¡Sin tiempo!

Por Lara Palmer

Las personas nerviosas se dejan llevar por las impresiones sensoriales y los pensamientos, sin poderse concentrar bien en ellos. Y como todo aquello que no hacemos con atención cae fácilmente en el olvido, junto a esta falta de concentración suele aparecer la falta de memoria. Por otra parte, tales personas tienden a recordar cosas que no desean y las impresiones fuertes y mal asimiladas a que corrientemente nos vemos sometidos durante el día llegan a atormentarles hasta en sueños. Como consecuencia de todo esto, los sentidos se vuelven hiper-sensibles, aparecen movimientos incontrolados, sustos repentinos causados por ruidos y percepción intensa de los procesos orgánicos propios, como pulsación de la sangre, latidos del corazón, etc.

A ello se une una irritabilidad y excitación generalizadas, que se pueden intensificar hasta la cólera y luego son seguidas de agotamiento/cansancio, pero sin que llegue el sueño reconfortante. Es natural que esta persona empiece a sentir miedo frente a las impresiones nuevas, incluso frente a la vida, acabe perdiendo la confianza en si misma y vacile ante todo.

Causas
Muchas de las dificultades existentes en la convivencia se deben al nerviosismo. ¡Cuántas veces deberíamos y podríamos entendernos y llevarnos bien, pero «nos ponemos nerviosos» unos a otros! No nos podemos concentrar suficientemente en el prójimo, ni siquiera podemos escucharle bien. Nos cansamos de la convivencia demasiado pronto. Herimos al otro por nuestros estados de excitación y cólera, así como nuestra falta de decisión le provoca enfado.

Las personas que viven en las aglomeraciones urbanas están expuestas día y noche a un sinfín de impresiones incoherentes y no buscadas que aumentan el desgaste del sistema nervioso. Los ciudadanos están sometidos al ruido de la calle, a los miles de efectos luminosos, a las voces que se oyen interminablemente. Por si esto fuera poco, incluso suelen dejar la radio en funcionamiento aunque no le presten atención, o se dejan llevar por las sensaciones producidas por la televisión.

Por otro lado, el trabajo también se puede convertir en manía y refugio para la persona nerviosa que quiere evadirse del vacío y de la intranquilidad de su interior. Pero esta exagerada actividad externa sólo disfraza una pasividad interna del alma en aumento, oculta el hecho de que dirige su vida cada vez menos. Por el contrario, la persona sana y tranquila percibe su entorno de manera activa. Un interés afectuoso caracteriza su mirada atenta, y la fuerza volitiva del yo domina la aparición de los recuerdos e impide la divagación de los pensamientos.

La disposición superficial con que la persona nerviosa vivencia su entorno puede tener repercusiones físicas. Las vivencias mal asimiladas, al ser olvidadas suponen una carga para la vida anímica inconsciente —al igual que una comida mal digerida sobrecarga el estómago— y pueden alterar el aparato digestivo, especialmente el estómago y el hígado, y llegar hasta producir depresión.

Algunos síntomas de las enfermedades nerviosas son una simple intensificación del nerviosismo, como por ejemplo una susceptibilidad e irritabilidad exageradas y la pérdida de la comprensión global de las situaciones, por percibir sólo los detalles y desatender el contexto en que se encuentran las distintas percepciones. La parálisis motora es análoga a la parálisis psíquica del nerviosismo agudo y suele preceder a la enfermedad nerviosa.

Existe una predisposición al nerviosismo en las personas de constitución asténica (cuerpos delgados, órganos alargados y de funcionamiento débil, predominio del sistema nervioso sobre otros sistemas corporales), pero la neurastenia puede adquirirse durante la infancia y la juventud, y esta es una tendencia que en la actualidad advertimos cada vez con más frecuencia en otros tipos de constitución distinta a la asténica.

El entorno del niño influye mucho en su desarrollo: poco calor en el “nido”, poco amor materno, traerá consigo cierta debilidad en la configuración del cuerpo y del alma. Asimismo, se producen alteraciones en el fundamento físico para el desarrollo de su alma y de su voluntad cuando en la escuela no se le despierta suficiente interés “cálido” por el mundo. Si el niño está sometido a una presión intelectual fuerte, si tiene que aprender la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible, su vida anímica y volitiva no recibe el alimento necesario, se le impide intervenir de manera suficiente. Podemos decir que con el fin de aumentar el rendimiento de la cabeza —a la que va dirigida esta clase de enseñanza limitada—, el niño tiene que extraer de su cuerpo más fuerzas vitales de las convenientes… y cae enfermo; es un hecho cada vez más observado. Como consecuencia, el cuerpo del niño se estira con rapidez hacia arriba, hacia la cabeza sobrecargada, y no madura en todas las direcciones equilibradamente. Esta es la razón por la cual aumenta la proporción de tipos asténicos en la sociedad y de escolares nerviosos… que fácilmente se convertirán luego en adultos víctimas del nerviosismo.

