Cuerpos y mentes

Por Marilyn Wiley

Se ha dicho que si las cabezas de los hombres estuviesen llenas de algodón en rama, nuestro conocimiento de lo que denominamos la «mente» no sería mucho menor de lo que es ahora. Hace más de dos mil años, Aristóteles, en sus doctrinas sobre las operaciones de la mente, no tenía de hecho en cuenta para nada el cerebro, porque creía que la inteligencia tenía su sede en el corazón, aunque éste no pasa de ser una a modo de bomba impelente hecha de músculos. Sin embargo, tal hipótesis no fue mayor obstáculo para la riqueza de observaciones que el filósofo griego hizo sobre la manera como funcionan nuestras mentes.

Más próxima a nuestros días encontramos en el psicoanálisis una tendencia similar a estudiar los procesos mentales sin referirse para nada al cerebro, por más que Freud, fundador del psicoanálisis, era experto neurólogo y conocía mucho mejor que Aristóteles la importancia del cerebro.

Hay, no obstante, otro aspecto de la cuestión. Estaría muy bien prescindir del cerebro en absoluto si su actividad nada tuviese que ver con lo que llamamos nuestras mentes o inteligencias. Pero hete aquí que cualquier golpe en la cabeza nos demuestra al momento que la cosa no es así. Quizá se deba en gran parte a que los filósofos han considerado por lo general los problemas de la mente como si el cerebro no estuviese muy relacionado con ellos lo poco que ha progresado desde los tiempos de Aristóteles la psicología en comparación con los avances de otras ciencias. Gracias a las nuevas y poderosas técnicas de la electroquímica y de la cirugía cerebral, el futuro de los estudios sobre la mente y sus procesos fisiológicos abrirá, sin duda, nuevos y dilatados horizontes a la psicología.

Muchas de las confusiones que oscurecen la temática de las relaciones entre el cuerpo y el espíritu provienen del supuesto de que siempre es posible «traducir» los asertos referentes al alma en afirmaciones referentes al cuerpo. Pero la palabra traducción se usa en este contexto de un modo figurado y nunca ha sido definida con propiedad. No puede significar una versión idéntica de la experiencia mental en el lenguaje de la neurofisiología, pues entre ambos campos es evidente que no hay homogeneidad.

Debemos precavernos contra el uso indebido de la noción de identidad. He aquí un ejemplo: D. O. Hebb, psicólogo canadiense, asegura que se da una «identidad entre cierto comportamiento de las palomas y el comportamiento del hombre supersticioso». Ahora bien, todos podemos estar de acuerdo en que existen sutiles nexos y una gran continuidad entre el comportamiento humano y el de los animales. Pero esto no nos autoriza a reducir todos los fenómenos humanos a sus equivalentes o similares animales.

La superstición —escribía ya Teofrasto (hacia el año 300 a. de J. C), dándonos la que quizá sea todavía hoy la más viva descripción del tema— consiste en «un desesperado temor a los dioses […] El hombre supersticioso, tan pronto como tiene un sueño, acude corriendo al intérprete, al agorero o adivino, y le pregunta a qué dios o diosa tiene que propiciarse». ¡Resulta difícil imaginar aun al más sofisticado de los colúmbidos echándose sobre sí semejante peso de temores! ¿Por qué hemos de resistirnos a ver en el hombre algo más de lo que podemos ver en la paloma? La esencia de la superstición humana no consiste simplemente en lo que un hombre supersticioso hace, por importante que esto sea, sino también en lo que cree, piensa o se figura, y el mundo de las creencias y fantasías humanas, nos guste o no, permanece cerrado por completo para la mejor y más sabia de las palomas.

Hay quienes esperan con ilusión el día en que todos los problemas psicológicos se resuelvan por el hecho de que, al fin, nos habremos puesto de acuerdo para emplear un solo lenguaje en la descripción de los datos corporales y mentales. Sugiérase de ordinario que las palabras «mentales» sean abolidas en favor de las palabras «corporales». Pero quienes hacen esta propuesta no pueden evitar el empleo de palabras «mentales» aun cuando describen partes del cuerpo, como les sucede al observar que «el cerebro constituye todo su espíritu» o que «es preciso mantener la mente abierta, pero no tanto que el cerebro se nos escape».

Por desgracia, cuestiones de prestigio perturban el estudio del ya de por sí complicado problema de las relaciones entre el cuerpo y el espíritu. Algunos se sienten molestos si se les viene con que el «alma» es una ficción; otros piensan que es un ultraje a la dignidad humana decir que el hombre es sólo un animal de especie superior o que en el futuro una máquina podrá hacer todo cuanto hace el hombre. Otros, en fin, nos mantenemos emotivamente neutrales, sin importarnos lo más mínimo de qué lado esté la verdad.

 

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