No grites que ya te oigo

Foto: Cornoldi(LCC)

Por David Genovés

Nuestro sistema auditivo cumple dos tareas distintas, aunque relacionadas entre sí: la primera, recibir sonidos y transformarlos en impulsos nerviosos; la segunda, distinguir y seleccionar los diferentes sonidos. Estos son el resultado de la vibración de los objetos. Cuando las vibraciones varían confusamente, sin orden ni concierto, se produce el ruido; cuando varían con ritmos periódicos, resultan los tonos musicales. Un sonido tiene tres cualidades subjetivas: 1) fuerza o «audibilidad»; 2) altura, y 3) timbre.

1) La fuerza de un sonido depende de la intensidad del estímulo sonoro, la cual varía en razón inversamente proporcional al cuadrado de la distancia a que se halle la fuente emisora. No se da, empero, una simple relación entre la audibilidad de un sonido y su intensidad física, ni entre su altura y su frecuencia. En este aspecto hay una analogía entre la audición y la visión, pues no se da una simple correspondencia entre la longitud de onda, la homogeneidad y la intensidad de la luz y, respectivamente, la viveza, la saturación y la brillantez subjetivas de un color.

Los experimentos han hecho ver que la audibilidad subjetiva no aumenta con un aumento uniforme de la intensidad. A bajas intensidades —de hasta unos cincuenta decibelios por encima del umbral absoluto— la audibilidad subjetiva va aumentando muy lentamente, y ha de añadirse bastante energía al estímulo para que el sujeto advierta la diferente audibilidad. A intensidades elevadas —de 80 o más decibelios por encima del umbral absoluto— la audibilidad subjetiva aumenta con rapidez al aumentar la intensidad, y se hace perceptible cualquier diferencia comparativamente pequeña de la energía del estímulo. A intensidades bajas, la primera diferencia advertible en la audibilidad es subjetivamente mucho menor que una primera diferencia advertible en sonidos de intensidad elevada.

Una idea de la gama de la audibilidad nos la dará el hecho de que el más estentóreo de los sonidos audibles es diez billones de veces más intenso que el más apagado. La enorme amplitud de esta gama nos fuerza a emplear para los cálculos de intensidades sonoras una escala logarítmica. Esta escala se construye a base de (k-cibelios (dB), que son décimas partes del belio (unidad llamada así del nombre de Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono). El belio es el logaritmo de la razón de dos energías. Si la energía de un sonido es diez veces mayor que la de otro, la diferencia entre las dos se expresa por un belio (o 10 dB), pues el logaritmo de 10 es 1. Si la energía de un sonido es cien veces mayor que la de otro, la diferencia entre ellas es de dos belios o de 20 dB, porque el logaritmo de 100 es 2. Si la energía de un sonido es mil veces mayor que la de otro, la diferencia es de tres belios (o de 30 dB), y así sucesivamente.

Acabamos de ver que el decibelio es un recurso para comparar las energías de dos sonidos. Es conveniente emplear una referencia valorativa con la que puedan compararse las energías de los diferentes sonidos. En la práctica se han usado dos, una física y otra psicológica. La referencia física es al nivel de fuerza del sonido (SPL = sound pressure level), que es la energía, medida de un modo aproximado, en el umbral abierto del todo para la audición tal como se da en un joven de tipo medio que escuche un sonido de 1000 vibraciones por segundo.

He aquí unas cuantas intensidades de sonidos ordinarios medidas en decibelios:

Trueno fuerte: 120
Avioneta: 100
Transporte pesado: 90
Conversación: 60
Cuchicheo entre dos: 20
Umbral auditivo: 0

El valor psicológico que se toma por punto de referencia es el nivel de la sensación, o sea, el más débil sonido que puede percibirse con nitidez. Si nos referimos a 100 dB sobre el nivel de la sensación, damos a entender que se trata de una energía sonora que rebasa en 100 dB el umbral absoluto del sujeto, para aquella frecuencia particular.

2) La altura es la característica de un sonido que nos permite situarlo en una escala ordinal y calificarlo de elevado o bajo. Depende, ante todo, de la frecuencia de las ondas sonoras, pero también de la intensidad del sonido y de su duración.

