Marcar límites en la educación

Foto: shahrokhjedian(Licensed Under Creative Commons)

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Por Sheyla Walker

Todos estamos de acuerdo con que el amor infinito y la comprensión deben presidir cualquier tipo de relación con los hijos.

Sin embargo, hay ocasiones, en la educación de los hijos, en los que se hace imprescindible marcar una serie de límites .

Hace relativamente pocos años la relación de los padres con los hijos estaba marcada por una distancia mucho mayor. Los padres imponían sus criterios y sus autoridad a base de férrea disciplina, y los castigos físicos eran de uso corriente.

En los últimos años hemos pasado al extremo opuesto. Pegar a los hijos no sólo es visto con malos ojos por la mayoría de la sociedad, sino que incluso muchos expertos aseguran que no sólo es innecesario sino que puede llegar a ser contraproducente.

Algunos afirman que una azotaina sólo calma la ansiedad del padre, pero que no sirve en absoluto para corregir actitudes erróneas en los hijos.

Generalmente esto es así porque los padres ya no saben cómo poner freno a las exigencias de sus hijos, no saben cómo hacerles comprender esos límites y la única vía que ven (por otra parte la más cómoda) es la violencia.

Hacer comprender las cosas a los niños es una labor que debe estar acompañada por una continua paciencia. Los niños no aceptan las cosas porque sí. Deben comprenderlas, asimilarlas y eso es una labor lenta y continua.

Otra condición importante que exige la educación es un continuo esfuerzo de imaginación, nuevos conceptos, nuevas estrategias, nuevas perspectivas de ver las cosas, etc…

De todas maneras es frecuente encontrar padres que sermonean a sus hijos sin que estos les presten la menor atención. Se aburren de escucharles y el efecto que producen en ellos su discurso es sencillamente nulo. Les escuchan como quien oye llover.

Por eso es importante saber que el niño se encuentra en disposición de escuchar. Debemos fijarnos en la actitud que tiene cuando le estamos hablando: si está con la mirada perdida o mirando otra cosa o trata de desviar la atención hablando de otro tema.

Además suele suceder que los padres y educadores elegimos momentos poco adecuados para marcar esos límites a los niños.

Elegir un momento de especial nerviosismo o de excitación puede ser totalmente ineficaz. La mezcla de emociones no es muy aconsejable para la reflexión sosegada.

Suele ser precisamente en esos momentos de crisis, cuando el niño está nervioso, excitado, cansado, llorando, pataleando, en medio de una rabieta, cuando nosotros, los adultos, nos empeñamos darles mil y una explicaciones. El resultado es que el niño no nos hace ni caso. El únicamente está pendiente de su propio disgusto.  El momento de crisis hay que combatirlo en el momento con serenidad y contundencia. Cortar esa pataleta de una manera eficaz y expeditiva.

Las explicaciones vendrán después, cuando el niño ya se encuentre más calmado. Entonces sí es el momento de ser imaginativos y pacientes y darles toda clase de explicaciones sobre su comportamiento, de lo que es bueno o malo para ellos y sobre todo de demostrarles nuestro cariño.

La mayoría de los adultos nos empeñamos en educar a nuestros hijos como si estos fueran ya otros adultos, personas hechas y derechas a las que se pueden exigir determinadas cosas.

No debemos nunca olvidar que los niños son precisamente niños y que para que un niño obedezca, lo primero que debemos permitirle es que actúe como un niño.

Podemos exigirle cosas en la medida de lo que es.

La escuela tradicional, hasta hace pocos años, caía precisamente en la aberración de exigir a los niños, desde muy temprana edad, a comportarse como adultos.

Los niños debían permanecer sentados, quietos y en silencio durante horas y horas , cuando la propia naturaleza del niño le pide saltar, brincar, corretear o gritar.

Además la educación exige un esfuerzo constante de imaginación por parte del educador para hacer las cosas entretenidas, divertidas y sugerentes.

Nosotros, como adultos, vamos perdiendo el sentido lúdico de la existencia. Cada vez somos más serios y la diversión de nuestros hijos lejos de alegrarnos, en muchos casos nos molesta, nos irrita.

Jugar con nuestros hijos es una tarea importante para su educación. Exige un esfuerzo porque la vida diaria, nuestro trabajo, hace que cuando llegamos a casa nos encontremos cansados y sin ganas de hacer nada; pero esto es sólo al principio. Es enormemente gratificante poder enseñarles cosas nuevas a través del juego.

También encontraremos beneficio para nosotros mismos que descubriremos que aún somos capaces de divertirnos como chiquillos.

Otro aspecto que conviene cuidar con respecto a la educación de los hijos es la coherencia personal.

Con esto me estoy refiriendo a que debemos ser consecuentes con las cosas que decimos o que exigimos a nuestros hijos. No podemos exigir que nuestros hijos sean ordenados si nosotros no lo somos, o que sean limpios si nosotros no lo somos.

No hay mejor método educativo para un niño que la imitación de las pautas de los mayores. Un niño es la máxima expresión en el arte del modelaje.

Muchas veces se dice con cierta sorna que los niños son como monos: todo lo copian, todo lo imitan. Aprovechemos esa facilidad para la copia para ofrecerles todo lo mejor que tenemos.

Marcar los límites en la educación es una tarea dura por lo que muchos padres caen en el error de la amenaza sistemática: “Si no haces esto… yo te castigaré”.

La amenaza continua no es un buen sistema ya que en la mayoría de las ocasiones los padres amenazan con castigos que no piensan cumplir.

Es más, suele suceder que los castigos con los que los padres amenazan a sus hijos suponen igualmente un castigo para los propios padres. (Si te sigues portando así ya no vamos al cine. El padre se moría de ganas por ver esa película).

La eficacia de este sistema de amenazas es evidente que deja mucho que desear.

Hemos mencionado también el nulo efecto de los discursos, de los sermones, a los niños.

Los niños, como todos los seres humanos tienen un límite en su concentración y en la comprensión de las cosas.

Cuanto más conciso y claro sea nuestro mensaje, más efecto conseguiremos en nuestro hijo. Simplificar nuestros mensajes siempre será mucho más efectivo. Nuestra capacidad para resolver problemas es más eficaz cuando vamos enfocándolos uno a uno que cuando pretendemos solucionarlos todos de golpe.

En la educación de los niños pude decirse que es básica la paciencia, el amor, pero también el sentido común.


Varios autores – Nuevos enfoques en educación

Podemos utilizar una analogía para explicar la forma en que podemos aumentar nuestros estilos de aprendizaje. Cuando vamos a pescar no se nos ocurre ir con un sólo anzuelo, seria absurdo algo así, porque si lo perdiéramos estaríamos desperdiciando todo el día. Igualmente, si fuéramos con un sólo anzuelo tampoco podríamos pescar diferentes tipos de peces, ya que hay distintos anzuelos apropiados para cada tipo de pescado. Tendremos más posibilidades de éxito cuantos más tipos de anzuelos llevemos en nuestra bolsa. Esto, que es algo evidente para ir a pescar, parece que no lo es tanto para bastantes estudiantes a la hora de ponerse a utilizar sus estilos de aprendizaje.
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