Lenguaje de los delfines

Por Sandra Brown

Con un oído asombroso y su increíble lenguaje, los delfines nos invitan a reflexionar acerca de los misteriosos caminos de la Naturaleza. Aunque tenga que ser jugando con sus amigos en los acuarios de medio mundo, entre las delicias de pequeños y mayores, con sus habilidades aparentemente circenses, los hermanos menores de las ballenas guardan dentro de sí unos secretos que los seres humanos comienzan ahora a descubrir. Por sus insólitas capacidades, desde mediados de este siglo se está tratando de establecer comunicación sonora con ellos a partir de pequeñas innovaciones técnicas. Vamos a ver algunos detalles de esa aventura, todavía en sus comienzos, pero que abre sugestivos interrogantes.

Sonidos
A veces, de la profunda inmensidad del mar llega un extraño y musical silbido, nadie sabe exactamente qué puede producirlo y de pronto, aparece la cara sonriente y a veces burlona de un delfín. Sabemos que quiere comunicarnos algo, pero no entendemos qué. Aunque todavía hoy no comprendamos su lenguaje y sean ellos los que “aprenden” el nuestro, los delfines continuarán “silbando” y quizá un buen día nos permitan redescubrir unas formas de comunicación extraordinariamente eficientes y lejanas; tanto, que existieron para los seres humanos espontáneamente antes de que pasáramos a utilizar las palabras. Por aquel entonces el delfín se decidiría, por si acaso, a abandonar unas cortas patas (seria demasiado atrevido llamarles “piernas”) con las que paseaba entre selvas y jardines, avanzando sobre barro, polvo y rocas, y con la siempre lenta ayuda de la naturaleza se retiraría a los océanos, convirtiéndose en el animal marino que hoy conocemos.

Aunque durante siglos se creyese lo contrario, los humanos no somos la única especie capaz de comunicarnos con nuestros semejantes por medio de un lenguaje sonoro, nos acompaña, por ejemplo, el lenguaje no-humano de dos familias de mamíferos marinos: delfines y ballenas.

Las investigaciones más serias sobre estos otros lenguajes comenzaron cuando, en 1.950, el neurofisiólogo estadounidense John C. Lilly estableció en las Islas Vírgenes un laboratorio dedicado al estudio y adiestramiento de estos cetáceos. Se llegó a la sorprendente conclusión de que los delfines poseen dos sistemas de comunicación. Uno es verbal y mediante él pueden establecer contacto con el ser humano. Sin embargo, este científico decidió suspender sus investigaciones. El motivo, según el propio Lilly, era que consideraba inmoral seguir haciendo pruebas y manteniendo en cautividad a unos seres tan inteligentes como los delfines.

Capacidad para el lenguaje
La capacidad para expresarse oralmente aparece en los animales cuando el cerebro posee un determinado tamaño crítico, que oscila entre los 700 y 800 gramos. El ser humano alcanza este tamaño cerebral aproximadamente a los siete meses de edad y luego el cerebro continúa su crecimiento hasta llegar al tamaño definitivo, que varia entre 1.100 y 1.500 gramos.
El estudio detallado de las cinco mil lenguas existentes en el planeta ha demostrado a científicos que el lenguaje es un sofisticado instrumento para el intercambio de información. El cerebro ha de tener, pues, un tamaño que le permita absorber, almacenar y recordar todos los elementos propios del lenguaje.

Asimismo, es necesaria la existencia de una capacidad ordenadora para elaborar significados (en cierto modo, respuestas) a partir de la experiencia y los recuerdos y transformarlos más tarde en sonidos.

Si analizamos el tamaño cerebral de los animales encontramos que los primates, los más semejantes al ser humano por su constitución física, poseen un cerebro de tamaño muy inferior al del hombre; aproximadamente entre los 350 y 400 gramos. Ahora bien, algunos mamíferos, como el elefante, la ballena, la marsopa, el delfín, ostentan masas cerebrales que sobrepasan con creces el tamaño crítico y superan en peso al cerebro humano. El de la ballena, concretamente, puede llegar hasta los nueve kilos y el delfín hasta los seis. Y, lo que es más importante, en estos cerebros se ha detectado la existencia de zonas silenciosas en la corteza cerebral (el neocórtex), que no aparecen en ningún otro animal a excepción del hombre. Estos animales han desarrollado también extraordinariamente esta capa, la más externa del encéfalo, donde reside el intelecto o la razón. Todo ello les coloca, al menos en teoría, muy por encima del resto de los animales en cuanto a su capacidad intelectual.

