La vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto

Foto: real(LCC)

Uwe Wheare

La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto (en sus múltiples significaciones) deben considerarse como instrumentos que a manera de unas pinzas de laboratorio o unas antenas detectoras saca el hombre hacia fuera de sí para recoger muestras y datos del mundo exterior. Nuestros ojos, oídos y narices no salen de repente de nuestra cabeza en la punta de unas varillas para volver luego a sus sitios, pero funcionan como si lo hicieran así. Captamos una impresión sobre esto o aquello: retazos de conversaciones como si escucháramos por las puertas o de otro modo, un olor de aquí, un sabor de allá, un contacto de acullá… Estos fragmentos informativos van a parar a nuestro cerebro para ser sometidos en él a un proceso de selección, interpretación y generalización.

A pesar de que las muestras del mundo exterior visuales, auditivas y de otras especies son cribadas y seleccionadas dentro de nosotros, el resultado final no es una tabla de categorías claramente definidas. Hay muchas impresiones marginales que dejamos a menudo sin clasificar, algo así como si mentalmente les pusiésemos cartelitos con la indicación: «Se requieren más muestras». Pero aquí, como en todo, no debemos pasar por alto las diferencias individuales. Hay quienes no soportan la ambigüedad de una información no clasificada perfectamente. Otros, llenos de dudas e incertidumbres, prefieren dejar el mayor número de cosas por clasificar en el caso de que una clasificación determinada se demuestre que es errónea. Este segundo tipo lo representan sobre todo las personas obsesas. Otto Fenichel refiere de un paciente que insistía en que todas las naciones deberían ser unidades geográficas: llamaba España a toda la península ibérica e ignoraba por completo la existencia de Portugal. Como se le presentara una persona que dijese ser portuguesa, el enfermo observaba para sí: «Yo supongo que es española».

Cada individuo tiene su clase favorita de preferencias sensibles, que sin duda alguna rigen también su imaginación. Estudios estadísticos de las imágenes preferidas por los poetas confirman lo que estamos diciendo. Shelley prefería las imágenes olfativas; Keats, las del gusto y las del tacto; Blake, las imágenes orgánicas; Swinburne, las del movimiento, y Poe, las sonoras. En comparación con otros poetas, Schiller muestra una notable inclinación hacia imágenes auditivas: emplea las metáforas basadas en el sonido con doble frecuencia que Goethe y siete veces más a menudo que Shakespeare en los Sonetos. Esta predilección por el metaforismo «interior» del sonido en contraste con el «exterior», que es más propio de las imágenes visuales, se puede asociar al tipo de personalidad, tal como lo describe, por ejemplo, Thomas Mann en sus ensayos sobre Goethe y Schiller.

La economía de nuestro sistema de percepciones está regulada además por las respectivas capacidades receptoras que poseen los sentidos, esto es, por la cantidad de «tráfico» que pueden tolerar. ¿Cuánta información visual podemos absorber por segundo o por minuto? En esto cada persona tiene claramente marcado un límite máximo, supuestas unas condiciones determinadas. Así, por ejemplo, si se te dice que adjudiques el número uno al color rojo, el número dos al azul, el tres al verde, el cuatro al castaño, etc., y se te muestran luego estos colores según una ordenación casual, pidiéndote que a cada uno le cantes el número que le habías adjudicado, advertirás que cuantos más sean los colores que tengas que identificar mayores dificultades encontrarás para ir acertando y más errores cometerás. Repetidas experiencias demuestran que juicios absolutos de esta clase podemos hacerlos con acierto cuando son alrededor de siete los colores. Nuestra capacidad receptora oscila desde las cuatro categorías de color —cuando hemos de distinguir entre distintos grados de viveza— a unas diez, en ciertas clases de identificación visual. Pero esta escala tan limitada se amplía bastante cuando se trata de juicios relativos en vez de absolutos. Y un método aún más eficaz, que amplifica la escala hasta el orden de los millares, consiste en ir aumentando el número de diferencias entre los estímulos que se han de discriminar; el mejor ejemplo de esto acaso sea el de ver el número de facetas distintas que somos capaces de reconocer sin equivocarnos.

Los datos o muestras sensoriales a que me vengo refiriendo son sometidos a un sistema de múltiples filtros o cribas que controlan el acceso de la información al ámbito de la conciencia. El principal de estos filtros opera en interés de la economía, regulando el caudal de los datos. Sin tal dispositivo, estaríamos a merced de cuanto se agita en torno a nosotros, trataríamos de ver todo lo que nos llega a los ojos y de escuchar todo lo que nos llega a los oídos, sin discriminar en nada lo importante o interesante y lo que no lo es. El resultado sería caótico, pues el total de nuestras impresiones sensoriales rebasa en mucho la cantidad de que puede hacerse cargo la conciencia. Sería un inútil gasto de energías el que, al trabajar, estuviese yo oyendo continuamente, sin interrupción alguna, todos los sonidos de mi alrededor. Así pues, el filtro «economizante» nos capacita para mirar sin ver y para oír sin escuchar cuando no lo necesitamos.

Un segundo filtro selecciona para que entren o no al campo de la conciencia aquellas impresiones sensoriales que no nos suelen turbar o alterar indebidamente. Opera manteniendo la conciencia lo más libre posible de informaciones que aporten angustias y ansiedades. Un tercer filtro regula el contenido aparente de nuestros sueños. Un cuarto filtro puede ser interpuesto durante el trance hipnótico por un hipnotizador que mande al hipnotizado fijarse en unas cosas e ignorar otras cuando salga del trance.

Esta manera de describir la percepción sensible viene a ser el resultado de un nuevo enfoque del problema de la percepción, en virtud del cual se ve ésta no ya sólo en términos de la energía del estímulo, sino también y principalmente en términos de su propio contenido informativo. En otras palabras, el estímulo es considerado como una señal que debe mantenerse fuera del ámbito del «ruido» y debe distinguirse de otras señales. El cerebro nunca descansa: siempre, sin interrupción, actúan sus neuronas con intensa actividad ocultando señales, a no ser que la intensidad relativa de éstas sea lo bastante grande o distinguible. Se van acumulando pruebas de varias fuentes por las que se ha sacado la conclusión de que algunas formas de debilidad auditiva que antes se achacaban a defectos del conducto transmisor de los sonidos es más probable que se deban a la desordenada actividad nerviosa resultante de averías en las células capilares.

Así pues, un importante cambio de interés ha desviado la atención de los psicólogos y los fisiólogos centrándola no ya en las relaciones entre la estructura anatómica de cada sensorio y sus respuestas, sino más bien en el modo de producirse estas respuestas. Las investigaciones actuales giran en torno al procedimiento con que cada órgano de los sentidos transforma y pone en clave el caudal de impresiones que recibe.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia
Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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