Nuestras elecciones

Foto: Cundiff(LCC)

Por Eric West

Todos tenemos nuestras preferencias, en comidas y bebidas, en el vestir, en las diversiones, en política y en tantas cosas más. Expresamos una preferencia diciendo que nos gusta A más que B, si bien sólo en algunos aspectos, pues en otros nos parece mejor B que A. Y aunque nos guste más A que B y B más que C, sin embargo, en algunas circunstancias, podemos preferir y anteponer C y A. Dicho con otras palabras: las preferencias no son necesariamente transitivas. Más aún, una preferencia puede variar con los tiempos y los lugares: yo prefiero el té al café en Inglaterra, pero en Francia el café al té, y prefiero tomar té en el desayuno y café después de la comida.

Cuando expresamos una preferencia, hacemos una elección. El que se elija una —digamos— entre dos alternativas depende en gran parte de la naturaleza de las alternativas y de la clase de persona que sea quien elige. Si dos individuos comparten unos mismos gustos, harán probablemente elecciones similares cuando se les presenten unas mismas alternativas. Las influencias que configuran la elección personal pueden variar según sea su contexto. En política podrá uno ser tradicionalista y perpetuar unos principios familiares, aunque probablemente en el vestir se muestre individualista.

Cada elección nos informa un poco, o mucho, sobre el elector. Algunas elecciones nos proporcionarán escasos informes; otras, en cambio, muy numerosos. Si alguien nos dice que prefiere la cerveza fuerte a la débil, no sabremos acerca de él mucho más que antes; pero el enterarnos de que vota por tal partido y no por tal otro nos sirve ya para predecir, normalmente con visos de acierto, muchos otros rasgos de su conducta futura.

El grado en que una alternativa se prefiere a otra puede medirse de varios modos, según las circunstancias. Una preferencia extrema por una alternativa denota la observación de aquel filósofo alemán que dijo: «Si pudiese conseguir lo que quiero, cedería dos millones de años de mi felicidad eterna»; declaración ésta que suscitó por cierto en una dama el comentario de que semejante sacrificio le parecía muy pequeño. Paremos mientes en una situación más humilde: Supongamos que un niño prefiere una tableta de chocolate a un trozo de tarta. Podremos determinar a qué tamaño habrá que reducir la porción de chocolate o aumentar la de tarta para que el niño elija de otro modo. En los experimentos con animales, cabe comparar las fuerzas de atracción de dos estímulos distintos cuando el animal puede responder sólo a uno de ellos; por ejemplo, anotando la frecuencia con que un compañero que hay en uno de los compartimientos de la jaula es preferido a la comida que hay en otro. Podemos determinar también cuál es la intensidad o la frecuencia de las descargas eléctricas que un animal está dispuesto a sufrir con tal de satisfacer el deseo que le produce uno u otro atractivo.

En las situaciones humanas es instructivo preguntar a una persona por qué hace una particular elección. Las razones que nos dé no deberemos menospreciarlas tan sólo porque pensemos, quizá, que esa persona no se conoce bien a sí misma. Al estudiante que solicita ser admitido en una facultad universitaria se le puede preguntar por qué elige esa facultad prefiriéndola a otras. Sería sorprendente que no contestase algo digno de ser tenido en cuenta. ¡Pocos candidatos dicen que sus elecciones hayan sido hechas a la buena de Dios…, cerrando los ojos y clavando al azar un alfiler en la lista de las varias carreras posibles!

Siempre que una elección implica algún sentimiento profundo, la razón por la que se dice que se hace puede que no sea toda la verdad. Lo cual no significa que haya de haber intento de engaño, sino solamente que las causas auténticas quizá no sean asequibles a la conciencia del que elige. La cosa quedó muy clara en una investigación en la que unos cuantos soldados jóvenes y sus esposas fueron interrogados con miras a descubrir las razones de su elección marital. Entre las respuestas de los hombres hubo éstas: «Su voz, que era una especie de murmullo», «Algo me dijo que ella era mi amor». Y entre las de las mujeres, éstas: «Tenía unos modales muy finos, te ayudaba a bajar del autobús y todo eso…», «Sabía hacer todas las cosas amables, como al comprar flores». Aunque estas respuestas nos dejan entrever un poco los motivos, damos por descontado que algunos otros aspectos de la elección no podían explicitarse: cierta inarticulada conjunción de emociones y sentimientos, ciertos elementos pertenecientes a la experiencia amorosa que escapaban a la conciencia de los electores. Así que las razones que se den para justificar una elección no son lo mismo que el motivo o los motivos que en realidad movieron a hacerla, parte del cual o de los cuales acaso se le ocultara al mismo que la hizo. Por eso, cuando la gente expone las razones que tiene para tomar una decisión compleja, no se piense que con ello descubre todas sus motivaciones al respecto.

