidos tienen en común el que responden a los cambios relativos de la señal. Es decir, el hecho de que el cambio de una señal sea notado (digamos que 75 % de las veces) depende, no de un aumento o de una disminución absolutos de la intensidad (u otra cualidad), sino del aumento o merma relativos a la intensidad existente. La iluminación que añade una segunda bujía se advertirá muy bien, pero no la que añade la bujía número 1000. Y lo mismo ocurrirá, de ordinario, con la diferencia en el ruido debida a un segundo aeroplano y con la debida al aeroplano número 1000. El cambio proporcional en una señal que puede ser percibido se conoce con el nombre de «fracción de Weber» (del fisiólogo alemán E. H. Weber, que fue uno de los primeros en investigar experimentalmente estos fenómenos). Los valores de la fracción de Weber en medio de la escala de la sensibilidad son aproximadamente éstos:

Sentido ———————— Fracción de Weber

Vista ———————————-1/60
Cinestesia —————————1/50
Daño térmico ———————–1/30
Tono auditivo ———————–1/10
Presión sobre la piel ————–1/7
Olor(del caucho) ——————-1/4
Gusto de la sal ———————1/3

G. T. Fechner dedujo de los trabajos de Weber que las diferencias entre señales o estímulos que son notados con igual frecuencia tienen idéntica magnitud subjetiva. Esta opinión ha sido criticada por S. S. Stevens, quien mantiene que las diferencias que se notan con igual frecuencia son subjetivamente iguales en magnitud tan sólo cuando se trata de la cualidad de la experiencia perceptual (de la clase metatética, cfr. el párrafo siguiente). En cambio, cuando se trata de la cantidad de la experiencia perceptual (de la clase protética), las diferencias no son necesariamente iguales, arguye el citado crítico. Esta cuestión plantea varios problemas de grande interés teórico.

Acabamos de ocuparnos del contraste que establece S. S. Stevens entre dos tipos de discriminación sensorial. Se fija la una en la cantidad de experiencia, en cuánta excitación se produce (la clase protética). Atiende la otra a la cualidad de la experiencia, mirando de qué especie es y dónde se produce la excitación (clase metatética). La distinción entre ellas se ha sugerido que se debe al hecho de que en el primer caso (en la protética) se discrimina por adición de una excitación a otra, como sucede en la experiencia del ir levantando la voz hasta vociferar; mientras que en el segundo caso (en la metatética) se discrimina sustituyendo una excitación por otra, o sea, excitando diversos sitios, como en la experiencia del tono del sonido. Sobre esta base, la fuerza de la voz dependerá sólo del número de fibras activadas, mientras que su tono dependerá de cuáles sean las fibras que se exciten. Al comparar dos intensidades sonoras estamos comparando los efectos de dos sumas diferentes de estimulaciones. Al comparar dos tonos, comparamos los resultados de estimular diferentes grupos de fibras.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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