Los delfines alcanzaron su actual tamaño cerebral entre hace quince y treinta millones de años, lo que vendría a ser entre una y diez veces antes que el hombre. Durante este tiempo su masa cerebral no ha sufrido cambios aparentes. Por tanto, si se tiene en cuenta que una de las leyes básicas de la biología afirma que los tejidos que han dejado de desempeñar una función se reducen o desaparecen durante el curso de la evolución, hay que suponer que estos animales tienen un alto grado de inteligencia gracias a su enorme cerebro. De no ser así, éste hubiera disminuido hasta alcanzar un tamaño más acorde con sus necesidades.

Sistemas de comunicación
En su centro de investigación, Lilly descubrió la existencia de dos tipos diferentes de lenguaje en los delfines: el primero propiamente verbal, mediante la emisión de unos silbidos a través de sus espiráculos nasales. Este tiene lugar casi siempre en el agua, aunque en presencia de seres humanos pueden emitir sonidos a través del aire. El otro se basa en una serie de chasquidos que configuran un sistema de comunicación semejante al radar o sonar de un barco.

Los silbidos emitidos por los delfines resultan ininteligibles para el hombre debido a que su tono y su frecuencia son diez veces más altos que los de los lenguajes humanos. La solución, de cara a una hipotética comunicación entre ellos y nosotros, consistiría en que fuesen ellos los que aprendiesen nuestro lenguaje, ya que si son capaces de aminorar su frecuencia de emisión; mientras el ser humano no puede acelerar o elevar la suya.

Durante las investigaciones, se intentó enseñar a los delfines algunas palabras en inglés, llegando a conseguir que imitasen gran número de sonidos, “aunque — según Lilly— lo hacían con un acento terrible”. Además, los investigadores han detectado un gran interés en los cetáceos por comunicarse con el hombre. Tanto que en ocasiones se ha comprobado que se enseñaban unos a otros los que habían aprendido por su cuenta. Cuenta Lilly que varios días después de haber enseñado a un delfín a emitir los sonidos correspondientes a los diez primeros números descubrió que el del tanque contiguo también sabía contar. Analizando las grabaciones nocturnas, se descubrieron en ellas verdaderas secuencias de entrenamiento sistemático.

Otro dato a tener en cuenta es el hecho de la gran rapidez con que entienden el lenguaje humano y asocian las palabras a los objetos. La escritora Karen Pryor, muy interesada en el tema de los cetáceos, contaba que en cierta ocasión, mientras estudiaba a un delfín, sus gafas cayeron en la piscina. Casi sin pensarlo, exclamó: “Keiki, mis gafas”. Rápidamente, el animal se sumergió, recogió los lentes y los depositó en la mano de la escritora.

El segundo sistema de comunicación que poseen los delfines se basa en una especie de chasquidos que actúan de manera similar al radar ultrasónico. Según las más recientes teorías, se trata de una recreación de las características de reflexión de los objetos descritos por el animal: por ejemplo si quiere señalar la presencia de un tiburón no lo hace empleando un sonido o una palabra, sino que transmite una serie de chasquidos que corresponden al espectro de reflexión auditivo que se obtendría al proyectar sobre el tiburón las ondas acústicas. De esta capacidad nos ocupamos más adelante, al hablar del “oído” de nuestros marinos amigos.

Parece ser que esta forma de comunicación la emplean los delfines únicamente entre si. Aunque esté muy lejano el día en que el hombre pueda comunicarse con los cetáceos mediante este sistema, unos



CON LOS DELFINES

El mundo encantado de los delfines.

El mundo de los delfines es un canto a la libertad, a la inteligencia y a los sentimientos. En este CD hay solos de piano junto a composiciones orquestales, guitarras, saxofones y, como fondo, el inconfundible canto alegre de los delfines.

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científicos americanos están estudiando la forma de adaptar los conocimientos adquiridos a través de los delfines para ayudar a los invidentes. Se trataría de conseguir unos aparatos que, aplicados a los reflejos cerebrales, permitieran a los ciegos obtener un tipo de visión semejante a la que se supone que obtienen los delfines mediante su sonar.

