Tres formas de conocimiento

Por S. Shell

Ibn el-Arabi de España instruía a sus discípulos empleando esta antiquísima máxima: “Hay tres formas de conocimiento. La primera es el conocimiento intelectual, el que, en verdad, es sólo ‘información y recopilación de hechos, a partir de los cuales se forman los conceptos. La segunda es el conocimiento de los estados interiores en los que el hombre cree percibir algo supremo, pero no puede servirse de ello porque carece de certeza y profundidad. La forma tercera es conocimiento sobrenatural, esto es, el conocimiento de la Realidad. Por medio de esta forma de conocimiento, el hombre puede percibir lo correcto y verdadero, más allá de los límites del pensamiento y de los sentidos. Quienes arriban a la verdad son los que conocen la manera de penetrar en la realidad que yace más allá de las dos primeras formas de conocimiento. Estos son los verdaderos Sufis, los Derviches que han Logrado” De la misma forma que el hombre dispone de instrumentos para conocer el mundo físico (los sentidos y las facultades intelectuales) también posee los medios para acceder a un conocimiento de la realidad en su plenitud. Los estados interiores que en Occidente se suelen asociar al nombre de “meditación”, constituyen las vías de acceso a la verdad que el hombre posee, como parte de su propia naturaleza.

La práctica de asanas (posturas), pra-nayama (ejercicios respiratorios) y otras disciplinas suele dar como resultado la aparición de una progresiva tranquilidad y paz interior. Al conocer ese efecto, en las personas surge la pregunta: ¿cómo se medita? Creemos que no se puede “enseñar” a meditar, en el sentido en que, siendo la meditación un estado de percepción gradual de la Realidad, es una experiencia personal e irrepetible. Se pueden enseñar mejores o peores técnicas, modos de hacer que facilitan el surgimiento de un entorno exterior e interior favorable a la meditación.

Esto es lo más elemental y la base del progreso posterior. Conocerse significa saber dónde se falla, tener conciencia de las propias debilidades y las propias virtudes. Significa saber jugar con los elementos de que disponemos, es decir asumir la auto-educación. A la hora de practicar la meditación, la regularidad es algo a tener muy en cuenta. Existe una predisposición a la calma en las horas en que nos hemos acostumbrado a meditar. Tan importante como la hora es la regularidad. A su vez, hacerlo siempre en el mismo lugar es importante. Por regla general, las mejores horas suelen ser el alba y el ocaso; también a la medianoche, si no se tiene sueño. Durante estos períodos la actividad disminuye, parece armonizarse y es experiencia común observar la tranquilidad de las primeras horas de la mañana y la paz de la tarde. De no poder ser a estas horas, se ha de elegir un momento del día en que se disponga de la tranquilidad suficiente como para meditar sin interrupciones. El lugar es importante porque se crea una atmósfera cuyas asociaciones inspiran e invitan al silencio. Es recomendable sentarse mirando hacia el este o el norte para beneficiarse así de las corrientes magnéticas de la tierra.

La postura

El asiento suele ser casi siempre una manta limpia, dedicada sólo para meditar y doblada en cuatro partes. Nos sentaremos sobre en ella en una postura cómoda y estable, manteniendo la columna recta (sin rigidez) y el mentón levemente caído sobre el pecho. No es imprescindible sentarse en la postura del loto (Padmasana) si bien tradicionalmente se le atribuyen ventajas. Cualquier posición con las piernas cruzadas proporciona una base firme para el cuerpo. Las manos puestas un poco adelante, con los dedos entrelazados, pueden servir de contrapeso natural para conservar el equilibrio. Es positivo practicar ejercicios de respiración alternada al comenzar, pues la regulación del aliento (ritmo respiratorio) tiene incidencia directa sobre el grado de tranquilidad mental. Si se tiene frío, hay que hacer algún ejercicio antes, si se está cansado, descansar; es importante una dosis de sentido común. No se medita por obligación ni para quedar bien; uno medita porque busca algo y cree que ésa es la mejor vía.

La concentración

Si miramos el cielo sin que la vista se fije en ningún punto, se pierde toda referencia y no se ve. Es preciso dar a la atención, una vez abstraída del mundo externo, un punto en el cual posarse sin perturbación. Siempre se suele sugerir la concentración en uno u otro “chakra” (centro energético) simbólicamente representado en partes del cuerpo. Sin embargo, y pasando por alto los pros y contras de tal sugerencia, existe otra alternativa. Cuando se cierran los ojos, la oscuridad reinante es un espacio sumido en penumbras. La atención puede quedar depositada en la percepción de ese estado, sin más, en completo silencio. No hay prisa alguna. Hay que tener en cuenta que todo camino se va abriendo paso a paso al caminante, y si se ha caminado bien se sabe lo que se debe hacer cuando llega el momento.

Otra posibilidad son los mantras (estructuras de sonido construidas a fin de crear un vínculo vivo entre el individuo y la realidad). Los mantras están codificados en lengua sánscrita (el idioma clásico de la India antigua y moderna) y son transmitidos personalmente cuando existe la relación entre instructor cualificado y discípulo. Decir que no se puede meditar sin mantras es una falacia. Cada persona tiene un camino irrepetible.

A medida que la concentración se va haciendo más profunda y estable, una paz interior lúcida y viva se manifiesta, renovando a la persona y motivándole a seguir adelante. Habría que tener en cuenta que la meditación que potencia y mantiene el sentido del “yo” (el “yo” cotidiano y pequeño) no es tal. Para meditar el yo ha de desaparecer, no por medio de una cruzada interior, sino más bien por medio del silencio, en el cual se permite la entrada en nosotros de un elemento superior que ilumina y organiza nuestra persona. Una meditación centrada en el “yo” acaba siendo una meditación en la cual “yo” me siento, “yo” meditó, “yo” controlo, “yo” repito, “yo” realizo la paz… siempre “yo”.

Con respecto a la necesidad de la ausencia del “yo” para entrar en la esfera de lo real, podríamos citar las palabras del poeta surrealista Paúl Eluard, que podrían aplicarse al tema: “Cuanto tú te vas, la puerta se abre hacia el día. Cuando tú te vas, la puerta se abre hacia mí mismo” (el «tú» bien se podría referir, al «yo» que debe marcharse).

El logro progresivo de la paz en el propio corazón es algo fundamental, con lo que podemos contribuir al logro de la paz en el mundo. La paz no se consigue simplemente deseándola, sino que se ha de preparar cada día el terreno donde ésta debe germinar. El conjunto de los seres humanos nunca podrá vivir fraternalmente si los individuos que lo conforman están constantemente en conflicto. Muchas veces nos preguntamos: “…y yo ¿qué puedo hacer?” Bastante. La práctica de la meditación, como una manera de alimentar la propia vida con verdad, nos puede proporcionar la lucidez, la alegría y la poderosa calma para cooperar con nosotros mismos y con los que nos rodean. Ser uno mismo es el primer paso hacia el logro de una felicidad verdadera, no inventada.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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