Padres e hijos

Foto: Harper(LCC)

Por Jorge Passeron

No hay madre que no se pregunte en algunas ocasiones con perplejidad qué es lo que ha de hacer con su «perverso» retoño. Y cualquier padre siente un día u otro que su paciencia está agotándose peligrosamente. La crisis pasará, pero que pase con más o menos suavidad y dejando o no tras sí un resto de mala bilis y de peores sentimientos dependerá de las relaciones entre los padres y su vástago. De todas las influencias que contribuyen a configurar el carácter de un hombre o de una mujer, ninguna es quizá tan duradera y decisiva como estas relaciones del niño con sus padres, verdad muy conocida de los novelistas, los biógrafos y los autobiógrafos. Los tipos de relación son muy diversos. La herencia, las circunstancias económicas, la presencia o ausencia de otros niños, la edad de los padres, el grado de armonía marital en que conviven y la medida en que hayan sabido frenar sus propias pasiones desordenadas son factores que intervienen todos. En cuanto a la manera de configurar la relación, la iniciativa les pertenece a los padres. Pero los hay que, aun con la mejor de las intenciones, abusan inconscientemente de tal relación, creyendo encaminarla a buenos fines.

El niño puede abrigar contra los padres un resentimiento o una rebeldía que, reprimida gradualmente, llega a hacerse «inconsciente». También los sentimientos de un padre hacia su hijo pueden ser a veces de reprimida hostilidad o de reproche, lo cual ilustra la tesis de que pueden darse emociones conflictivas de amor y odio a una misma persona. El amor puede coexistir con el odio, nunca con la indiferencia. En tales circunstancias, cuanto más fuerte sea el odio más probabilidades hay de que, reprimido, reaparezca en forma de cuidado y protección excesivos. Enfrentándose a estas tan humanas «contradicciones» es posible precaverse contra consecuencias nada deseables.

Las relaciones con los padres repercutirán en la conducta del niño respecto de otros niños. Un padre despótico o una madre cavilosa no tendrán por qué sorprenderse de encontrar en su hijo estos mismos rasgos. Las relaciones con los padres influirán también en las actitudes que adopte el pequeño con sus maestros y en las que el día de mañana tenga para con sus compañeros de trabajo y sus jefes, así como afectarán seguramente a su elección de esposa. No será raro que el joven busque inconscientemente en la mujer de sus sueños alguna de las cualidades maternales que haya visto en su propia madre, y hasta puede que se le transformen en un parecido físico entre las dos mujeres. Por su parte, la joven quizás espera encontrar un marido que posea algunos de los atributos de su padre. Pregunté una vez a una mujer de treinta años que acababa de casarse con un hombre de doble edad por qué lo había hecho,

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y me contestó con toda inocencia: «Porque me recordaba a mi padre». Las relaciones entre el padre y el hijo marcarán casi seguro su impronta en las futuras vicisitudes de éste en materia sexual, y acaso también en su misma conducta como padre cuando le toque serlo.

De sutil manera, estas relaciones son matizadas en ciertos casos por lo que los padres ven en el rostro, en el tipo, en los gestos y modales de sus propios hijos. Al marido que sigue enamorado de su esposa puede complacerle descubrir una y mil veces en la cara de su hijo semejanzas con los ojos, los labios y las expresiones de ella. En cambio, si ya no la ama, estos mismos recordatorios servirán solamente para irritarle. La nariz o el mentón del hijo le parecerán entonces fuera de lugar.

En ocasiones, un niño puede ser víctima inocente de la animadversión de su madre para con su padre o al revés. El concepto que de sí mismo se vaya formando no mejorará ciertamente si oye a su madre que le regaña diciendo: «¡Qué asco, eres exactamente igual que tu padre!». Los padres que no se llevan bien andan siempre tentados de servirse del hijo como de un arma en sus inacabables pendencias: «¡Tiene el mismo mal carácter que tu madre, y es tan estúpido como tu hermana y tan basto como tu padre! ¡Todos los defectos le vienen de tu familia, y todas las virtudes y gracias, de la mía!».

También puede suceder que el padre espere que en su hijo se logren todas sus propias ambiciones y aspiraciones fallidas, aunque el chico no tenga las cualidades necesarias para hacer una carrera de leyes o de medicina o para realizar cualquier otro plan en que el padre quiera encajarle. Puede que la madre le niegue a su hija la libertad que ella misma nunca fue capaz de disfrutar. La fórmula «lo que fue bueno para mí lo es igualmente para ti» acaso le agrade a la madre, pero probablemente la hija no compartirá tal punto de vista.

Si el padre y la madre disputan a menudo, esto se reflejará seguramente en su hijo bajo la forma de una división del ánimo. Y si violan el código que esperan que el hijo respete, el efecto puede ser peor. Una vez presencié cómo una madre bien educada trataba de inculcar la cortesía a su hijito de cuatro años por el más rudo de los métodos: le cogió por el cuello y, zarandeándole con violencia, le forzó a dar las gracias por una golosina que acababan de regalarle. El pequeño aprendió sin duda una lección de este vigoroso despliegue de celo materno, pero no la lección de cortesía que se le había querido inculcar, pues lo que su madre le demostró realmente fue que la fuerza bruta es el procedimiento más seguro para salirse con la suya. A los niños no se les puede educar contra su voluntad. Si las normas del «buen» comportamiento se les imponen a la fuerza, más tarde o más temprano las desecharán.

 

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