La sociedad antropófaga

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Foto: Gellman(LCC)

Por Joseph Petersen

Menganito no para de mirarse al espejo. Hace pesas, corre, nada y anda en bicicleta. Sin embargo, no es feliz con su cuerpo porque su deltoides no está tan desarrollado como el de Manolo, su compañero. Además el mentón se le cae un poquito, y además están esos párpados… Está pensando en pasar por el quirófano.

Perenganito también se mira en el espejo todos los días y el no se ve nada mal. Un poco de barriga… es normal a su edad. Todo está bien, auque cada vez le cueste más subir las escaleras y que cuando ve el video de la boda de su prima piense ¿quién será ese gordinflón que va vestido igual que yo? Su médico de cabecera ya le ha advertido que debe adelgazar, porque si no su salud corre serio peligro.

Fulanita se ve gorda. Siempre se ha visto gorda y por eso no come. Sus padres todavía no se han dado cuenta. Cuando lo hagan quizá sea demasiado tarde.

Zutanita tiene un cuerpo de modelo y lo sabe, pero en la agencia le han aconsejado que si quiere dedicarse a esto debe acudir a un buen especialista para que le ponga un poco de silicona en los labios y le aumente un par de tallas el pecho.

Fulanito es millonario. Come y bebe cuanto le apetece, además los fines de semana se mete un par de rayas y a vivir que son dos días. Como se va acercando el verano el también va a ir a una clínica donde por muy poco dinero le hacen una liposucción que le deja la tripa como una tabla y a ligar bronce a la piscina…

Carambanito trabaja de sol a sol en su despacho. Su agenda está repleta de compromisos. Come siempre fuera de casa… cuando come. Otros días se zampa un bollo de crema o una hamburguesa con pepinillos en el despacho, a todo correr, mientras cierra otra operación que le hará ganar más dinero a costa de su salud.

Maranganito está deprimido. No le gusta su vida. No sale de casa para nada. Todo el día está sentado mirando el televisor y mientras tanto come. Come palomitas, come patatas, come cacahuetes, come salchichas, come caramelos, come bollos, come pastas, come y come.

Vivimos en la época del culto al cuerpo, pero al mismo tiempo vivimos en una sociedad caracterizada por la superabundancia.

De esta manera vivimos contrastes brutales.

Mientras millones de personas en el mundo pasan hambre, en occidente tenemos tal abundancia de alimentos que con seguridad uno de los mayores peligros que van a afectar, o que ya están afectando a nuestras sociedades, en los próximos años va a ser la obesidad.

Cultivamos el cuerpo y la figura atlética y por otro lado nos dejamos llevar por un consumo excesivo de alimentos ricos en calorías. Son los excesos en los que caemos con demasiada frecuencia.

Los trastornos relacionados con la alimentación copan nuestros centros hospitalarios con casos que van desde la bulimia o la anorexia, pasando por los “obsesos por la cirugía estética”, o las docenas de enfermedades distintas derivadas de la obesidad como problemas respiratorios o de corazón, vasculares o psicológicos.

¿Tan complicado será comer adecuadamente, sanamente, con moderación, sin excesos, con sencillez?

En ocasiones parece como si estuviéramos empeñados en acabar con nosotros mismos.

En lugar de cumplir con una función de deleite, de disfrute, la comida se convierte en la peor de las drogas, en la manera de castigarnos. Sumergimos nuestras frustraciones en comida en lugar de disfrutar de ella.

Quizá deberíamos empezar, como los niños pequeños, a aprender de nuevo a comer, a conocernos a nosotros mismos, nuestras necesidades, lo que es sano y lo que no lo es, a evitar lo que nos pueda hacer daño.

Quizás deberíamos aprender a querernos un poco más.

 

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