Perdóname

Por R. Imgasci

Algunas personas hacen ejercicio para mantenerse en forma. Otras comen germinados y vegetales crudos para mejorar la salud. Yo practico el “arte de perdonar”. Ayer mismo perdoné a mi gato el que me hubiera estropeado las cortinas, y perdoné a un conductor por cortarme el paso en un cruce. Perdoné a mi esposa que me estuviera presionando para que acabase a tiempo este artículo y también me perdoné a mí mismo por ser tan lento en comenzar a escribirlo. El acto de perdonar tan sólo requiere pocos segundos para los «cinturones negros» de este deporte, y es además la forma más barata de mantenerse sano que conozco.

Considera por un momento el impacto negativo que produce el enfado y el resentimiento sobre nuestro cuerpo y mente. Cuando guardas rencor contra alguien también te haces daño a ti mismo. El enfado causa estrés, tensión física y mental. Limita además la amplitud de nuestro pensamiento. Aumenta a su vez la presión arterial, la acidez de estómago y la secreción de adrenalina. En resumen, hace que nos sintamos mal. Incluso cuando no somos conscientes de estar enfadados, llevamos nuestras aflicciones, culpas y resentimientos como si fueran una soga al cuello. Este exceso de equipaje emocional puede desencadenar úlcera, cáncer, artritis o flatulencias, además de otras feas secuelas. No es difícil concluir pues que el rencor no es bueno para la salud.

Por otro lado, cuando perdonas a alguien (incluido tú mismo) tienen lugar muchos cambios fisiológicos y psicológicos claramente positivos. Te sientes cálido y más relajado, tu respiración es menos dificultosa y percibes con agrado el enlentecimiento de los latidos del corazón. La presión sanguínea disminuye y hasta es posible que aparezcan ganas de llorar. A través del perdón experimentas una vez más el amor, que es la esencia de las relaciones humanas. Y esta vivencia amorosa es más importante que todos los cambios fisiológicos. Recuerda que, a menudo, el interés y el cariño que sentimos por algunas personas es lo que hace que su comportamiento nos llegue a herir.

Mucha gente tiene la noción errónea de que perdonar significa abandonar una causa, ser pasivo, blandengue, etc. Nada más alejado de la realidad. Perdonar es un acto de la voluntad, una actitud que requiere coraje y disciplina. Alexander Pope decía: “Errar es humano; perdonar, divino”. La indulgencia nos da mayor temor que mostrarnos rencorosos y exigentes. Puedes poner a prueba este punto si piensas por un momento en alguien hacia el que guardas rencor. Pregúntate a ti mismo: “¿qué temo que suceda si le perdono?”.

Quizá sientas que al perdonar estás dejando en libertad e incluso fomentando el que la otra persona siga comportándose de la forma en que te hiere. “Si perdono a mi marido por aumentar sus exigencias los días que viene cansado del trabajo, ¿cómo podré lograr que cambie?”, me decía una clienta. Pero en realidad, el perdón utiliza senderos extraños. La indulgencia no garantiza que cambie el comportamiento de la otra persona, pero en un sorprendente número de casos este cambio acaba por producirse. Al cabo de unas semanas, la misma mujer me decía, con gran sorpresa por su parte, que “el mismo día que el comportamiento de mi marido dejó de molestarme, en él se produjo un cambio rotundo. Desde entonces no ha vuelto a ser tan exigente al llegar a casa”.

Quizá en muchos momentos te cuestiones si es o no adecuado perdonar a alguien: “¿por qué debo perdonarle? El es el que me ha herido a mí. ¿Por qué debo hacerle el favor de perdonarle?”. En realidad, cuanto perdonas te estás haciendo ese favor a ti mismo antes que a nadie. Eres tú el que sufre las consecuencias del rencor y también eres tú el que siente los beneficios más inmediatos de la indulgencia. Si eres reacio a perdonar, o lo haces de mala gana, te sugiero que no le digas a la otra persona que la has perdonado, pero que lo hagas en la intimidad de tu propia mente. Una vez iniciado este proceso, es posible que te sorprenda la facilidad con que restableces la comunicación con la persona por la que sentías enfado.

Si aún crees que la tarea es imposible (“lo he intentado una y otra vez pero no puedo perdonar a mi hermana. ¡Lo que me ha hecho es horrible!”), estás en un momento en que vas a necesitar un poco de práctica. Perdonar es un arte que puede ser aprendido y perfeccionado. La técnica más eficaz que conozco es la visualización guiada que aprendí de Ruth Cárter Stapleton, hace ya varios años. Voy a describir su esencia:

“Comienza por relajarte e imaginar que estás en un lugar en el que en tu niñez te sentías seguro, un lugar adecuado para sentir amor e indulgencia. Si lo deseas, puedes imaginarte que una luz blanca y muy intensa lo llena todo. Puedes también centrar tu atención en el amor cristiano, la compasión de Buda o cualquier otro simbolismo espiritual que facilite el proceso. Luego, en tu imaginación, invita a alguien al que quieras perdonar o del que deseas su perdón para que esté contigo. Durante unos momentos, cuéntale todo lo negativo que deseas echar de tu pecho. Tras ello, dile que le aprecias y que le perdonas por haberte herido. Mientras lo haces imagina que abres tu corazón y le perdonas. “Después, inicia el proceso a la inversa y escucha lo que te tenga que decir la otra persona. que también puede sentirse herida. Escucha todo aquello que pasa por tu mente. Por último, imagínate escuchando que la otra persona te quiere y te perdona. No dejes de tomarte un tiempo para despedirte del otro y para agradecerte a ti mismo el haber dedicado unos instantes a la indulgencia.”

Esta sencilla visualización es más evocadora si se realiza acompañada de música clásica suave. (A mí me gusta utilizar el Canon de Pachebel.) Trabajar con esta técnica es como ir separando las capas de una cebolla hasta llegar a sus profundidades. Puede parecer forzada y pomposa la primera vez que se realiza, sobre todo y si estás abordando una «absolución» especialmente difícil, pero si la repites con frecuencia tus «defensas» psíquicas desaparecerán y permitirán que actúe en profundidad el efecto curativo.

Un procedimiento aún más simple para practicar la indulgencia consiste en imaginar con los ojos de la mente a alguna persona por la que sentimos rencor y decir en tu interior: “Yo te perdono (su nombre), por (lo que ha hecho que me ha molestado)”. Puedes ir haciéndolo sucesivamente con todas tus amistades y conocidos, de forma que en pocos minutos hayas recorrido todo tu círculo de relaciones. ¡Y sobre todo no te olvides de ti mismo!
Cuando sientas que no has sabido estar a la altura de las circunstancias, en lugar de echar sobre ti un sentimiento de culpa, tómate unos instantes para decirte: “Me perdono por no ser perfecto…”. A partir de ahí, puedes improvisar tu propia indulgencia.


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