Los jugadores

Por Pierre Passeron

Como dijo un escritor del siglo XVIII, el juego es «un hechizo fascinante en el que participan la indolente frivolidad y la avaricia». Alguna verdad hay en esta sentencia, pero, si bien se mira, no es muy profunda. De una u otra forma, el juego hace apelación a los más hondos «instintos» del hombre. Ha sido practicado puede decirse que en todas las sociedades, desde las más primitivas hasta las más civilizadas y a lo largo de toda la historia de la humanidad. Contra tan arraigada tendencia nada podrían los decretos de los Gobiernos.

Si algo tienen de común los pieles rojas, las gentes de la antigua Persia, las de Grecia y Roma, las de la vetusta China, del moderno Brasil y del África ecuatorial, ese algo es la pasión por el juego. Por doquier, a los humanos les atrae la posibilidad de ganar en el juego, si no una inmensa fortuna, sí al menos un premio que valga la pena. Generalmente, las personas que viven de su trabajo y arriesgan algún dinero «echando» a la lotería o a juegos similares, sueñan todas con salir de apuros económicos. Saben que con el modesto salario o sueldo que reciben por su trabajo cotidiano nunca podrán adquirir las cosas que en su fantasía sueñan con poseer. Y uno de los factores que les ayudan a ir soportando su gris y rutinaria existencia es la ilusión de que algún día llegue a sonreírles la suerte. Mediante el juego se aferran a la posibilidad de verse alguna vez en otras condiciones de fortuna, que les permitan satisfacer el deseo de bienes materiales inasequibles para ellas.

Jugar significa, por ende, tantear lo incierto, con la esperanza de un resultado favorable. A la inmensa mayoría de la gente le agrada el estado de incertidumbre cuando su posible final es cosa placentera, pero le desagrada notoriamente si es de temer que termine en algo no deseable. Esto ayuda a explicar por qué, en nuestro interior si no a las claras, tendemos a exagerar las probabilidades de empate o de victoria en un partido de fútbol y a infraestimar las de que nos suceda algún mal, como por ejemplo un accidente de tráfico. Muchos quinielistas empiezan a gastarse ya mentalmente los millones del premio desde el instante en que depositan y pagan su quiniela, aunque las probabilidades de acierto sean mínimas y las de desacierto astronómicas. En cambio, esos mismos quinielistas no tienen mucho miedo a perecer en un accidente, aunque, como se sabe, todos los años muere así una de cada cien personas, lo cual, en diez años, significa una probabilidad de 1 por 10 de caer víctima de nuestro anticuado sistema de circulación rodada.

Hay que distinguir entre el jugador metódico y moderado que invierte cada semana una ligera suma en las apuestas del hipódromo o del canódromo y el jugador empedernido, que se entrega en cuerpo y alma a los juegos de azar. El jugador moderado y corriente considera el premio como un objetivo deseable no sólo antes de ganarlo, sino después también. Y puede dejar de jugar siempre que así lo desea. Esto parece lo más natural del mundo. Sin embargo, con el jugador lo que se dice «dado al juego» la cosa es muy diferente: sólo le importa el premio antes de ganarlo; después no tiene ya ningún atractivo para él, porque su verdadero objetivo no es tanto ganar el premio inmediato: éste es sólo un medio para un fin que él nunca puede alcanzar, puesto que lo que ambiciona ganar carece de límites.

Por esta razón va aumentando sus apuestas cada vez más después de cada pérdida, y cuanto más pierde más confía en ganar al fin merced a un golpe de suerte. Lo que ocurre es que ese fin nunca llega hasta que se arruina: por mucho que gane a veces, el jugador empedernido nunca se da por satisfecho. Esta tendencia característica se comprenderá bien si consideramos al jugador «de oficio» como un ser que pone a prueba a la diosa Fortuna para ver si le favorece, lo mismo que el niño se dedica en ocasiones a probar a su modo el cariño de su padre: «¿Hasta dónde me dejarás llegar?».

Es como si el jugador se dijese: «Los dioses me han permitido ganar 10 dólares. Pero su riqueza es inagotable. Para ellos, 10 dólares no representan nada. ¿No me dejarán ganar 1.000 dólares?». Pues bien, en el momento mismo en que gana las 1.000 dólares desprecia ya esta cantidad y se pregunta si el sino le dejará ganar 10.000, y así sucesivamente…

A muchas personas les gustan los juegos de azar por sí mismos. Los premios son casi siempre modestos, pero procuran al afortunado ganador algunas cantidades de dinero extra con las que puede permitirse para sí y para los suyos un dispendio desacostumbrado. Al mismo tiempo, el apostador modesto vive con la convicción de que la tediosa uniformidad de su rutina diaria puede ser aliviada por el capricho de la suerte. No hay pruebas que corroboren la opinión alarmista de que la costumbre de jugar trae consigo perturbaciones mentales. Tampoco hay señal alguna de que las amas de casa que en nuestros tiempos suelen jugar con sus amigas a la canasta, el pinacle o al bridge hayan introducido la desarmonía matrimonial en lo que fuera antes idílica existencia.

