Seguir siendo sinceros

Por Max Horton

Hemos recibido una doble moral. Por una parte nos han dicho que había que ser sinceros, que debíamos expresar nuestras opiniones con franqueza pero que sobre todo no debíamos mentir. Por otra parte también se dice que la verdad sólo la expresan los niños y los locos. Cuando hemos expresado con sinceridad nuestra opinión la mayoría de las veces no ha sido bien acogida no porque nuestras opiniones no fueran correctas sino porque hemos comprobado que hay muchas cosas que no deben decirse nunca aunque se piensen.

En realidad la gran prueba a la que nos somete el madurar es a no expresarnos con la absoluta libertad y despreocupación a como lo hacíamos cuando éramos niños.

Madurar significa sobre todo pensarse mucho más las cosas antes de expresarlas, calibrar si debemos expresar o no nuestra verdadera opinión, si debemos callarnos, si debemos incluso decir cosas contrarias las que realmente pensamos por miedo o por respeto.

Decirle guapa a la fea, lista a la tonta, fuerte al gordo o decirle lo buena cara que tiene al enfermo, está dentro de las llamadas “mentiras piadosas” como si la mentira pudiera ser en algún caso piadosa.

No obstante hay momentos de relajación en la que el niño espontáneo que hay dentro de nosotros sale al exterior y, como no, escandaliza, “mete la pata”, dice lo que nunca debió de decir y origina situaciones de tensión y de conflicto casi sin proponérselo.

Sabemos por propia experiencia que cuanta mayor sinceridad hay entre dos personas existen más posibilidades de establecer una mejor relación entre ellas aunque también es mayor es el riesgo de que aparezcan fricciones entre ellas.

Revelar nuestras creencias, nuestros pensamientos, nuestras ambiciones nos hace mucho más vulnerables ante los demás. Los demás saben que es lo que más nos duele, donde somos más frágiles.

Los demás pueden incluso aprovecharse de nuestra información para sus propios fines. Los actores nunca desvelan sus proyectos porque piensan que se pueden “gafar”, los científicos e investigadores tampoco lo hacen porque piensan que otros les pueden copiar la idea.

Además nuestros intereses pueden entrar en conflicto con los de nuestro interlocutor con lo cual nuestra sinceridad lo único que puede propiciar en esos casos es la aversión de nuestro interlocutor.

Muchas veces exigimos a los demás que sean sinceros con nosotros, aunque realmente luego nos duela escuchar lo que piensan los demás.

Otras veces son los otros los que reclaman de nosotros que les digamos lo que realmente pensamos y más tarde nos arrepentimos de haberlo hecho.

En realidad nadie está lo suficientemente preparado para saber lo que los demás piensan de uno mismo. Siempre esperamos que los demás nos valoren mucho más de lo que ni siquiera nosotros mismos estamos dispuestos a hacerlo.

Pensemos en una chica gordita. Ella sabe que es gordita y así se lo expresa a sí misma. Lo que no está dispuesta a oír es que otros se los digan. Y es que lo que pasa es que nadie es lo suficientemente competente para decírselo; únicamente ella misma. Aunque insista en saber la opinión de los demás, nadie debería caer en la trampa de ser sincero con ella. Nada bueno puede traer la sinceridad ni para ella ni para quien exprese su opinión.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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