Comunicación no verbal al hablar en público

Foto: A. Pease(LLC)

Por Harry Anderson

Tenemos cantidad de ejemplos sobre la dificultad que implica a muchas personas dirigirse a un público. Lo curiosos es que esta dificultad no sólo se centra en la facilidad de palabra o de pensamiento del orador, de su facilidad para dirigirse a un auditorio. Para muchos oradores el problema no estriba en su dominio de la materia, de conseguir la atención del auditorio sobre lo que se dice, ni siquiera lo es la manera o el tono de dirigirse al público. El verdadero inconveniente estiba en la comunicación no verbal.

El ejemplo más claro de esto es el de muchos políticos con una facilidad de palabra contrastada, vehementes, incluso brillantes en sus exposiciones, pero que no resultan convincentes en la manera de articular sus palabras o en sus gestos.

Por mucho que nos empeñemos todos tenemos hábitos y muchos de ellos no son precisamente buenos amigos de la comunicación. Nuestros tics y muletillas deben estar siempre dirigidos a reforzar nuestro discurso, pero muchas veces lo único que consiguen es todo lo contrario.

Esto es lo que pasa precisamente con los políticos a los que hemos hecho referencia anteriormente.

Sometidos al juicio de las consultoras de imagen, dejan que ellos sean los que decidan cuales son los gestos más apropiados que el candidato debe potenciar en sus apariciones públicas.

“Señor ministro, sería conveniente que no se meta las manos en los bolsillos con tanta frecuencia, porque parte del electorado puede pensar que está usted ocultando algo.”

“Señora alcaldesa, no es muy convincente que mientras usted está hablando sobre la solidaridad con el Tercer Mundo, esboce la misma sonrisa que cuando inaugura Palacio de Exposiciones y Congresos”.

“Señor Presidente, si me permite darle una recomendación, tendía usted que intentar sonreír un poquito más. Ya se que los datos son preocupantes, pero no es bueno que usted transmita esa desesperanza. Además el electorado podría identificarle con la actual situación, hacerle responsable de ella…”

“Señora diputada, no se toque de nuevo la nariz en público. Podríamos sustituir ese gesto por el de rascarse la barbilla, o mejor aún levantar el dedo índice con autoridad”.

El resultado de estos bienintencionados gabinetes no suele ser demasiado bueno porque topan con el inconveniente de que los políticos, aunque se diga lo contrario, no suelen ser buenos actores y equivocan el gesto con el discurso.

El uso inapropiado de las manos es uno de los defectos que con mayor frecuencia afectan tanto a actores como a oradores.

Un gesto bien hecho remarcará nuestras palabras, haciéndolas más convincentes, pero un gesto inapropiado no hará sino restar la atención de las palabras, quitándoles el protagonismo que se merecen.

Lo mismo ocurre con otros aspectos de la comunicación no verbal.

Las expresiones de la cara no son menos explícitas sobre las verdaderas intenciones de quien está pronunciando el discurso, así como la postura del cuerpo, o los movimientos que el orador pueda desarrollar en el escenario.

Un término medio suele ser lo más aconsejable en estos casos: ni demasiado cohibido refugiado detrás de la mesa o del atril, ni excesivamente suelto como los tele-predicadores americanos.

No obstante, lo que realmente distingue a un buen comunicador de uno que no lo es el contacto visual con el público. Poseer una mirada que sepa transmitir es básico a la hora de establecer una verdadera comunicación con un público.

En la mirada está la verdad y la mentira, la convicción y el compromiso de quien está hablando. Pero es igualmente importante para el orador saber leer en los ojos de los que le están escuchando: si están interesados o no, si están entusiasmados o aburridos, si comprenden lo que está tratando de decir, si lo comparten o no están de acuerdo.

La clave de la comunicación está en los ojos.

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Aunque probablemente usted no se verá precisado a ser orador y ni siquiera tendrá ocasión para ello, sin duda se le presentará alguna vez la ocasión para dirigir la palabra a un grupo más o menos numeroso de personas en diferentes ocasiones que la vida puede ofrecer: un banquete, una boda, un homenaje, etc. ¿Quien no se ha encontrado en el trance de intervenir en una conversación entre amigos, compañeros o colegas? ¿Y que tendría de raro que usted, amigo lector, tuviera que dirigir la palabra a un grupo de personas reunidas en una cena u homenaje a algún amigo o conocido? En tales casos, ¿habrá algún lector que no desee saber expresarse de modo que acredite sus méritos personales, aspirando a convencer, a gustar, a destacar, en una palabra?
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