El método científico y la realidad no son lo mismo

Por Roger Coustau

Llevamos siglos de avances científicos que están cambiando el mundo. En este artículo planteo un hecho cierto: creer que la ciencia es lo mismo que la realidad nos está llevando a una situación dramática con pocas salidas, ya que la ciencia no tiene sentimientos y el hombre sí. El racionalismo surge en Grecia en el siglo V a. de J.C. de la mano de Sócrates, Platón y Aristóteles, que elaboran una filosofía estática de la existencia situando unas ideas inmutables frente al movimiento propio de la vida. A raíz de esta concepción se originan las dualidades en las que se debate hoy la gran contradicción de la civilización occidental.

Este análisis llega a la máxima expresión con Descartes, en el siglo XVIII. El pensamiento cartesiano analiza los hechos sin tener en cuenta la historia, la duración, marcando una separación absoluta entre mente y cuerpo, entre materia y espíritu. Las consecuencias de esta manera de pensar, a través de Bacon, Galileo, Newton, han llegado hasta nuestros días en forma del método científico.

¿Qué es la ciencia? La ciencia es un tipo de saber humano basado en la observación de los hechos como medio para deducir de ellos las leyes por esos hechos se rigen. La finalidad de la ciencia es, pues, la enunciación de unas leyes generales o teorías científicas.

Todo análisis científico debe cumplir unas premisas para que pueda ser considerado como tal. Entre ellas, una de las principales es la verificación, que se refiere a la posible demostración del fenómeno en repetidas ocasiones; así es como una hipótesis de trabajo se convierte en una teoría. Otra característica es la relatividad, ya que el tiempo y los progresivos avances provocan el rechazo de unas teorías para ser reemplazadas por otras.

Vemos entonces que el método científico, por mucha objetividad que pretenda, parte de unos supuestos previos y de unos juicios de valor subjetivos, a partir de los cuales hace una interpretación particular de la realidad en busca de la verdad siempre relativa a los instrumentos de experimentación utilizados.

Esta interpretación de los fenómenos es de una utilidad innegable, sobre todo en el campo de la tecnología, pero no puede erigirse en el método de conocimiento de la realidad por excelencia.

No hay que confundir el método de conocimiento con el objeto a conocer, en este caso la realidad. Esta puede conocerse mediante diversos métodos, siendo el científico uno de ellos, sin ninguna superioridad sobre los demás.

Suponed una mesa llena de objetos. Colocamos una tortuga en un extremo; el animal empieza a andar lentamente. De repente choca con un gran libro: la realidad es un gran libro. Continúa su peregrinaje, encontrándose con un lápiz: la realidad es el lápiz. Al ir avanzando irá descubriendo los diferentes objetos de la mesa, y su concepto de la realidad irá variando sucesivamente, aunque siempre será parcial. Si imaginamos un águila que sobrevuela la misma mesa, fácilmente podemos apreciar cómo la observación de esta ave es simultánea de toda la realidad existente encima del mueble.

Esta simbología nos permite comprender mejor la perspectiva que utiliza la ciencia. Por supuesto, la realidad no es reducible a una mesa repleta de cosas; aunque la ciencia se asemeja bastante más a una pequeña y lenta tortuga. Esa águila, en contraposición, nos muestra el punto de vista de las filosofías dinámicas, las que tienen en cuenta el movimiento inherente a la vida y la unidad fundamental de todos los seres.

Ese continuo fluir que tan bien expresado está en la filosofía china, en la idea del Tao, así como en el Zen o el Yoga.

El racionalismo lleva consigo la hipótesis de que la experiencia debe interpretarse, y el comportamiento guiarse por la razón. Considera que el pensamiento consciente, racional, lógico, necesariamente conduce a la verdad. Si nos acercamos al Zen, por ejemplo, observaremos que dice precisamente todo lo contrario.

El racionalismo y el cristianismo tienen algunas semejanzas. Ambos tienden a rechazar los impulsos instintivos y apoyarse en ideales morales represivos para guiar y controlar el comportamiento. Ambas actitudes reflejan el dualismo en el cual la mente se separa de la naturaleza. Y al separarse de la naturaleza, la ciencia se opone a ella, queriendo dominarla, explotando sus recursos ilimitadamente sin dar nada a cambio, sin pensaren el equilibrio que mantiene entre sí todo lo viviente.

El racionalismo, la lógica, es un instrumento para la mente y como tal puede utilizarse cuando se crea conveniente, alternando con el uso de otros sistemas de captación de la realidad. Pero este instrumento en manos de algunos científicos se convierte en una peligrosa arma, en una arma para controlar nuestras conciencias; y en manos de los políticos, en un medio muy eficaz de perpetuación del poder.

Me revelo contra este nuevo autoritarismo que afecta directamente lo más íntimo de nuestro ser, este autoritarismo mental que quiere adjudicarse el monopolio de nuestros cerebros en exclusiva. El dogmatismo racionalista de la ciencia la está llevando a ella misma a un callejón sin salida. Y es curioso ver que algunas de las teorías más recientes en el campo de la física, química, biología (teoría de la relatividad, teoría cuántica, teoría del átomo…) se acercan al pensamiento oriental, a la experiencia directa y sensitiva en su aproximación a los fenómenos.

Frente a ese racionalismo existen una serie de métodos de conocimiento que permiten el desarrollo de la mente en otras direcciones, unas formas de conocer e interpretar la realidad distintas a las habituales en nuestra sociedad.

Las filosofías orientales, otras filosofías primitivas, el chamanismo (o brujería) o las drogas alu-cinógenas, confirman la existencia real de otros mecanismos mentales que desbancan definitivamente a la razón de su pedestal y que, por otro lado, no tienen nada que ver con la locura.

Esas filosofías “irracionales” abren la conciencia a una realidad más amplia, se orientan a la búsqueda del gozo, del placer, en lugar de preocuparse por la verdad, tal como la hemos entendido hasta ahora. Porque no hay que pasar por alto el gran olvido de la ciencia: no se digna hablar para nada del amor.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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