¡Manos a la Música!

Foto: Nicu Buculei(Licensed Under Creative Commons)

Foto: Nicu Buculei(Licensed Under Creative Commons)

Por María Clavel

Una buena actitud ante la vida predispone a las personas a manejar oportuna y habilidosamente sus aptitudes, y esto incluye la de adquirir otras nuevas.

En cierta ocasión una amiga me contó esta historia que trata de un hombre que reflejaba en su forma de vestir la derrota, y en su forma de actuar la mediocridad total.

Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Este hombre, sucio, maloliente, tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo estaba su boina, con la esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas monedas para llevar a casa. El pobre hombre trataba de sacar una melodía, pero era del todo imposible identificarla debido a lo desafinado del instrumento, y a la forma displicente y aburrida con que tocaba ese violín.

Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo musical. Todos arrugaron la cara al oír aquellos sonidos tan discordantes. Y no pudieron menos que reír de buena gana.

La esposa le pidió, al concertista, que tocara algo. El hombre echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo.

Le solicitó el violín. Y el mendigo musical se lo prestó con cierto resquemor. Lo primero que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas, después, mostrando un gran respeto por aquel viejo y maltrecho violín, se lo posicionó sobre su hombro apoyando suavemente su mejilla sobre él, acarició las cuerdas con una mano mientras que en la otra sostenía el arco con tal delicadeza que bien podría tratarse de una ligera pluma de ave exótica y única. Y, entonces, vigorosamente y con gran maestría arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes comenzaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo.

Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto había una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó no solamente de monedas, sino de muchos billetes de todas las denominaciones. Mientras el maestro sacaba una melodía tras otra, con tanta alegría, el violín parecía contento y agradecido, mostrando cada vez unas notas mas afinadas, más sutiles, más maravillosas. ¡Por fin alguien no sólo respetaba y valoraba sus posibilidades más ocultas, sino que además las amaba lo suficiente como para hacerlas emerger y transmitirlas al mundo!

El mendigo musical estaba aún más feliz de ver lo que ocurría y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos: “Ese es mi violín!, ¡Ese es mi violín!”. Lo cual, por supuesto, era rigurosamente cierto.

Algunos ni siquiera afinan ese violín. No perciben que en el mundo actual hay que prepararse y aprender, en un proceso de desarrollo permanente para convertir nuestra vida en un armónico concierto.

Pretenden una boina llena de dinero, y lo que entregan es una discordante melodía que no gusta a nadie. Esa es la gente que cree que la humanidad tiene la obligación de retribuirle su pésima ejecución, cubriendo sus necesidades. Es la gente que piensa solamente en sus derechos, pero no siente ninguna inclinación a ganárselos.

Es gente que teniendo grandes oportunidades, deciden con ese violín, ser mendigos musicales. Pero, afortunadamente, también hay gente que aún con dificultades iniciales llegan a ser virtuosos concertistas, que comprender que, gustándoles o no, solamente es posible prosperar si afinamos bien ese violín, y aprendemos a sacar de él las mejores melodías.

Todos llevamos “un violín” en nuestro interior, vivimos con el afán de hacer que suene, que el mundo sepa de que existe, pero en lugar de aprender como hacerlo nosotros mismos, pretendemos que “los otros” lo hagan por nosotros. ¿Y si el que hace sonar nuestro violín no es un maestro?. Tal vez nos sentiríamos injustamente tratados por ello, alimentaríamos la rabia y el rencor, mostrando así un modelo de “hombre, sucio, maloliente”. ¿Y si dedicáramos nuestra vida a hacer sonar ese violín, llegar a ser unos virtuosos de esa belleza oculta?. Tal vez nos sentiríamos orgullosos de nosotros mismos, porque no solamente nos habríamos demostrado nuestra propia valía, sino que, además, estaríamos mostrando al mundo un modelo de “maestro”. Son nuestros conocimientos, nuestras habilidades y nuestras actitudes, las que marcan la diferencia entre un modelo y otro.

Mediante los cursos de formación de PNL aprendemos diferentes estrategias para aprender a “afinar nuestro violín”. Uno va tomando conciencia de que en la vida nada es gratuito, todo tiene un precio, y que para llegar a sonar armónicamente uno ha de tomar conciencia de que tiene libertad absoluta de tocar “ese violín” como le plazca. Cada uno dispone de la facultad de decidir lo que quiere hacer de su vida. Y esto, claro, es tanto un maravilloso derecho, como una formidable responsabilidad.

 

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