Patrones familiares, no mutantes

Por Merlina Meiler

La encontré un día caminando por la calle, éramos viejas conocidas.  Nos sentamos a hablar en una esquina,  Me contó su historia, que estaba teñida de un color gris tan oscuro como el cielo de mi ciudad natal, esa tarde.  Parecía que iba a llover copiosamente, tan compactas se veían las nubes.  Y éste fue su relato… Él se fue.

Cerró la puerta de un golpe, como tantas veces, y partió, dejándola en la más profunda soledad.
Las escenas se repitieron en su mente una y otra vez: violencia, caos, emociones entremezcladas, un sinfín de insultos y agravios lacerantes.

Sabía que vendrían días de malestares físicos de la más amplia variedad. De una incomprensión tal que las paredes inexpugnables del maltrato se levantarían como estandartes de guerra, en la que el vencedor y la vencida eran siempre los mismos.

¿Pero por qué seguía soportando semejante injusticia? ¿Cuántas veces se había prometido a sí misma irse, dejar todo y comenzar una vida nueva? ¿Por qué le resultaba tan difícil hacerlo? ¿Qué se lo impedía? Había algo dentro de ella que se activaba cada vez que decidía rebelarse contra el estado de infelicidad permanente.

No había sido criada de esa manera, siempre le habían dicho, entre sonrisas, que ella era un tesoro. ¡En su casa nadie había padecido ninguna clase de abuso!

Aunque pensándolo bien… ¿qué es el abuso, específicamente? ¿Es sólo un tema físico, incluye el maltrato psicológico aunque no sea tan notorio a simple vista, o hay algo más detrás de esta palabra tan temida?

¿Su padre, que miraba televisión el domingo entero tirado en un sillón, sin siquiera posar sus ojos sobre su madre, no era abusivo?

El abuelo, siempre exigiendo que lo atiendan porque “él ya está viejo y cansado”, ¿no abusa de su situación?

La tía Carlota, con sus pastillas de todos tamaños y colores para los malestares cambiantes que la aquejan, ¿no abusa de ser una “pobrecita yo que estoy enferma”?

Y la prima Julieta, cuyo marido no se comportó como un Romeo y la abandonó, escapándose con la hija de los vecinos, que ni siquiera había cumplido 20 años, ¿no abusa de su estado de esposa abandonada para justificar sus frecuentes salidas nocturnas sin que la familia la juzgue por ello?

A medida que hablaba, se daba cuenta que había un denominador común entre su relato personal y el de su familia: estaba copiando patrones familiares de abuso que estaban instalados muy profundamente en ella, aunque no se había dado cuenta. Hasta ese instante dejé que hablara sin interrumpirla, y me pareció un buen momento para decirle que yo veía lo mismo que ella en su relato. Le expliqué que ella había adaptado esos patrones a su manera de ver, sentir y hacer las cosas. En otras palabras, que le había agregado a ese modelo predeterminado su toque personal para disfrazarlo, pero que la raíz del modelo era la misma, no mutaba.

Miró el cielo. Vio el primer rayo de sol que logró filtrarse entre las nubes grises. Un pájaro multicolor comenzó a trinar tímidamente. Con lágrimas en los ojos susurró que estaba atascada en un área de su vida y que le costaba hallar la fuerza para cambiar. Añadió, entrecortadamente, que no tenía ni idea de cómo hacerlo.

“¿Sabes algo?” Le dije, sonriendo por primera vez. “Hablar acerca de lo que te pasa es el primer paso a una vida más sana y positiva. Ahora, si te parece bien, juntas vamos a buscar los recursos que van a contribuir a que tengas un presente feliz.”

Ella, con un nuevo brillo en sus ojos, asintió con la cabeza. Y nos quedamos platicando durante un buen rato, mientras cada vez más y más rayos de sol se filtraban entre las nubes.

 

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