Siempre enfadado

Por Robert Sidelsky

Estoy enfadado con mi mujer, con mis hijos, con mis amigos. Estoy enfadado con mi jefe, con mis compañeros, con el tendero de la esquina, con mis vecinos. Estoy enfadado con el conductor del autobús y con esa señora de ahí que no sé ni como se llama. Ni me importa. Estoy enfadado con todo el mundo, contra todo y contra todos.

Todos nos hemos sentido así alguna vez.

Si alguien quiere negarlo… que recuerde su adolescencia.

La ira y el enfado no conocen ni reconocen a nadie. Cuando el resorte se dispara no se detiene ante nada.

¿Pero que desencadena esa furia?

Cualquier cosa. No merece la pena pararse a analizar cuál es la causa, porque eso es lo de menos. Cualquier motivo basta.

La ira se desencadena en el ser humano como un resorte que le hace pasar a un estado de defensa ante lo que considera una agresión externa.

Cualquier cosa que traspase los límites de seguridad que nos rodean pude producir esa reacción.

Este es un tipo de reacción que tenemos en común con cualquier otro animal. Todos los animales tienen unos resortes que saltan automáticamente cuando perciben un peligro. Unos comienzan a correr, otros se esconden, otros se mimetizan con el entrono para pasar inadvertidos, pero son muchos los animales acorralados que ante una intromisión de un enemigo en su territorio saca las uñas, comienza a emitir sonidos intimidadores, pone los pelos de punta, encorva el lomo, tensa los músculos y se apresta al combate.

Ante cualquier invasión de nuestro entorno los seres humanos nos comportamos de la misma manera que las fieras.

La ira es entonces una consecuencia lógica que ayuda a enfrentarse a un problema que nos acecha. Existe un motivo y una consecuencia. Lo normal.

El eterno “cabreado” no necesita siquiera un motivo. Mejor dicho, para él cualquier cosa es un motivo para “armarla”.

Una de las características que mejor definen a estos “enfermos crónicos” es, como en tantos otros casos, que ellos mismos no asumen su “enfermedad”. No se ven como personas enfadadas. Es más, si intentas hacérselo ver, corres el riesgo de que descargue sobre ti toda su cólera.

La causa de todo está en adoptar una actitud completamente defensiva ante los demás.

Es cierto que vivimos en una sociedad que se nos muestra cada día más hostil para quienes vivimos en ella.

Es normal que, en determinados entornos y en determinadas situaciones, la mayoría de nosotros adoptemos una actitud de tensión previendo que en cualquier momento una amenaza puede cernirse sobre nuestras cabezas, pero no por ello debemos renunciar cada uno de nosotros a disfrutar de nuestro espacio privado en el que podamos quitarnos por un momento la coraza y aprendamos a saber aceptar sin miedo aquello que nos viene de fuera.

Disponer de nuestro propio espacio vital, para poder expresar nuestros sentimientos y recibir los de los demás sin ataduras, nos ayudará a superar ese síndrome de eterno “cabreado” y a ser más tolerantes con los demás.

 

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