Las células autoconscientes

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Por N. Levi

Qué pasaría si cada una de nuestras células se volviera autoconsciente?

Imaginemos que a un individuo se le ofreciera la posibilidad de experimentar una inédita aventura existencial: que todas las células de su organismo se volvieran autoconscientes.

Antes de nada habría que felicitarlo por su audaz y heroica decisión, pues los inconvenientes que las células comenzaran a experimentar como consecuencia serían verdaderamente colosales. Probablemente, a efectos de conocer los diferentes estadios de ese proceso sería necesario un gran número de voluntarios que, además, se reprodujeran rápidamente, pues muchas personas sucumbirían debido a los cambios introducidos por cada una de todas las células del organismo que, al devenir auto-conscientes, tratarían de adecuar el medio a sus necesidades particulares.

Instalémonos, por lo tanto, en el interior de este organismo y, más precisamente, en una de estas células que hubiera “probado la manzana”.

Al desarrollarse este nuevo centro auto-consciente de coordinación, cada célula dejaría de percibir el organismo unitario del cual forma parte. Cada una de ellas percibiría fundamentalmente lo específico, lo diferente, y dejaría de percibir lo igual, lo común con las demás. Expresado desde otro ángulo, se enfatizaría el interés por lo que “puede hacer”, en relación a aquello de lo cual “está hecha”: la substancia común. Además, registraría predominantemente su entorno inmediato, como también sus necesidades particulares. Cada una albergaría la oscura memoria de un estado en el que era una con la totalidad. Desde ese trasfondo, sus propias dimensiones actuales (escasas milésimas de milímetro) producirían una intensa sensación de pequeñez y aislamiento y, por supuesto, se generaría una tendencia en cada una de ellas a recuperar aquel estado perdido. Esa experiencia interior la recuperaría a partir de la percepción directa de su condición de célula constitutiva, consciente, del organismo global; pero esa percepción estaría oscurecida temporariamente por la irrupción de las nuevas funciones nacidas del foco de autoconciencia. De modo que el único recurso del cual dispondrían por el momento para no sentirse pequeñas e incompletas sería la autoexpansión. Ser, cada célula, todo.

Cada una querrá, entonces, crecer y aumentar su área de influencia al máximo. Para ello disponen de nuevos recursos instrumentales para actuar sobre su entorno, modificándolo. Las células hepáticas, por ejemplo, podrían producir una vasodilatación del sistema arterial que las irriga, vasocontraer el sistema venoso que evacua de la zona el caudal sanguíneo, y así retener más sangre más tiempo para incorporar más nutrientes. Naturalmente, todas las células querrían hacer lo mismo y al mismo tiempo. Esto conduciría, inevitablemente, a luchas entre los órganos. El hígado consideraría, por ejemplo, a los músculos como los grandes enemigos en esta gran batalla por la sangre. Otro tanto serían los intestinos para el cerebro (especialmente durante la digestión, por la gran irrigación de la zona que se produce en esa fase). El astuto cerebro, entonces, inhibiría el reflejo del hambre para no verse despojado de ese caudal sanguíneo que le llega durante el período en el que no hay ingestión de comida. Y así con todas las demás funciones embarcadas en lo que cada una denominaría en sus momentos de reflexión: “la dura e inevitable lucha por sobrevivir”.

En nuestro nivel actual de conciencia, sabemos que la evolución funcional de cada órgano es cíclica, y que en cada ciclo existe un momento de “plus” y otro de “minus”. Desde ese estado que estamos considerando, en el que predomina el deseo de ser el todo a través de la autoexpansión, cada período de minus es una verdadera catástrofe que se trata de evitar por todos los medios. Una típica reflexión sería: “si atravieso este bajón es porque alguien me ha quitado lo que me corresponde, trataré pues de recuperarlo”. Entonces, los órganos más desarrollados —en algunos el cerebro, en otros el estómago, o la piel, o los músculos, o el corazón, etcétera— tratarían de incorporar lo máximo para mantenerse. Quienes resultarían vaciados, debilitados, serían los sistemas menos crecidos. Entonces se formarían alianzas entre ellos para entablar batalla. Y así surgirían teorías acerca de por qué sucede lo que sucede, y no faltaría, seguramente, la parte que denominara a la otra “el mal”, autotitulándose, por supuesto, “el bien”.

Con ello el ecosistema global del organismo se deterioraría progresivamente, hasta la completa desintegración.

Tal vez alguna célula desarrollase más rápidamente que otras la intuición de que constituye junto con las demás una unidad más amplia, de cuyo estado de salud y bienestar depende el bienestar de cada una. Tal vez se anticipe demasiado, su percepción no encuentre eco y sea completamente ignorada. Imaginemos a una de las células hepáticas curtida en varias batallas, completamente convencida de la crueldad de su enemigo, y de lo justo y santo de su guerra, con sus muertos y mártires, también con héroes condecorados por haber puesto fuera de combate a más de 30 músculos y también a buena parte del riñón derecho. Que a esta célula se le dijera: “Los músculos, los riñones, el hígado y el cerebro, y todo lo demás, son partes constitutivas conscientes de un organismo mayor. Son diferentes funciones de la misma organización. Es necesario que cese toda guerra porque, venza quien venza en la contienda, pierden todos”.

La sorpresa, el estupor, la irritación, tal vez la carcajada de quien escucha el mayor disparate de alguien que delira sería su reacción más probable. O también todo aquello que uno puede imaginar que respondería una parte sumergida en su guerra santa contra su ancestral enemigo, al escuchar semejante “lírica, idealista y romántica” descripción de la realidad.
Pero inexorablemente la memoria de los aciertos y errores pasados iría produciendo una nueva visión.

Del espectro de los múltiples desaste posibles, existe uno especialmente signifiicativo en este proceso. El desastre del éxito: “obtuve lo que quería (vencí a todos mis enemigos), y sólo entonces comprobé que no estaba allí lo que buscaba”.Hasta que, poco a poco, tanto el agotamiento del repertorio de las capacidades individuales con el reconocimiento de los aciertos y errores, como así también la creciente capacidad de percibir lo común, irían introduciendo un nuevo período.

Lo puramente distinto —por lo tanto, extraño, ajeno, opuesto, enemigo— pasaría a ser, simplemente, una de las diferentes formas de manifestarse de lo común. En ese momento es cuando se descubre que lo uno no puede existir sin lo otro. Cada glóbulo rojo comienza entonces a saberse glóbulo rojo, es decir, un tipo particular de célula que cumple una determinada función en un organismo que lo trasciende y que puede intuir, pero que no le es dado conocer completamente dada su condición de parte integrante de él. Este glóbulo rojo puede recordar ahora la máxima de “Vivir es navegar e intercambiar”. Puede recordar también su encarnizada lucha con quien afirmaba lo opuesto: “Vivir es unirse sólidamente a los vecinos y permanecer en el mismo lugar, brindando sostén”.

Entre las múltiples definiciones absolutas acerca del sentido de la vida que ha escuchado y que siguen reverberando en su memoria surge otra: “La vida es una continua lucha para conservar la integridad, aunque se muera en el intento”. Así se ufanaba el combatiente defensor de esta idea, cubierto de cicatrices y medallas. Sólo al alcanzar cierto estado evolutivo aquellas afirmaciones dejan de ser antagónicas. Este glóbulo rojo ya conoce su propio nombre, también a las células del tejido óseo y un poco más de cerca a aquel otro navegante de sus mismas aguas, su primo, el marcial leucocito.



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