Orador y actor

Foto: Plier(LCC)

Por John Moreau

Nadie quiere escuchar a un orador que se limite a leer un texto. El público que acude a una conferencia, a un debate o a un discurso tiene una capacidad de escucha y de atención limitada, finita y si el orador no conoce algunas técnicas para rescatar a su audiencia es posible que el mensaje que pretende comunicar no llegue a su auditorio.

El público quiere ver a un ser humano que crea en lo que dice, que crea en la importancia de sus palabras y que pretenda influir con ellas en tu manera de pensar y de ver las cosas.

La redacción de las palabras que vamos a pronunciar más tarde ante un auditorio tiene gran importancia porque será sobre ellas sobre las que basemos la estructura de nuestros pensamientos, pero debemos tener presente que un auditorio no va a leer ese discurso sino que lo va a escuchar.

Cuando escuchamos no sólo extraemos la información de las palabras, de las oraciones, de las estructuras gramaticales, sino que cobra mucha más importancia la manera en que se dicen esas cosas. La forma del discurso, “la actuación”, cobra mayor protagonismo que la palabra misma.

El orador se convierte entonces en una especie de actor, que interpreta sus propios textos, que les da vida, que se compromete en cada una de sus palabras y pensamientos.

Por eso el orador debe conocer de manera profunda el tema sobre el que va a hablar y tener un claro esquema mental de su discurso, para poner énfasis en aquellas palabras clave de su discurso y para intentar dirigir de manera clara al auditorio por la senda de su propio pensamiento.

El guión nos sirve para estructurar ese pensamiento nuestro, para exponer lo que tenemos que decir sin olvidar nada fundamental, pero una vez que ya está elaborado y asimilado, lo mejor que podemos hacer es dejarlo al margen.

Un buen actor o un buen orador, en este caso, convencen al público de que el guión no existe, de que cada palabra que dicen se está creando en ese mismo momento como ocurre en la vida real. Las palabras deben surgir de nuestros labios como algo natural, consecuente, inevitable de nuestro discurso.

Algunas de las técnicas más utilizadas para captar la atención de la audiencia, sin que esta tenga la tentación de desviar su atención de nuestra conferencia es ir alternándolo con ejemplos, contar anécdotas que ilustren lo que vamos diciendo, utilizar estadísticas, etc…

Es realmente importante dotar a nuestra charla de dinamismo, optimismo y buen humor.

Nadie está dispuesto a oír un mensaje pesimista y derrotista tras otro. Si esto es necesario habrá que cocinarlo con ciertas dosis de buen humor que lo hagan más digestible.

Podemos utilizar datos y cifras negativas pero siempre contraponiéndolo a las soluciones que proponemos para ello. En la balanza final siempre es mejor que prevalezca el mensaje positivo. La pura negatividad no nos lleva a nada.

Para ser gracioso o divertido no hace falta ser una estrella contando chistes o aturdir al público con mil y una anécdotas y extravagancias que posiblemente desvíen excesivamente su atención de la intención de nuestro discurso.

Por otro lado, no hace falta ser una persona especialmente divertida para utilizar el humor con eficacia en un disertación. La mayoría de las oportunidades para dar un toque de humor se presenta por el simple hecho pronunciar palabras o frases aparentemente poco divertidas pero que con el énfasis o la intención adecuadas podemos aprovechar para resaltar la ironía o el absurdo de muchas situaciones.

Las similitudes entre un buen orador y un buen actor son evidentes.

Los actores pueden ser buenos oradores basándose en textos de los demás, pero hay ocasiones en que su propia deformación profesional produce el efecto contrario en el auditorio: se nota excesivamente la artificiosidad de su discurso.

Sólo algunos oradores demuestran sus buenas dotes de actor, con el aliciente de que además dominan el tema sobre el que hablan.


El arte de hablar en publico


F. Scott – El arte de hablar en público y tener habilidades sociales

Aunque probablemente usted no se verá precisado a ser orador y ni siquiera tendrá ocasión para ello, sin duda se le presentará alguna vez la ocasión para dirigir la palabra a un grupo más o menos numeroso de personas en diferentes ocasiones que la vida puede ofrecer: un banquete, una boda, un homenaje, etc. ¿Quien no se ha encontrado en el trance de intervenir en una conversación entre amigos, compañeros o colegas? ¿Y que tendría de raro que usted, amigo lector, tuviera que dirigir la palabra a un grupo de personas reunidas en una cena u homenaje a algún amigo o conocido? En tales casos, ¿habrá algún lector que no desee saber expresarse de modo que acredite sus méritos personales, aspirando a convencer, a gustar, a destacar, en una palabra?
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