Vivimos en sociedad

Por Andrés Cencillo

Toda educación en la vida social ha consistido, pausada y poco a poco, en crearnos imágenes prácticas de nosotros mismos, estructuradas, bastante convencionales para que los otros puedan captarlas sin demasiada dificultad, evitando ambigüedades. Estamos cada uno de nosotros dotados de un número concreto de roles sociales, padre o madre de familia, estudiante, director, miembro perteneciente a un cuadro, trabajador, joven, rokero: nos situamos en categorías simples en relación a las cuales nuestra personalidad ya se dibuja y se graba en “caracteres”. Disponemos así de algunos otros caracteres definidos, un poco como la bola que se encuentra en ciertas máquinas de escribir: cuando se da a una tecla, una “situación prevista”, se ve aparecer una cierta letra preparada, un tipo bien conformado. Hemos estructurado, a través de nuestras experiencias, de nuestra educación, una serie de pequeños caracteres sobre la bola más masiva y compleja de nuestra personalidad.

A la llamada de ciertas señales, presentamos el “carácter” útil. Por ejemplo, a la llamada “oficina” presentamos la cara nuestra susceptible de hacer un trabajo de archivo o de documentación; otra llamada y es el padre de familia que aparece; otra llamada y es otra posibilidad la que aparece. Cada uno de estos roles simplificadores y discontinuos nos protegen: porque los otros no esperan de nosotros, para hacer ciertas reflexiones, más que respuestas definidas, dentro de límites bastante estrechos.

¿Qué diríamos, por el contrario, si cuando preguntamos a un agente de policía el camino hacia la avenida de Mozart nos contestara que le gusta mucho Mozart? Nuestra sorpresa sería cierta, pero estaríamos tan turbados e irritados, pues hemos alertado a una persona para ir en una dirección, y he aquí que su personalidad quiere hablarnos de música: quizá nos guste Mozart, pero es la avenida lo que buscamos y no un diálogo con un “guardián del orden”.

Nos encontramos así pues entre seres humanos, tratando de no mostrarnos demasiado cerca de nuestros sentimientos reales, tratando de limitar nuestros sentimientos. Pero, y es uno de los problemas de relación, cuando dos personas están presentes a un nivel de diálogo explícito o incluso implícito, cada una intentará, sin embargo, tambalear la estructura de la personalidad del otro: para frenar estos cambios tenemos mecanismos de defensa, y estos mecanismos son en primer lugar nuestros sentimientos.

Yo me siento incómodo cuando bajo la presión afectiva de alguien, sobre todo si éste se me ha abierto bruscamente, me he mostrado diferente a como soy; cuando he entrado no en comunicación sino en colisión con sus ideas, sin haber logrado presentarme yo mismo tal como soy y sin haber logrado ayudarle a ser él mismo tal como es. Siento entonces mi personalidad como súbitamente fracasada, inadecuada, me siento como alterado o intoxicado y vivencio un malestar, una culpabilidad frente a mí mismo, frente a reaparecer en una imagen mejor conformada, para librarme de la dependencia, demasiado estricta, de la información, de la estructura de referencia que otro ha proyectado sobre mí.

Pero, en sentido inverso, si no me encuentro en contacto suficiente con otras personas, si no me hallo estimulado por intercambios intelectuales y con respecto a otros, me siento dentro de un cierto alejamiento, en una especie de bruma psicológica: vivencio un sentimiento de abandono, un aburrimiento, una ansiedad frente al mundo social, y mis incertidumbres se acrecientan si el alejamiento ajeno se efectúa de forma brusca, en un cambio que suscita mis reacciones afectivas.

Y puedo oscilar de la culpabilidad a la ansiedad si, desprendiéndome de la influencia ajena, me encuentro demasiado aislado. E inversamente, oscilaría de la ansiedad a la culpabilidad si, para compensar mi soledad, me aferró demasiado impulsivamente a la dependencia ajena.
De tales oscilaciones, en el seno de nuestra estructura de personalidad, pueden ir no solamente del extremo de la culpabilidad hacia el de la ansiedad, sino también hacia otros extremos: el de la agresividad, o el de la satisfacción, de la alegría, etc. Y hay que en un continuum de nuestros sentimientos, entre los cuales nuestras reacciones nerviosas se efectúen para que nuestra personalidad, nuestra propia conciencia, se estabilice.

Analizamos cuantas emociones y sentimientos tienden a repercutir unos sobre otros. Y que sintamos a la vez presiones físicas y reflejos psíquicos. Pero no podemos, en sentido inverso, sentirnos llenos de influencia ajena y agresivos en un lado, donde estamos lejos de todos, o bien ansiosos, a pesar de la pesada presión de la gente en un metro.

Poniéndonos a prueba sobre la oscilación de nuestros sentimientos, sobre la búsqueda de nuestras verdaderas imágenes, adivinamos que nuestra vida afectiva establece como tantos dobles llamamientos, para impedirnos abandonar el lugar en donde nos sentimos poco más o menos nosotros mismos (voluntariamente y conscientes a voluntad de ser gentes estables, gentes de orden): y resistimos sentimentalmente a las influencias recíprocas, para conservar nuestras imágenes, nuestra “bella Imagen”. Pero en contrapartida, los sentimientos nos resultan costosos y nos enervan psíquicamente en emociones.

Por economía, procuramos desde entonces vivir un conjunto de falsas comunicaciones, que son el premio frecuente a nuestras relaciones humanas: tenemos no un miedo físico, sino una ansiedad de la influencia que inducimos unos a otros y que al mismo tiempo queremos sin embargo estar en contacto unos con otros.

Procuramos dialogar, acercarnos, pero en este acercamiento sentimos muy bien que nos “pinchamos”, contrariándonos. Y si nos alejamos, encontramos una soledad que no deseamos. Todo esto puede hacerse en condiciones moderadas o, por el contrario, en condiciones que dispersan nuestra energía nerviosa y nuestra estabilización real.

Ahora bien: si tenemos necesidad de estar en estado de relación, tenemos necesidad, por otra parte, de estar en estado de seguridad los unos con respecto a los otros. Tenemos necesidad de estar en estado de seguridad a condición de vivir riesgos, pues tal es la contradicción central que nos habita: ninguna secularización tiene sentido si no nos ayuda a ser más osados y no podemos correr riesgos calculados y reales, si no partimos de una zona segura, de una situación de seguridad.

Es en lo que sentimos la necesidad de equilibrar también nuestros intercambios sentimentales y afectivos y de establecer defensas, afirmando al mismo tiempo que necesitamos los unos de los otros, que es por los otros por los que realizamos nuestras acciones. Tenemos efectivamente la inquietud de tener sentimientos, sobre todo positivos, con relación a los otros y de recibir, por parte de los otros, sentimientos positivos.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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