Percepción extrasensorial
Otros investigadores, como el parapsicólogo Martín Ebon, señalan la existencia de un tercer sistema de comunicación con los delfines: la percepción extrasensorial. Según Ebon, el ser humano poseía antiguamente capacidad para comunicar sus pensamientos sin ayuda de sonidos ni de cualquier otro tipo de lenguaje, facultad que perdió cuando aprendió a hablar. Los delfines, en cambio, parecen conservarla.

Los numerosos casos en que los delfines han salvado a náufragos de morir ahogados ponen de manifiesto la posibilidad de que realmente mediase la percepción extrasensorial. La mayoría de estas personas ha señalado que antes de ver qué era lo que les empujaba hacia la playa ya sabían instintivamente que se trataba de un delfín. Además, en todos los casos investigados los sujetos afirman no haber sentido miedo en ningún momento, ni siquiera en zonas donde son frecuentes los tiburones.

Los investigadores que han estado en contacto con los delfines, y en general con todos los cetáceos, afirman haber experimentado la sensación de hallarse ante unos seres inteligentes, con una mente muy superior a la del resto de los animales. En eso coinciden también los directores de acuarios, entrenadores, etc.

El oído de los delfines
El delfín se alimenta a base de pequeños salmonetes. Los obtiene de una forma muy curiosa. De pronto se ve a una pequeña manada de peces que al huir del delfín comienza a romper su compacta formación (que les facilitaría el defenderse) y van dando vueltas sin ningún sentido, de forma completamente desorientada. El delfín conoce el desorden reinante y se acerca tragando al paso muchos peces. Sube luego a la superficie a por una buena bocanada de aire, y vuelve a sumergirse. ¿Cómo localiza su alimento en la oscuridad de las profundidades? ¿Por qué los salmonetes y otros bancos de peces rompen su formación protectora e incluso, dotados como están de una también aguda sensibilidad, no pueden percibir al menos la presión producida en el agua por el delfín que se aproxima a gran velocidad?

El oído de los delfines es una especie de sonar. Emite ciertas señales que repercuten en los peces y son captadas de vuelta por sus órganos de audición, verdaderamente super-sensitivos. También es aguda en extremo su capacidad visual; se les ha visto saltar en el aire y atrapar un pez que estaba suspendido casi a ocho metros sobre la superficie del agua. También, al igual que los murciélagos, pueden localizar cualquier animal a oscuras, gracias al “eco”.

De todas formas, para contestar la segunda pregunta es necesario recurrir a los trabajos de diversos científicos que están preparando una hipótesis reveladora de estas asombrosas capacidades. En 1.965, dos cetólogos rusos publican un trabajo titulado “La ballena, emisor de ultrasonidos”. En su estudio, Beikovich y Yablakov sostenían que el cachalote utilizaba su morro para emitir, de alguna forma, sonidos suficientemente agudos como para aturdir a sus presas. Otros rusos siguieron con esta teoría. En 1.972 se escribía: “cuando son descubiertos los peces y los calamares gigantes de las profundidades el foco ultrasónico del cachalote se posa “de lleno sobre ellos, aumenta la intensidad de frecuencia, y los deja aturdidos, a punto para ser engullidos por el gran cetáceo”.

Posteriormente, dos cetólogos norteamericanos, Pforris y Mohl, repasaron las notas de sus colegas rusos y decidieron la posibilidad de aplicar la misma teoría de los cachalotes a los delfines, considerándolos como “pequeñas y Juguetonas ballenas”. Tras pacientes observaciones que iban confirmando esta idea, realizaron algunas pruebas utilizando sonido artificial y pudieron confirmar que estas curiosas frecuencias sónicas pueden tener un efecto desorientador sobre los peces.

Estos sonidos de alta frecuencia que emiten los delfines no pueden ser percibidos por el oído humano, pero si pueden ser “sentidos” bajo ciertas circunstancias. Algunos buceadores los han podido experimentar quitándose la capucha de su traje; son como “unos suaves toques sobre el cuello, como si se tratase de plumas”, sin que medie contacto alguno, claro. Estas sensaciones son las ondas emitidas por el sistema sonar de los delfines, repercutiendo al contacto con el cuerpo humano. Otros nadadores han confirmado también este tipo de experiencias.