Tratamiento y prevención
Los tranquilizantes y somníferos no llegan a la raíz del mal; poco a poco conducen a la abulia, y las pastillas excitantes o vitalizantes para superarla, después de su acción producen cansancio y fatiga psíquica más acentuadas.

La persona nerviosa debería dosificar bien el tiempo que dedica al cine, la televisión o la radio y prescindir totalmente de ellos en las perturbaciones más acusadas, dado que aumentan la pasividad visual y auditiva y para ella existe la amenaza de que se conviertan en una droga.

Un autotratamiento eficaz del nerviosismo consiste en intensificar las fuerzas del yo, de la voluntad y del sentimiento, al activar y animar la vida sensorial y mental.

Por la mañana, antes de iniciar la jornada, deberíamos reunir nuestras fuerzas, y la mejor manera de hacerlo es concentrándonos, meditando en algo espiritual, un pensamiento importante, unos versos o, si se prefiere, una oración. Luego organizar, prever mentalmente o por escrito la actividad del día, para no sentirse dominado o agobiado por esas tareas (no hay que cargarse con demasiado, pues dejar sin realizar una y otra vez aquello que uno se había propuesto hacer debilita mucho la voluntad).

Cada trabajo del día debe realizarse con plena consciencia y sin pensar mientras en el siguiente. Al final del día, antes de dormir, conviene recordar en orden inverso los sucesos transcurridos, hasta llegar al comienzo del día, contemplándose uno mismo como si fuera otra persona. De esta forma se evita la memorización automatizada y la persona se distancia de los sucesos del día —que perturbarían el sueño— como también de los acontecimientos venideros, que normalmente suelen atormentar al nervioso. Es un ejercicio difícil, que en casos problemáticos no es recomendable al principio.

Por último se medita nuevamente en algo de contenido espiritual o elevado, que aleje el alma de la vida cotidiana, del mundo terrestre, y la vuelva a unir (re-Ugare, de donde deriva la palabra «religión») al mundo divino-espiritual…

También durante el día debe haber algunos islotes de tranquilidad y concentración, un descanso antes y después de las comidas, una siesta, un paseo. La persona nerviosa, más que ninguna otra, debería disfrutar con la comida, poder distinguir bien las distintas cualidades del sabor: dulce, agrio, salado, picante, etc., tomar alimentos que le transmitan las fuerzas de la naturaleza en el estado más puro posible, pues ello es de suma importancia para la salud del sistema nervioso.

También son convenientes unos momentos más de descanso en que se fortalezca la vida sensorial mediante ejercicios de observación cariñosa y cuidadosa de la naturaleza, a la manera de Goethe, quien durante sus paseos contemplaba atentamente la formación de las nubes, la forma y el color de los árboles y de las hojas, etc. Las percepciones sensoriales así impregnadas de sentimiento y voluntad, comparadas con las variaciones observadas en los días, semanas y meses pasados, proporcionan salud al alma además de al cuerpo, y el pensamiento cobra nuevas fuerzas.

Son útiles también otros ejercicios para aumentar la capacidad de concentración (representarse mentalmente y en orden estrictamente lógico todo lo relacionado con un objeto que hemos contemplado inmediatamente antes), la memoria (cambiar algún objeto de lugar y fijarse bien en su nuevo entorno, recuperando tal imagen a la mañana siguiente), o la voluntad (ejecutar una acción insignificante y sin sentido en un momento concreto del día, durante una semana por ejemplo; o considerar los pros y contras de un deseo e incluso renunciar a él), porque el desbordamiento de las energías anímicas que se manifiesta como excitación o cólera es señal de una voluntad escasa y oculta la inseguridad y falta de decisión de la persona nerviosa.

En el plano físico, esas energías anímicas aparecen en forma de movimientos incontrolados o convulsivos y también en la escritura. Por esto van bien las actividades artísticas de toda índole (pintura, artes plásticas, trabajos manuales, música, declamación, euritmia) para las que la persona nerviosa tenga una facilidad —ya descubierta o por descubrir— dado que actúan sobre todos los dominios del alma. Aquí entramos en el terreno de la planificación razonable y sana del tiempo libre, cuya base forma la lectura de libros escogidos e idóneos para la comprensión del sentido de la vida. Y la repetición rítmica de estos ejercicios proporciona unos efectos tanto mejores cuanto más esfuerzo cueste su realización constante.
La enfermedad bien resuelta nos deja una salud nueva y preciosa. Al curar nuestro nerviosismo aprendemos a adentrarnos en la esencia de las cosas, del mundo y de la propia vida; conquistamos la reflexión del alma y la verdadera presencia de ánimo…

Tener tiempo para los demás y para uno mismo
Para que una conversación sea realmente agradable se requiere tiempo; de otra forma se queda tan sólo en la superficie. Supone una cosa muy deprimente para las personas con las que convivimos en nuestra vida profesional o privada, darse cuenta de que ya no tenemos tiempo para ellas. Es una triste realidad el que la riqueza interior de las auténticas relaciones vivas entre las personas corra cada vez más el peligro de perderse. ¡Cuántas crisis, malentendidos y discusiones, sea en el trabajo, en la familia o entre los amigos, tienen su causa en las tres palabras: “no tengo tiempo”!