Para evitar cualquier estrechez de miras en este campo, convendrá que tengamos presente que todo afrontamiento de riesgos, sea cual fuere la forma de conducta en que se manifieste, viene a ser una especie de juego. Algunos directores espirituales juegan con el destino de las almas de sus dirigidos, o con la probabilidad de conseguir la bienaventuranza eterna en la otra vida. Otras personas prefieren jugar con una pequeña porción de sus ingresos semanales. El corazón de la vida económica de un país, su Ministerio de Hacienda, ¿qué otra cosa es sino un vasto establecimiento de juegos?

Creo que es importante distinguir entre aquello con lo que jugamos y aquello por lo que jugamos. El dinero no es la única especie con la que se puede apostar ni que se puede recibir como premio. Jugamos también con y por la salud, la reputación y la vida misma. En este sentido, el juego invade toda nuestra existencia, pues hay muchísimos modos de arriesgar algo precioso por la esperanza de conseguir otra cosa mejor. El factor tiempo importa también mucho. Cuanto más remota sea en el tiempo la posibilidad de una pérdida, por grande que pueda ser, más nos contentamos con una ganancia inmediata, aunque ésta sea pequeña. La lejanía en el tiempo reduce la probabilidad subjetiva de que un suceso se produzca. A ello se debe, seguramente, el que más de un delincuente se decida a aprovechar la ocasión de transgredir la ley. La probabilidad de que le cojan y le castiguen le parece remotísima en el momento de su crimen, y, por lo tanto, no se para en barras. Cada vez que alguien se fuma un cigarrillo disfruta de un pequeño juego. En el caso del típico jugador de dinero, la posibilidad de ganar comienza sólo después de hecha la apuesta. Se exponen, digamos, 5 centavos por la posibilidad de ganar luego 50. Al fumar un cigarrillo, el orden temporal es inverso: se expone la salud a la posibilidad de contraer un cáncer de pulmón en un futuro que parece muy distante, a cambio del placer de aspirar ahora aromáticas bocanadas. Aquí el juego está muy camuflado, pues el premio (o resultado apetecible) es inmediato, mientras que la posibilidad de perder lo apostado es algo que parece muy remoto en el tiempo y, por ello, se desprecia. Además, el fumador no cree que haya mucho peligro en fumarse un único cigarrillo, y es propenso a considerar cada uno que se fume como un hecho separado e independiente, «único». Si en vez de al riesgo de morirse una hora antes de resultas de fumar un paquete de cigarrillos, el fumador se viese ciertamente expuesto al riesgo de morirse antes de una hora de haber acabado ese paquete de cigarrillos, está claro que se lo pensaría mucho más.

Sin embargo, la gente asocia la idea de jugar con las de pérdida o ganancia de dinero, y la extensión en que tal práctica florece en una sociedad determinada depende de las valoraciones sociales y de las circunstancias económicas de la época. Cuando la recompensa monetaria parece guardar poca relación con el duro trabajo o con los méritos personales, las gentes tratan de asegurársela por otros medios, y el juego tiende a proliferar. Y si poderosas presiones publicitarias hacen que la gente caiga en la cuenta de los muchos bienes que con dinero se pueden obtener, aumenta la tentación del querer enriquecerse a toda costa y de cualquier manera. Los que sólo tienen ingresos limitados se verán muy atraídos por el juego al carecer de otros modos legítimos de satisfacer sus aspiraciones. Por eso, cuando es demasiada la diferencia entre el coste de los artículos más apetecidos y el poder adquisitivo con que cuenta el público, hay más individuos que se dan al juego o al robo para salvar la distancia.

Cabe pensar también que el juego es un medio de redistribuir la riqueza de la nación. Quizá no sea un medio muy racional, pero en el seno de una sociedad competitiva actúa como un elemento estabilizador. Mucha gente estará dispuesta a aceptar la desigualdad en los ingresos mientras abriguen en sus pechos la ilusión de que la rueda de la Fortuna puede girar algún día a su favor. El que conceptuemos de bueno o malo este elemento estabilizador, depende de cuál sea nuestra escala de valores. En tanto la gente apetezca más de lo que tiene, el juego será popular. Y en tanto algunos disfruten desafiando a los dioses o, por lo menos, probando a la Fortuna, seguirá habiendo entre nosotros quienes se den de lleno al juego y quienes contribuyan en menor proporción a que perdure este interés, brillo y tristeza de la vida.


Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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