Límites personales en las relaciones

azulPor Ivan Dinsi

En el momento en el que nacimos carecíamos de sentido de los límites. No éramos capaces de distinguir dónde empezábamos nosotros y dónde nuestra propia madre. La primera vez que tomamos conciencia de ello es cuando identificamos nuestra barrera personal.

Soy un ser separado de los demás y eso mismo sucede con las personas que me rodean, con las personas que cuidan de mí. Cuando ya somos mayores nos damos cuenta de que la separación no significa abandono, sino que nos damos cuenta de que se trata simplemente de una condición humana. En definitiva, la única condición desde la que puede crecer una relación.

Al percibir y respetar esos límites damos pie a la reciprocidad que renuncia a controlar al otro para pasar a respetarle. En definitiva son los límites los que nos permiten aproximarnos a los demás pero manteniendo a salvo nuestra identidad personal.

Si permitiéramos que cayeran nuestras fronteras, si renunciáramos a nuestras fronteras personales, estaríamos abandonándonos a nosotros mismos. Debemos recordar que ninguna relación, ya sea de pareja o amistad, puede funcionar si permitimos que una de los dos partes abandone su esencia interna y única.

El amor es posible gracias a que ambas partes mantengan sus propios límites. El amor ocurre cuando dos libertades se abrazan, se saludan y favorecen una a la otra. Una persona sana siempre va a tener unos límites, aunque el amor incondicional puede coexistir con la implicación condicional. Entendamos que incondicional no significa no crítico. Podemos amar a alguien incondicionalmente pero al mismo tiempo poner nuestras propias condiciones en la interacción para proteger nuestros propios límites.

Una persona que tenga claras sus fronteras personales, no permitirá bajo ningún concepto que sea robada. Las personas que tienen su “yo” sano pueden relacionarse con los demás de forma completamente abierta pero sin alterar su yo más interno.

También es verdad que cualquier relación personal que iniciamos nos puede llegar a herir por el rechazo o el dolor que nos puede llegar a causar, eso se debe a que se ve roto nuestro compromiso.

El comprometernos con otra persona no significa que perdamos nuestras fronteras, significa que tenemos la capacidad y la posibilidad de abrirnos a otras personas pero sin perder nuestra propia identidad, no es un restar, es un sumar.

Podríamos decir que hay ciertas formas de mantener nuestras fronteras personales:

  1. Aprender a pedir directamente lo que queremos. Nadie más que uno mismo sabe lo que quiere y lo que necesita en cada momento.
  2. Cuidar muy mucho de nosotros mismos. Cuídate tanto como si una madre o un padre lo hicieran por ti.
  3. Aprende a hacer balance de cuántas veces necesitas que alguien te decepcione o haga daño para tomar medidas.

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Aunque probablemente usted no se verá precisado a ser orador y ni siquiera tendrá ocasión para ello, sin duda se le presentará alguna vez la ocasión para dirigir la palabra a un grupo más o menos numeroso de personas en diferentes ocasiones que la vida puede ofrecer: un banquete, una boda, un homenaje, etc. ¿Quien no se ha encontrado en el trance de intervenir en una conversación entre amigos, compañeros o colegas? ¿Y que tendría de raro que usted, amigo lector, tuviera que dirigir la palabra a un grupo de personas reunidas en una cena u homenaje a algún amigo o conocido? En tales casos, ¿habrá algún lector que no desee saber expresarse de modo que acredite sus méritos personales, aspirando a convencer, a gustar, a destacar, en una palabra?
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