El problema es más grave cuando los mayores ya no tienen siquiera el tiempo suficiente para los niños. ¿Tenemos derecho a privar a un alma infantil de los valores que se crean mediante la lectura de los cuentos de hadas, la oración en común por la noche que aún practican algunas familias o una conversación cariñosa en el momento justo?

El “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, exige que se tenga tiempo para el otro. Necesitamos una relación sana con el tiempo para poder desarrollar dentro de nosotros el amor como la fuerza social más elevada. Reservarse por lo menos una hora o una tarde cada semana para pasarla con otra persona armoniza un ambiente cargado a menudo de tensión e irritación. Pero también para nosotros y para el cuidado de nuestro cuerpo anímico necesitamos algún tiempo; para conocernos a nosotros mismos.

Practicando el ejercicio de recordar con absoluta quietud las percepciones y experiencias que nos han proporcionado los objetos y realidades del mundo, sin tratar de disfrutar de tales impresiones sino asimilándolas con nuestra actividad interior y distinguiendo lo esencial de lo secundario, nos preparamos para captar mejor y más rápidamente el contenido ideal de las cosas que pasan ante nosotros, para captar el núcleo supratemporal de los acontecimientos.

De esta forma no nos dejaremos arrastrar por la corriente de las apariencias y no seremos esclavos del tiempo, porque el arte de tener tiempo consiste sobre todo en saber distinguir lo importante de lo nimio. Con este ejercicio aprendemos a asimilar las experiencias del pasado, que se convertirán en facultades para el futuro, y cumpliremos mejor con nuestras tareas, ya que no perderemos el tiempo con insignificancias e iremos directamente al grano. Pero no confundamos esto con los métodos como la lectura rápida de libros, o hacer cualquier otra cosa con el cronómetro en la mano, ya que aumentan la intranquilidad.

Otro ejercicio, practicable durante unos momentos en cualquier situación, es meditar sobre una palabra, acallando todas las sensaciones anímicas; vivir en concentración interior la palabra “calma” por ejemplo.

El desarrollo natural y el cuidado consciente del equilibrio sano en las fuerzas del ritmo —por ejemplo la alternancia entre vigilia y sueño— es condición previa para la salud física y anímica.

Tener tiempo significa, en cierta manera, poder encontrar en todo momento el centro rítmico entre las exigencias y obligaciones que nos depara la vida y nuestros deseos y proyectos, con mucha frecuencia opuestos a las primeras. Es hacer suceder de modo rítmico y por libre decisión los momentos de agitación por los de tranquilidad, los de exceso de actividad por los de descanso, los de tensión por los de distensión. Los sabios de la humanidad plasmaron hace milenios las enseñanzas de la naturaleza en el ritmo semanal, contraponiendo a los días laborables el domingo y las fiestas que se fijaron de acuerdo con el curso anual del sol, la luna y la tierra. En la secuencia de las fiestas cristianas permanecen ocultas unas fuerzas que en la actualidad apenas se han descubierto pero que podrían ser un factor curativo de máxima eficacia. Tampoco deberían subvalorarse los efectos beneficiosos de los días de conmemoración, celebrados rítmicamente: los cumpleaños, o aniversarios de boda o de la muerte de una persona querida pueden servir para la retrospección reflexiva o la previsión de los años futuros que se pasarán en común con otras personas. Celebrados con cariño y no de modo sentimental, se crea un tesoro de fuerzas que ayudarán a tener tiempo.

¿Y la puntualidad? Es un hecho positivo, pero si la impuntualidad ajena parece que nos quita nuestro tiempo tan valioso, no debemos reaccionar con disgusto, animosidad o nerviosismo, sino aprovechar esta pausa para educar nuestra capacidad de autodominio y tranquilidad interna, invadiendo nuestro interior del sentimiento de la inutilidad de la impaciencia.

Para terminar, tengamos en cuenta que toda profundización requiere tiempo, que sólo en la profundidad podemos encontrar la esencia de una cosa, captar la idea dentro de la materia, la infinitud dentro de lo infinito. Y que como en las plantas, los frutos de nuestra vida necesitan el ritmo de la respiración anímica del tiempo para poder madurar, porque en la verdadera maduración de la personalidad va apareciendo paulatinamente el núcleo eterno de nuestro ser, dentro de lo efímero.

La conservación de nuestra fuerza y salud anímicas, así como de nuestra capacidad de enfrentarnos a cualquier situación de la vida con presencia de ánimo, requiere la captación de la eternidad e inmutabilidad de /o ideal en el mundo y en nosotros mismos, y que en el transcurso del tiempo se manifiesta bajo muy diversas formas.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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