La anorexia y la bulimia

Foto: John Hopkins(Licensed Under Creative Commons)

Foto: John Hopkins(Licensed Under Creative Commons)

Por Noemí Andrade

Emparentadas por similitudes en sus orígenes y en los efectos que producen, la anorexia y la bulimia son dos de las enfermedades relacionadas con los trastornos en la alimentación más frecuentes y de resultados más terribles en nuestra sociedad.

Evidentemente hablo de “nuestra sociedad”, porque este tipo de enfermedades tiene su epicentro en las sociedades occidentales, las más desarrolladas, donde paradójicamente nadie pasa hambre.

El desarrollo de los trastornos en la alimentación no es algo reciente, pero sí lo es el tremendo impacto y trascendencia de este tipo de enfermedades.

Parece como si hubiera una relación proporcional entre el desarrollo de una sociedad y la aparición masiva de este tipo de problemas.

Las sociedades subdesarrolladas se mueren de hambre y las sociedades más prósperas e industrializadas desarrollan enfermedades relacionadas con desajustes alimenticios.

Cada vez hay más casos de enfermedades relacionadas con trastornos alimenticios, y los afectados son cada vez más jóvenes.

No existe una sola razón para que una persona comience a desarrollar una enfermedad de este tipo.

Es bien cierto que la propia sociedad predispone a tener unas ciertas características físicas, a estar delgado.

El mundo de la moda, así como el de la publicidad, se han visto duramente criticados por inducir a los jóvenes a ser de una determinada manera, tener una imagen estilizada, cuando no de delgadez extrema. Tanto unos como otros venden la imagen de un cuerpo joven, perfecto, sano y sobre todo…delgado.

No hay duda de que gran parte de la responsabilidad en esta auténtica plaga contemporánea les corresponde, pero no son los únicos responsables.

Si lo fueran, toda la juventud sería anoréxica, y afortunadamente no es así.

La influencia social es innegable, pero también lo es que el prototipo de enfermo tiene características individuales comunes.

Según estudios recientes, existen varios factores que predisponen a un joven a desarrollar este tipo de enfermedades y curiosamente la mayoría de estos factores tiene su origen en el ámbito familiar.

Se ha demostrado que muchos de los enfermos por trastornos alimenticios habían tenido previamente trastornos afectivos en su niñez e incluso habían sufrido experiencias estresantes o traumáticas a edad muy temprana.

Así mismo es muy frecuente en estos enfermos haber tenido precedentes familiares con problemas alimentarios o con otro tipo de adicciones.

Otro factor determinante y común en muchos casos parece ser la existencia de una madre obesa, o incluso haber padecido el enfermo una cierta obesidad infantil.

Otras características comunes en este tipo de enfermos pueden ser descritas como más sociales. Evidentemente, existen determinadas profesiones con mayor riesgo, como las bailarinas o las ya mencionadas modelos.

Y para mayor confusión destacamos otra característica que parece contradecir las anteriores: son jóvenes que han tenido una infancia modélica.

Determinados factores pueden desencadenar el desorden alimenticio: un aumento rápido de peso, los cambios propios de la adolescencia, una separación de sus progenitores, alguna experiencia traumática, o determinadas críticas o autocríticas a su propio cuerpo.

Los factores de riesgo, así como los desencadenantes de la enfermedad son muy variados y no existen todavía resultados definitivos al respecto. La investigación continúa, pero en lo que todo el mundo está de acuerdo es en considerar este tipo de trastornos, en toda su importancia, no como vicios, modas o manías, sino como verdaderas enfermedades que hay que tratar.

El tratamiento más efectivo tiene que darse desde una posición interdisciplinaria, en la que la colaboración entre el especialista en dietética y nutrición y el psicólogo son fundamentales.

El trabajo del psicólogo consiste en descubrir los mecanismos internos que hacen que esa persona tenga una autoimagen distorsionada y una autoestima por los suelos y definir la estrategia para conseguir el cambio de la autoimagen y de la propia estima. Muchas veces hay que trabajar con los valores. También es imprescindible el trabajo con la familia, sobre todo con la madre (o persona de referencia).

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