En un sentido, toda elección implica un conflicto, y así cabe clasificar las elecciones en los tres grupos siguientes (donde los signos + y — representan respectivamente las alternativas deseadas y las no deseadas):

1. O A + o B +: Por ejemplo, si a un niño se le ha ofrecido una tableta de chocolate o un trozo de tarta.

2. O a — o B —: Por ejemplo, si el niño tiene que hacer tal tarea (que le es odiosa) o, si no la hace, recibirá un castigo.

3. O A ± o B +: Por ejemplo, si tiene que hacer su tarea, y si la hace recibirá una tableta de chocolate como recompensa, o se quedará sin el chocolate si no hace su tarea.

En estos tres tipos de situación cabe la posibilidad de optar por una solución intermedia, de compromiso: aceptando una parte de cada extremo de la alternativa. Valga como ejemplo la designación de «representantes de productos médicos» que se da a los agentes comerciales de las firmas de específicos farmacéuticos. Indagando, veríamos que en muchos casos se trata de personas que, habiendo comenzado los estudios de medicina, no han podido, por diversas causas, llegar a ser médicos. No queriendo abandonar del todo sus aspiraciones y deseando aprovechar los conocimientos adquiridos, se comprometen a actuar en una dedicación que les capacita para mantener contactos regulares con los doctores y para intervenir en cosas muy relacionadas con la medicina.

Se ha dicho que en la industria es tradicional el compromiso, o sea, el que, cuando dos partes de intereses contrapuestos discuten, lleguen a un acuerdo a base de ceder cada una algo en sus reclamaciones iniciales…, por lo común después da una infructuosa huelga que sólo produce alzas de precios y pérdidas que a nadie benefician.

Estos ejemplos nos hacen pensar en lo que podría llamarse «ley de los sustitutivos», ley que parece regir el orden en que estamos dispuestos a aceptar un segundo (o tercero, etc.) sustitutivo «mejor» si nuestra primera elección ha versado sobre algo inalcanzable. La categoría del sustitutivo que estemos dispuestos a aceptar dependerá del grado en que lo necesitemos: después de una buena comida declinaríamos la invitación a un opíparo banquete; en cambio, si estamos medio muertos de hambre, aceptaremos con mucho gusto hasta la comida del gato. Lo mismo se diga de las necesidades sociales y de otras muchas. Normalmente, podemos ser todo lo exigentes que queramos al seleccionar las personas con quienes nos tratemos más, pero si nos sentimos solos y aburridos en un viaje pesado admitiremos cualquier compañía que nos distraiga. Idénticos principios rigen la vida animal: los chimpancés tienen un orden de preferencias muy notables respecto de las frutas —naranjas, plátanos, nueces, etc.—, y si sabemos cuánto hace que uno de estos cuadrumanos no come, podremos predecir qué fruta intentará coger a la primera oportunidad que se le presente.

