La receta

Metáfora

En una ocasión, una joven mujer acudió a un sabio y famoso médico para ver si podía ser su discípula. Quería aprender, en especial sobre la ciencia de la medicina. Deseaba ayudar a los demás y aliviar su sufrimiento. El médico vio que la joven era compasiva y que comprendía que el cariño no era suficiente, por lo que necesitaba adquirir las habilidades necesarias para desarrollar su vocación. «No», dijo al principio el doctor. «No la cogeré.» Y a continuación se explicó: «Es demasiado joven. No tiene experiencia de la vida. No es el momento adecuado.»

Sin embargo, la joven mujer no estaba dispuesta a aceptar que el médico la rechazara. Así pues, siguió insistiéndole para que la dejara formarse con él. Con un corto período de tiempo se conformaría. Le pidió que antes de juzgarla le dejara probar si estaba preparada.

Finalmente, el médico dio su consentimiento y la joven se convirtió en su discípula temporalmente. Durante las primeras semanas se sentó al lado del doctor para observar con atención todo lo que hacía. Las semanas se convirtieron en meses, y los meses, en años. La mujer estudió con detalle los diferentes tipos de medicina que utilizaba el doctor, la natural y la tradicional. Adquirió conocimientos sobre las enfermedades y sobre los tratamientos aplicables a las distintas afecciones. Pero no se limitó a observar diligentemente al doctor durante las horas de consulta, sino que por la noche estudiaba la extensa colección de libros de su biblioteca. Gradualmente, fue adquiriendo el conocimiento necesario.

Al médico no le cabía duda de que la joven sabía todo lo que se tiene que saber sobre la materia. También le constaba que la compasión y la curación implican algo más que conocimiento. No se trata sólo de recurrir a la información que se tiene almacenada en la memoria y a las diferentes técnicas médicas aprendidas. La compasión y la curación también están relacionadas con dar lo que se necesita.

Confiada en sus conocimientos, la discípula le pidió en diversas ocasiones a su mentor que le dejara tratar a un paciente. Cada petición tropezaba con la negativa del médico, hasta que por fin éste le dijo: «Aquí está este paciente, que necesita tratamiento.»

Juntos cruzaron la sala de espera hasta el despacho. Como solía hacer al atravesar la estancia, el médico observó atentamente a los pacientes que se encontraban esperando. Cuando estuvieron dentro del despacho, el médico le dijo a su discípula: «¿Se ha fijado en el primer hombre de la fila?»

«Sí», contestó la discípula.

«Bien», dijo el médico. «Dígame qué enfermedad padece y qué tratamiento recomendaría usted.»

La estudiante quedó sorprendida. Podía describir al paciente y la ropa que llevaba, pero era incapaz de emitir un diagnóstico o formular un tratamiento.

«¡Qué lastima!», exclamó amablemente el médico. «Debía haberse dado cuenta que es un paciente que necesita tomar granadas.»

La discípula ansiosa quiso aprovechar la oportunidad. «Doctor», dijo, «usted ha observado con perspicacia al paciente, ha emitido un diagnóstico y conoce el tratamiento que se le debe administrar. Déjeme prescribírselo».

Para su sorpresa, el médico consintió. La discípula llamó al paciente al despacho y mientras éste se sentaba le dijo: «Sé cuál es su problema. Usted necesita granadas.» El hombre saltó de la silla. «¡Granadas!, gritó, y salió precipitadamente de la sala de consulta.

Mientras cerraba la puerta la discípula preguntó: «¿Qué he hecho mal? ¿Por qué no ha aceptado el tratamiento que le he prescrito?»

El médico dijo tranquilamente: «Paciencia. Ya volverá a tener otra oportunidad-Usted sacará sus conclusiones de lo sucedido.»

Algunos meses más tarde, después de atravesar la sala de espera, y al entrar en el despacho, el médico le dijo a su discípula: «¿Se ha fijado en la anciana que estaba esperando?»

«No», contestó la discípula, temerosa de que al contestar afirmativamente quedara de manifiesto lo poco que la había observado.

«Lástima», dijo el médico. «Si se hubiera fijado, se habría dado cuenta que es una enferma que necesita granadas.»

El médico llamó a la paciente, le señaló amablemente la silla donde debía sentarse y empezó a interrogarla. «Ahora dígame», comenzó diciendo: «¿Cómo la puedo ayudar?»

La mujer explicó su problema, mientras el médico la escuchaba atentamente, con empatia, asintiendo con la cabeza y demostrando verdadera preocupación. En ningún momento interrumpió a la paciente. Simplemente escuchó su historia.

Sólo cuando la mujer hubo finalizado, habló él. «He escuchado lo que me ha dicho. Pienso que he de incluir en su tratamiento algo que sea natural, sano y restablecedor. Déjeme ver. Tiene que ser algo redondo con pequeñas bolsas. Tal vez lo que necesite sean limones.»

Observando un sutil gesto de desagrado en su boca al imaginar el sabor ácido de los limones, el médico prosiguió diciendo: «No, los limones son demasiado ácidos. Tal vez las naranjas. Pero las naranjas son excesivamente dulces. Pienso que no tienen el color y la textura adecuados.»

El médico hizo una pausa durante unos instantes, como si estuviera reflexionando profundamente sobre la cuestión. «Veamos. ¡Aja! Ya sé lo que le irá mejor. Si incluye con regularidad granadas en su dieta, pronto comenzará a notar la mejoría.»

La mujer se levantó con una sonrisa en la cara. Le dio la mano al medico, le dio las gracias con profusión y se marchó alegremente.

La discípula no podía esperar más y, apenas la mujer se hubo marchado, preguntó: «¿Cuál es la diferencia? Cuando yo prescribí granadas a mi paciente, él rehusó mi recomendación y salió precipitadamente del despacho. En cambio, esta mujer le ha dado las gracias de forma cordial por la misma prescripción.»

El médico miró a su aprendiza pacientemente y dijo: «Además de granadas, esta mujer necesitaba tiempo y comprensión.»

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