Medir la inteligencia

Por Sandra Torres

La ciencia es la encargada de intentar cuantificar las cosas. Todos los fenómenos y cuestiones son invariablemente sometidos a una serie de reglas “científicas” que intentan reducir todos esos fenómenos a unos patrones y que van a intentar cuantificarlos.

A esos resultados se les aplican unas normas estadísticas que establecen unas “medias” por las cuales todo aquel elemento que se sale, tanto por encima como por debajo de la media, es inmediatamente “discriminado”.

Nos encontramos con que esta manera de proceder “científicamente”, “estadísticamente”, fomenta la media, la mediocridad y penaliza cualquier variación sobre la misma.

La inteligencia ha sido, como cualquier otro fenómeno sometido a la tiranía del estudio científico-estadístico.

Así surgió el famoso “Cociente de Inteligencia”, encargado de establecer los mínimos necesarios para considerar a una persona como “inteligente”, con una reverencia, y a otra como “tonta”.

Podemos, sin lugar a dudas, decir que la mayoría de las personas inteligentes obtienen buenas puntuaciones en las pruebas de inteligencia, pero de ninguna manera podemos descartar que muchas personas muy inteligentes pueden obtener resultados mediocres en los tests de inteligencia , ni que todas las personas que obtienen buenos resultados en las pruebas de inteligencia lo sean efectivamente.

Las pruebas para determinar el “Cociente de inteligencia” cumplen una función orientadora en todo caso que no deben descartar la posibilidad de error.

El tipo de inteligencia con el que cada uno está dotado es diferente al del resto de las personas. Podemos incluso afirmar que la inteligencia es una característica tan individualizadora como lo puedan ser las huellas dactilares.

Para determinar la inteligencia influyen tantos factores distintos como la memoria, la rapidez, la concentración, la confianza en uno mismo o el tipo de percepción de la realidad que uno tenga (si es visual, auditivo o kinestésico) y cómo no, la suerte.

Las pruebas de inteligencia pueden resultar muy útiles para determinados casos, pero no dejan de representar un grave peligro si las consideramos como una verdad absoluta, sin discusión.

Muchas personas se sienten infelices y desgraciadas por que en su tierna infancia un simple test las señaló como poco inteligentes, y consecuentemente no validas para emprender determinados estudios o realizar determinadas tareas.

Lo que fue inventado como un instrumento para orientar a las personas se convierte en un arma peligrosa en las manos de algunos “profesionales”.

Recordemos que el “Cociente de Inteligencia” no es sino, precisamente, un cociente: el resultado de dividir una edad mental y una edad física, ni más ni menos.

Nuestra experiencia está repleta de casos de personas con brillantes resultados en pruebas de inteligencia y que sin embargo son incapaces de hacer nada en la vida.

“Es inteligentísimo, pero lamentablemente es muy vago”. No sirve para nada.

Lo que realmente marca la inteligencia de una persona no es solamente lo que es capaz de hacer en la vida, sino lo que realmente hace. La persona realmente inteligente es aquella que realiza algo de una manera inteligente.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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