Castigos y premios

Por Marcos Fernández

Durante un tiempo se ha pensado que un sistema de premios y castigos era algo ya totalmente desfasado para la educación de nuestros hijos. La severidad del sistema educativo en el que se educaron los padres nada tiene que ver con el actual ambiente escolar. Hace no muchos años el protagonista del sistema educativo era la institución o el profesor, ahora lo es el niño.

El sistema de sanción y recompensa se había visto relegado al olvido como algo obsoleto. El individuo, se pensó, debe obedecer a sus padres o a sus profesores por que es bueno para él, pero debe mantener en todo momento su capacidad de decisión.

Con el tiempo se ha debido aceptar de nuevo este sistema como uno de los más eficaces para motivar al niño. La educación no debe fundamentarse en la amenaza o el castigo. Esto está claro. Tampoco debemos basar toda nuestra capacidad de convicción en “comprar” al niño con promesas o regalos para conseguir que realice cualquier cosa.

¿Sin embargo no es cierto que prácticamente cualquier actividad humana lleva encerrado un estímulo de un premio o la amenaza de un castigo?

Trabajamos para ganar dinero o para alcanzar la fama o el éxito en definitiva para conseguir algo agradable, un premio.

Hay otras cosas que nos gustaría hacer pero que no hacemos por miedo a que nos despidan de nuestro empleo, nos pongan una multa o nos metan en la cárcel, es decir por miedo a un castigo.

Si observamos la conducta de cualquier hombre este va en busca de los premios que hay en la vida porque de esta manera consigue la felicidad última, que es la que anhela.

El niño no es muy diferente al adulto y se rige por estas mismas reglas: lucha por conseguir el premio y por evitar el castigo. Así que el sistema educativo ha debido admitir de nuevo la validez de este tipo de métodos.

Premiar y castigar correctamente es algo imprescindible para la correcta formación integral del niño.

Debido a esta trascendencia tanto el premio como el castigo son un arma de doble filo puesto que pueden favorecer o bloquear el proceso de maduración del niño, favorecer el desarrollo de su autonomía y personalidad o convertirse en algo traumático y poco saludable psíquicamente.

Unos castigos mal aplicados pueden tener efectos muy negativos provocando sentimientos de miedo e inseguridad, hostilidad, egoísmo infantil, insociabilidad, dependencia, bloqueo, inhibición e incluso actitudes masoquistas o sádicas.

Los castigos pueden ser positivos siempre y cuando se unan a un fin satisfactorio, cuando sean proporcionados, lógicos, inmediatos dialogados y comprendidos por el niño.

El miedo, la desconfianza y la humillación que provoca un castigo inadecuado puede también desembocar en un sentimiento de revancha y de antisociabilidad. Mucho más positivo es enfocar la realización de cualquier logro a un premio y no hay mayor premio que la propia satisfacción de haberlo alcanzado.

Añadir premios adicionales sistemáticamente puede ser igualmente pernicioso puesto que puede provocar una dependencia de ese premio extraordinario. Se establece una escalada en las pretensiones del niño que continuamente pedirá más y mejores premios y provocando a la larga hastío e indiferencia.

El halago indiscriminado también puede convertirse en un premio erróneo por el mismo motivo: lo convierte en algo habitual, repetitivo y a la postre sin interés. Pierde su capacidad de estimular al niño.

Tanto el premio como el castigo deben ser algo casi privado entre el adulto y el niño. No hay que hacer grandes escenas ni en un caso ni en el otro y en cualquier caso debe mover a la reflexión y a valorar por parte de los dos tanto una cosa como la otra.

No podemos olvidar que el niño no es tonto: sabe cuando se merece una premio o un castigo dentro de la escala de valores que nosotros le inculquemos. Es él mismo, con su mera actitud, el que nos reclamará tanto su premio como su castigo.


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