Así como el ojo responde solamente a parte del espectro electromagnético, a aquella parte limitada de un lado por los rayos ultravioleta y de otro por los infrarrojos, así también el oído responde sólo a parte de la escala de frecuencias tonales, a saber, la comprendida entre unas veinte y unas veinte mil vibraciones por segundo. El oído es muy sensible a las frecuencias que se clasifican en la zona media de esta escala. De aquí que el umbral para cada sonido varíe con su altura.

Los límites de la audición son distintos en cada persona. El oído más sensible responde a vibraciones de frecuencia muy baja —hasta de quince por segundo— y muy alta —hasta de unas cuarenta mil—. Pero el límite superior ordinario no pasa mucho de las veinte mil. La gama normal comprende unas diez o doce octavas. Sólo cerca de la mitad de esta gama tonal es lo que se emplea en la conversación ordinaria, cuyos sonidos suelen llegar hasta una octava por debajo y cinco por encima del tono del medio. En música se abarcan generalmente siete octavas (desde 40 hasta 4600 vibraciones por segundo). Los gatos, los perros y algunos animales de otras especies pueden oír sonidos de mucha más altura máxima que los que puede oír el hombre; los murciélagos, al volar en la oscuridad, evitan los obstáculos guiándose por el eco de una nota agudísima que emiten ellos mismos.

3) El timbre es la cualidad del sonido por la que distinguimos los que emiten unos instrumentos u otros, aunque todos los estén emitiendo con la misma altura e intensidad. Depende el timbre del número y de las intensidades relativas de los armónicos, es decir, de los sones superpuestos.

Una de las anomalías más comunes de la audición es la del zumbido (tinnitus) del oído, que en algunos casos lo puede oír también otra persona. Este fenómeno se ha considerado en general como consecuencia de algún defecto en la conducción, que podría deberse al taponamiento de algún vaso sanguíneo, pero hoy hay motivos para atribuirlo con más probabilidad al desorden de la actividad nerviosa resultante de una avería de las células capilares. También es frecuente el fenómeno de la doble audición (diplacustia), por la que un mismo sonido se oye a diferente altura en cada oído.

Se dan otras perturbaciones de la audición menos graves. Una de ellas es el llamado «bache tonal» (tonal dip), consistente en una reducción de la sensibilidad en determinada parte de la escala auditiva, comúnmente entre las 3000 y las 5000 vibraciones por segundo. Es mucho más raro este fenómeno en las mujeres que en los hombres. Otra perturbación es el declinar de los límites superiores de la audición, declinar que va aumentando con la edad (presbiacustia). Sin embargo, éste puede ser un efecto solamente indirecto de la edad, ya que a algunos viejos no se les estropea el oído. La mengua, cuando se da, empieza a ser perceptible hacia los treinta años de edad. A veces se produce un bajón de toda la sensibilidad auditiva. Un mal más grave es el de la «sordera clínica total», que puede afectar lo mismo a jóvenes que a viejos. La pérdida de sensibilidad puede ser repentina o gradual, dándose la repentina más frecuentemente en los varones.

La primera teoría moderna sobre la audición fue propuesta por Von Helmholtz (1821-1894), quien se fundó en el hecho de que si se estirase la membrana basilar del oído interno constituiría una serie ahusada de fibras semejantes a las cuerdas de un arpa o de un piano; «ahusada» porque las fibras serían largas en la parte de arriba y cortas, achatadas, en la base. Esta disposición le sugirió a Von Helmholtz que cada fibra, igual que si fuese la cuerda de un arpa, tendría una resonancia correspondiente a la vibración. Es decir, pensó que cada fibra estaría a tono con una frecuencia determinada. De esta suerte, las fibras más largas de la parte superior recogerían los sonidos de menor frecuencia, mientras que las fibras más cortas próximas a la base recogerían los sonidos de alta frecuencia.

Otras teorías sobre la audición son: 1) la del teléfono (propuesta por lord Rutherford), según la cual el compartimiento del caracol se mueve todo él hacia arriba y hacia abajo; 2) la de la onda transeúnte, y 3) la de la onda fija. Von Békésy ha demostrado que estas teorías no son en realidad contrarias entre sí, sino que dan cuenta de diferentes tipos de vibración que varían con el espesor y la elasticidad de la membrana basilar; ha evidenciado que cabe distinguir diferentes membranas que reaccionarán conforme a una u otra de las cuatro teorías, pero él piensa que la teoría de la onda viajera o transeúnte es la que describe con mayor exactitud lo que realmente ocurre en el oído interno.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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