Perros y gatos: la memoria

Por V. Jramov

¿Por qué guardamos en la memoria el recuerdo de lo que nos ha ocurrido en el pasado? ¿Cuál es el mecanismo para recordar las palabras, olores e imágenes visuales? Cuando se inventaron las primeras computadoras nació la hipótesis de que el cerebro humano funciona, en principio, como una calculadora electrónica, cuya memoria sólo opera con señales eléctricas lacónicas («sí» y «no»). Parecía que era suficiente construir una computadora grande para resolver el problema de la inteligencia artificial. Parecía igualmente clara la naturaleza de la memoria humana, o sea, era lógico suponer que el proceso de recordar consistía en la formación de cadenas de células neuronas, que dejaban pasar libremente los impulsos nerviosos.

Sin embargo, a medida que se acumulaban datos experimentales, entre una computadora y un cerebro vivo había muchas más diferencias que semejanzas. Veamos un ejemplo sencillo: un perro distingue al instante a un gato de otro perro, pero ninguna computadora, por más veloz que sea, puede resolver rápida y acertadamente este problema. Tampoco resultó cierta la hipótesis eléctrica de la memoria: ni el enfriamiento profundo del organismo, que suspende totalmente la actividad eléctrica del cerebro, ni el choque eléctrico, que altera drásticamente el funcionamiento normal del cerebro, ejercen influencia alguna en la información depositada en el cerebro.

Ya en 1965, el académico Yuri Ovchínni kov supuso que los péptidos —substancias cuyas moléculas, al igual que las de las proteínas, están formadas por aminoácidos— constituyen la base material de la memoria. Las moléculas de los péptidos son de menor dimensión y contienen de 10 a 20 radicales de aminoácidos. Los cálculos mostraron que las posibilidades informativas de los péptidos son enormes, pues, con escasos 15 radicales de aminoácidos es posible formar tantas moléculas peptídicas que permiten grabar el contenido de la memoria de 10.000 personas adultas. Así, pues, las posibilidades de la «libreta de notas» peptídicas deben ser para una persona más que suficiente.

En efecto, hoy ya se conocen bastantes hechos que comprueban la hipótesis de Ovchínnikov. Se han obtenido y -analizado péptidos capaces de ejercer una intensa y sutil influencia en el neuroeje. Se conocen, por ejemplo, péptidos que producen sueño profundo y péptidos que tienen un poderoso efecto analgésico. Un péptido produce en las ratas el temor a la oscuridad; otro les priva del temor al sonido penetrante de un timbre eléctrico. Además, se han obtenido péptidos que obligan a los pececillos a preferir el color azul o el color verde, según deseos del investigador.

Hace años, Guénrik Vdnanián, doctor en Ciencias Médicas del Instituto de Medicina Experimental de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, informó sobre unos experimentos extraordinarios, que abrían perspectivas promisorias para poder curar algunas graves secuelas de afecciones del sistema nervioso central.

En los vertebrados la coordinación de los movimientos es controlada, en lo fundamental, por el cerebelo. Si afecta alguna porción de éste se produce una alteración de la actividad coordinada de los grupos musculares. Si se interrumpe la comunicación entre el encéfalo, que ejerce el control supremo, y la médula espinal, que supervisa los reflejos incondicionales, los músculos recuperan su movilidad normal, siempre y cuando entre la operación en el cerebelo y la interrupción del contacto entre el encéfalo y el neuroeje no pasen más de cuarenta y cinco minutos. En caso contrario, se conserva la coordinación alterada.

Este hecho puede interpretarse de la manera siguiente: en cuarenta y cinco minutos la información de que se ha alterado el cerebelo se transmite de alguna forma al neuroeje, donde queda asentada. ¿Será posible que esta información se transmita con ayuda de substancias químicas contenidas en el líquido cefalorraquídeo?

Se ha realizado el siguiente experimento: del cerebro de un animal con el cerebelo afectado se ha preparado un extracto, que se introdujo posteriormente al cerebro de un animal sano. Este perdió la coordinación en la misma forma que el animal sometido a la intervención del cerebelo, con la particularidad de que son asombrosas dos características del fenómeno observado. Primero, el extracto del cerebro guarda la información de, por ejemplo, qué pata, la izquierda o la derecha, debe dejar de funcionar normalmente. Segundo, el agente químico portador de dicha información quedó privado de su característica específica, o sea, el extracto del cerebro de una rata producía parálisis de las extremidades en los conejillos de indias; el de los conejos y corderos ejercía influencia en las ratas, y el de los perros, en las ratas y gatos. Además, se ha dilucidado que el líquido cefalorraquídeo de un hombre con una extremidad enferma produce alteración análoga en los gatos.

Así, pues, es obvio que el encéfalo afectado segrega substancias universales que portan la información sobre la afección dada, información que es almacenada en la memoria del cerebro.

¿Para qué el cerebro tiene que recordar una catástrofe, si sería mucho más lógico y conveniente olvidar lo antes posible el accidente?

A diferencia de cualquier máquina ideada por el hombre, incluso la más perfecta, el organismo vivo tiene la extraordinaria propiedad de «repararse», curarse o, al menos, recompensar las funciones perdidas.

Lo mismo ocurre en caso de verse afectado el cerebelo. En el animal comienzan invisibles trabajos de reparación, y la extremidad recupera su función motora después de dos o tres semanas. Veamos qué actividad biológica posee el líquido cefalorraquídeo del animal.
Los resultados de los experimentos fueron extraordinarios. El líquido cefalorraquídeo de un animal que había sufrido una intervención y luego recuperó la función perdida tiene un poderoso efecto curativo y profiláctico contra afecciones de la misma clase. Si se administra este líquido al animal después de la intervención, la alteración de la coordinación desaparece en seguida; si se inyecta el mismo líquido antes de la operación, la función motora no sufre alteración alguna, con la circunstancia de que al igual que en el citado caso, las substancias que segrega el cerebro tienen un efecto idéntico en todos los animales y sólo en la extremidad cuya función ha sido alterada (si a un animal, que tiene afectada la pata izquierda, inyectamos el líquido cefalorraquídeo de un animal que tiene afectada la pata derecha, el defecto sólo se profundizará). Incluso el líquido cefalorraquídeo tomado de una persona que padeció una alteración del aparato locomotor y luego se repuso, surtió un efecto terapéutico en el gato…

Entonces se llega a la conclusión de que el cerebro registra la información sobre las alteraciones de una función con un fin bastante racional: saber cómo curar.

Por el momento resulta difícil juzgar las posibles consecuencias prácticas que puede, comportar el estudio de las substancias de la memoria. Antes de que éstas sean utilizadas con fines terapéuticos, las científicos deberán comprobar un sinfín de interrogantes de carácter cardinal. Sin embargo, ya en estos momentos podemos dejar bien en claro que el estudio de los péptidos informativos abre perspectivas asaz promisorias, que no ceden por su importancia al estudio de los ácidos nucleicos, substancias de la memoria hereditaria en los organismos vivos.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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