Las mentiras y los niños

Por Julia Extremado

Si nos paramos a pensar a qué edad es cuándo los niños empiezan a mentir nos sorprenderíamos al darnos cuenta de que lo pueden empezar a hacer a una edad mucho más temprana de lo que a priori creemos.

Hacia los 4 años e incluso antes hay niños que ya empiezan a mentir. No es que estén confundidos o se estén equivocando, sino que en realidad su objetivo es el de engañar deliberadamente.

En principio si se trata de algo puntual y que no se extiende en el tiempo, los padres no deberían preocuparse, todos hemos mentido en algún momento de nuestra vida. Si el niño miente con frecuencia y además ese hábito se extiende en el tiempo entonces sí que los padres deberían empezar a tomar medidas.

¿Pero realmente a partir de qué edad entienden los niños el concepto de mentira? Por lo que se sabe hasta ahora, los niños de hasta aproximadamente 8 años consideran que todas aquellas afirmaciones falsas son una mentira. Según su punto de vista esto es así independientemente de si la persona que lo dijo sabía que era falsa o no. A partir de los 8 años, al igual que los adultos ya no consideran que una persona es mentirosa si saben que ha dado una información concreta sin saber que era incierta.

Aunque nos suene extraño, los niños de edades muy tempranas ya empiezan a captar que la intención de engañar a alguien es algo malo. Son quizá los niños más pequeños (los de aproximadamente 4 años) los que más condenan la mentira, incluso más que los niños de más edad.

A los 4 años se puede decir que son auténticos fanáticos de la verdad. Los niños de edades comprendidas entre los 5 y los 9 años hacen mención con mucha mayor frecuencia al castigo como forma de disuasión para no contar una mentira. La principal razón que les lleva a mentir es para evitar sufrir un castigo que saben que llegará por parte de sus padres o profesores.

A pesar de que a partir de los 11 años por ejemplo ya empiezan a hacer mención a la pérdida de confianza que se produce con la mentira y es eso lo que les empuja a decir la verdad, se vuelven por otro lado mucho más flexibles con la mentira: que una mentira sea buena o mala depende del resultado de la situación.

Aún así se dan cuenta de que puede que una relación no vuelva a ser la misma tras haber contado una mentira y tras haber sido descubierta. Se dan cuenta de que han violado la confianza de otra persona y saben que resulta muy complicado repararlo o incluso en algunos casos resulta ya irreparable.

Los preadolescentes empiezan a ser conscientes de lo dura y complicada que sería la vida si no pudiéramos confiar en lo que nos cuentan y en lo difícil que resulta retomar la confianza una vez ha sido perdida.

Para conseguir que aprendan poco a poco lo determinante que es la verdad, los padres deben ir inculcándolo poco a poco, con cuentos como el de “Pedro y el lobo” que a todos nos han contado de pequeños  y no tan pequeños.

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