El amor de los delfines por los seres humamos
¿Por qué muestran los delfines un interés tan intenso —correspondido en parte— por el género humano? Podemos ver delfines en cautividad saltando a través aros y haciendo cabriolas de buena gana, permitiendo a los encargados montarse sobre sus lomos. Quizás se debería prohibir tener a esos animales cautivos haciendo payasadas. Incluso en libertad parecen sentirse irresistiblemente atraídos hacia los hombres. Nadan velozmente acompañando a los barcos, y en algunas ocasiones se acercan a la costa, permitiendo incluso que los bañistas los puedan abrazar sin ningún temor.

Recordemos que el delfín es un animal muy social, que vive en comunidades de hasta cien individuos. Tanto a través de los experimentos como por datos históricos, sabemos que se prestan a cualquier tipo de estudio y cooperan amigablemente con los científicos. En algunos casos llegan incluso a arriesgar su vida; durante la guerra del Vietnam fueron adiestrados para recoger cartuchos explosivos y llevarlos cerca de los hombres-rana del enemigo. Los delfines cumplían bien su cometido, pero los experimentos hubieron de ser suspendidos, ya que no eran capaces de diferenciar a los “enemigos”…

Un delfín muy popular fue ‘Telorus Jack”, en nueva Zelanda. Durante 24 años —de 1.888 hasta 1.912—, este Grampus (especie con el morro achatado) se acercaba a saludar a los grandes navíos cuando cruzaban el estrecho de Cook. Mientras los pasajeros lo miraban asombrados y comenzaban a saludarle y gesticular, el delfín empezaba a brincar y dar saltos enfrente de la nave, como si quisiera guiarla a través del paso, cual experto práctico de navegación. El amistoso personaje se convirtió en una atracción turística de tal envergadura que el gobierno neozalandés promulgó una ley de protección para todos los delfines de aquella zona.

Nuestros más remotos antepasados también nos han dejado pruebas de su amistad y, en algunos casos, adoración por estos animales. Cerca de Corinto se encontraron grabados en los que el dios Apolo aparece representado como un delfín. Curiosamente, fue este dios el que, según las leyendas, creó el oráculo de Belfos (ciudad del delfín), donde los dioses hablaban con los hombres que quisieran escucharlos.

Siguiendo con las leyendas, encontramos que el hijo de Ulises, Telémaco, fue salvado de morir ahogado por un delfín. Plinio, por otra parte, cuenta la historia de un muchacho que cruzaba diariamente el lago Lucrino para ir a la escuela a lomos de uno de estos cetáceos. Numerosas historias y mitologías ponen de manifiesto que entre el ser humano y los delfines existió durante muchos siglos una profunda amistad. Entendimiento que el hombre traicionó cuando empezó a cazarlos. Cousteau resume en una pregunta esta posibilidad de amistad y comunicación entre el hombre y los delfines: “¿Será que ahora, en el siglo XX, estamos desvelando un secreto que no era tal para nuestros antepasados?”.

Un paciente estudio, más amor por la vida
Eso es quizá lo que parecen reclamarnos entre interrogantes los delfines ¿Por qué saltan en el aire y giran sobre si mismos incluso hasta cuatro veces antes de caer de nuevo al agua? ¿Poseen un instinto para salvar a los nadadores en peligro, como se viene afirmando desde hace siglos? ¿Cómo eran antes, cuando su condición era de animales terrestres, antes de que un medio ambiente cambiante les obligase a retornar al mar? ¿Cuál es su verdadera inteligencia? Sabemos que pueden padecer las mismas enfermedades de los hombres (algunas de ellas comprobadas: poliomelitis, paperas, gripe…) y que muchos de ellos poseen cerebros mucho más grandes que los nuestros. ¿Significa esto, como declaran algunos, que los delfines son más inteligentes que nosotros?

Algunos estudiosos se aventuran a sostener que en el caso de que “falle” el ser humano como rey de la creación, la naturaleza “tiene un reserva”: el delfín. En todo caso, y más fehacientemente, podemos seguir el trabajo de ecologistas, neurofisiólogos, etnólogos, filósofos e investigadores científicos. Es probable que aparezcan datos sobre el delfín que logren estremecernos, mucho más que la fuerza de una de sus vibraciones ultrasónicas.

 

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