Bajo cada expresión de preferencia, tras cada acto de elección, subyace implícita o explícita una escala de valores. Cuando decimos que estamos valorando alguna cosa, lo que hacemos es ponerla en algún punto de una escala. Si valoramos la Verdad, la Bondad y la Belleza, estamos poniendo la Verdad por encima de la Falsedad, la Bondad por encima de la Maldad, y la Belleza por encima de la Fealdad, en el orden o clasificación de las cosas que deseamos y tenemos por deseables. La escala de valores puede ser de carácter privado, particular, como sucede cuando se trata de preferencias estéticas, o convencional, como cuando hacemos un juicio ético que concuerda con el código común. Una escala de valores abstractos, si hemos de hablar con rigor, nunca puede ser más que ordinal, pues estricta y propiamente no tiene sentido alguno decir que un hombre es dos o tres veces más veraz que otro, que los Alpes son el doble de bellos que el lago Ontario, o que el Real Madrid es el doble de bueno que el BarÇa. .
Al contrario de lo que ocurre con los valores abstractos, los valores dinerarios sí que se pueden clasificar tanto cardinal como ordinalmente, en público y en privado. Una suma de dinero es una cantidad, y podemos decir sin temor a contradecirnos que cincuenta céntimos es la mitad de un euro; y aunque los Ministerios de Hacienda y de Comunicaciones sólo reconozcan una escala de valores monetarios, cada uno de nosotros puede tener, en privado, su propia escala. Todo euro que depositemos en un banco lo tratará éste como equivalente a cualquier otro euro. En cambio, nosotros mismos valoraremos subjetivamente menos cada euro a medida que nuestros ahorros aumenten. Cien euros significan mucho más para un pobre que para un millonario, y si el pobre consigue reunir con el tiempo 1000 euros, la que haga precisamente el número 1000 no significará ya para él lo mismo que el primero que tuvo. El principio en que se sustentan estas diferencias lo indicaron independientemente los dos célebres matemáticos suizos G. Cramer (1704-1752) y Daniel Bernoulli (1700-1782). Ambos hicieron notar que el valor o la utilidad que subjetivamente asignamos al aumento de nuestro capital va disminuyendo con cada adición sucesiva. Pero mientras Cramer supuso que la utilidad de cada unidad adicional es inversamente proporcional a la utilidad del número de unidades que ya se poseyeran, Bernoulli supuso que es inversamente proporcional al número de unidades ya poseídas antes del aumento. Según Cramer, la utilidad de nuestra riqueza crece como la raíz cuadrada de su cantidad, mientras que, según Bernoulli, la utilidad aumenta como el logaritmo de nuestra riqueza. Ni Cramer ni Bernoulli adujeron pruebas en apoyo de sus hipótesis respectivas. Y la única que desde entonces se ha aducido (por E. H. Galanter) parece dar la razón a Cramer. A cierto número de personas se les preguntó: «Si tuvieses la suerte de que te regalaran 100 000 euros, ¿no te sentirías feliz? Bueno, pues ¿cuánto tendría que aumentarse esa cantidad para que al regalártela te hicieran el doble de feliz?». (La importancia del «regalo» se varió según la condición de las personas.) En conjunto pareció poderse deducir que para «duplicar» la felicidad haría falta cuadruplicar el «regalo», lo cual confirmaba la hipótesis de Cramer.

El principio de Cramer-Bernoulli tiene importantes consecuencias y derivaciones en la psicología de lo económico. Sería imprudencia del empresario ofrecer un aumento de salarios menor que el que sus obreros considerasen digno de ser tenido en cuenta. A menudo se ha visto que, en estos asuntos, las autoridades andaban despistadas. Aunque a los niveles de ingresos inferior y medio lo que cuenta es el cambio relativo, en los niveles ínfimos parece ser que el cambio ha de llegar a una magnitud absoluta, aun cuando esto signifique un cambio relativo muy grande; y, viceversa, en los niveles superiores, el cambio absoluto posiblemente no tenga que equivaler a un gran cambio relativo.

Hay otras muchas situaciones en las que lo que importa realmente de un cambio económico es su significación psicológica. Cuando el ministro de Hacienda piensa en modificar la cuantía de los impuestos, por ejemplo sobre el tabaco, trata de elevarla lo más posible, a la vez que confía en que el consumidor apenas lo advertirá, de suerte que la mengua de ingresos que para el fisco suponga el número de fumadores a los que el nuevo precio retraiga de fumar, quede compensada con creces por el aumento procedente de lo que paguen los que sigan fumando. Los propósitos del fisco se frustrarían si el impuesto sobre el tabaco fuese tan gravoso que imposibilitara su consumo. Consideraciones semejantes podríamos hacer a propósito de la cuantía de los incrementos anuales de salarios, pensiones y retiros, del paulatino pujar de las cotizaciones en las subastas, y del aumento de valor de toda clase de cupones comerciales, sistemas de bonificación, órdenes de pago o de compraventas al por mayor, letras, etc.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia
Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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