Perdón

Por Juana Laura Moretti

Una de las cosas a las que mucha gente todavía hoy no está acostumbrada es a saber decir que “lo siente” y ser capaz de  pedir perdón. Es por eso que quizá una de las frases más estúpidas que se oyen es que “amar significa no tener que decir nunca lo siento”. Estas diez palabras sin duda alguna, son totalmente imprescindibles en cualquiera que sea la relación de amor que se mantiene. Se tienen que pronunciar muy a menudo con la pareja, con un hermano o con un amigo.

Es por eso que no nos debería suponer tanto esfuerzo el pronunciar frases tales como: “por favor perdóname”, “lo siento me equivoqué”, “espero que me disculpes” etc.

El perdón es sin duda un remedio necesario para evitar vivir en constante cólera y resentimiento, algo que sin duda alguna, haría nuestra vida muy miserable y dura por la constante sensación de necesidad de venganza hacia la persona o personas que nos han agraviado.

Es importante saber evitar este círculo vicioso en el que una vez hemos entrado resulta bastante complicado salir, ya que lo único que se consigue es entrar en una situación de constante amargura.

Con el perdón lo que se consigue es dejar atrás esa situación dolorosa y avanzar hacia un futuro supuestamente más halagüeño, o por lo menos un futuro sin resentimiento perpetuo.

En ocasiones quizá nos cuesta más admitir un perdón que vemos no es en ningún caso sincero.

Quizá en ciertas situaciones de esta vida las palabras “perdón” o “lo siento” han sido pluriempleadas en muy diversas ocasiones, lo que nos lleva a pensar si realmente en todas ellas era así o se han convertido en un comodín.

En otros casos la “ceguera” nos impide ser objetivos y no nos permite ver nuestro error, lo que nos lleva a prolongar la situación de malestar por no ser capaces de ver la viga en el ojo propio y sí ver la paja en ojo ajeno.

Y en casos ya más extremos, es el propio orgullo el que nos impide dar nuestro brazo a torcer y admitir nuestro error a la vez que pedimos una disculpa a la persona que hemos ofendido..

Estamos inmersos en un juego en que constantemente enviamos mensajes, unos más complejos que otros, en los que transmitimos nuestras intenciones o deseos de complacer u ofender a otra persona, de hacer el amor o la guerra, o de acercarnos o en su defecto alejarnos de esa persona.

Lo que sí que esta claro es que el roce diario con las personas nos lleva a conocer muy detalladamente los puntos débiles de quienes nos rodean.

Ya sea para bien o para mal siempre sabemos cómo y dónde están esos puntos más sensibles con los que hacer reaccionar a la otra persona.

Evitemos pues alargar esos malos ratos que todos pasamos y tratemos de tener un poco de empatía, para así conseguir el punto de vista del otro desde donde abandonar la tendencia tan extendida de culpar de todo a los demás.

Y así ser capaces de asumir nuestras propias responsabilidades.

 

 

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