Inducción del trance

Por Jay Haley

Cuando se considera el trance hipnótico como una interacción consistente en que una persona persuade a otra para que haga algo y niegue que lo hace, parece deducirse que la inducción del trance tiene que consistir en pedir a un sujeto que se comporte de esta forma. El hipnotizador ha de ordenarle que haga algo y a la vez pedirle que no lo haga. La naturaleza de la comunicación humana hace posible que el sujeto satisfaga estas solicitudes conflictivas; puede hacer lo que el hipnotizador le pide y al propio tiempo calificar su acción con frases que niegan que es él quien lo hace o incluso que se hace. Así, pues, lo hace pero no lo hace. Permítasenos describir la inducción de un fenómeno hipnótico de levitación de la mano para simplificar el rico y complejo intercambio que se efectúa entre hipnotizador y sujeto.

Cómodamente sentados ambos, el primero le pide al segundo que coloque la mano sobre el brazo del sillón y le dice más o menos: “No deseo que mueva usted la mano, sino solamente que se fije en lo que siente en ella”. Al cabo de un rato el hipnotizador dice: “Dentro de un momento su mano empezará a levantarse; ya se levanta, se levanta, se levanta…”

Si nos fuera posible desnudamos de teorías y observar ingenuamente esta interacción entre hipnotizador y sujeto, nos parecería obvio que el hipnotizador le dice al sujeto que no levante la mano y luego le pide que la levante; pero como quiera que nuestra observación está imbuida por las teorías de la conducta humana, vemos esta conducta a la luz de lo inconsciente y lo consciente o en términos de fenómenos autónomos, y de esta forma la manifiesta incongruencia entre una y otra petición del hipnotizador no parece tan evidente. No obstante, nos encontramos ante el hecho incontestable de que, si el sujeto levanta la mano, es él quien la ha levantado. Quizá lo niegue, pero nadie más ha podido hacerlo.

No hay más que tres respuestas posibles por parte del sujeto a la petición de que levante la mano y no la levante. Puede negarse a hacer nada y, por lo tanto, desafiar al hipnotizador y poner fin a la sesión. También es posible que levante la mano y a la vez niegue que lo hace él o incluso que la mano se levanta (el uso que damos aquí al término negación no implica que el sujeto niegue calculadamente que está levantando la mano, ya que puede tener la certeza subjetiva de que la mano se levanta sola. Nuestro interés y el énfasis del término recaen más sobre la conducta). Finalmente, puede que el sujeto levante la mano y manifieste que lo hace así; en tal caso el hipnotizador comentará “pero yo le dije que no la levantara” y se reanudará el proceso.

Todo método de inducción del trance implica este tipo de petición incongruente. En verdad, siempre que se solicita una conducta involuntaria de otra persona, se le pide inevitablemente que haga algo y también, al mismo tiempo, que no lo haga. Esto es lo que significa involuntario. Decir que un acto es involuntario es decir que sucede por sí mismo y quien pide que algo suceda por sí solo propone una paradoja.

La orden a doble nivel no sólo es aparente en la inducción del trance, sino que se manifiesta aún más claramente durante el proceso de profundización del mismo. En algún momento de la interacción hipnótica el hipnotizador prueba o desafía al sujeto. Estos desafíos son siempre formalmente iguales: el hipnotizador pide al sujeto que haga algo y simultáneamente le dirige para que no lo haga. El más corriente es el del cierre de los ojos. El hipnotizador pide al sujeto que mantenga firmemente cerrados los ojos mientras cuenta hasta tres, después de lo cual intentará abrirlos y no lo conseguirá. Se le dice que cuanto más se esfuerce en abrirlos más apretadamente cerrados permanecerán. Cuando la petición “abra los ojos” queda calificada por la de “mantenga los ojos cerrados” o “no obedezca mi orden”, se le pide al sujeto que obedezca la sugestión y a la vez se le dice que no lo obedezca. Si la prueba tiene éxito, y el sujeto mantiene los ojos cerrados, se afirma que es involuntariamente incapaz de abrirlos. Limitándonos a observar la conducta, diremos que mantiene los ojos cerrados y califica este comportamiento con la afirmación de que no es que él los cierre, sino que así ocurre simplemente.

Cuando se consideran esta serie de órdenes en términos de aprendizaje, se ve claramente que este fenómeno no es privativo de la situación hipnótica. Así, por ejemplo, parece que muchas madres de niños desequilibrados establecen una situación de aprendizaje en la que no se premia al niño cuando consigue un éxito, sino cuando lo intenta y falla. Cuando esto sucede, madre y niño se manifiestan de acuerdo en que el fracaso no es deliberado, sino que simplemente ha sucedido así.

La imposición de la paradoja
Siempre que un hipnotizador da instrucciones incongruentes, impone al sujeto una paradoja. El sujeto tiene que responder a ambas instrucciones y no puede retirarse ni tampoco comentar el hecho de que esta situación es imposible. No puede retirarse porque por lo general es él mismo quien ha solicitado la experiencia del trance, ya que la hipnosis se practica la mayoría de veces con sujetos voluntarios. También le es difícil comentar la incompatibilidad de las instrucciones del hipnotizador a causa de la actitud general de éste. Cuando el sujeto a quien se le ha pedido que se concentre en su mano se permite hacer algún comentario sobre tal sugestión preguntando el porqué de la misma, el hipnotizador suele informarle de que no debe hacer preguntas, sino simplemente seguir las sugestiones. La conducta del hipnotizador evita con bastante eficacia toda conversación sobre esta misma conducta.

Aunque la imposición de instrucciones paradójicas está implícita en toda inducción hipnótica, en algunas situaciones se hace más patente que en otras. Por ejemplo, durante una conferencia sobre hipnosis un joven dijo a Milton H. Erickson: “Usted puede hipnotizar a otros, pero no a mí”. El doctor Erickson le invitó a subir al estrado para una demostración, le pidió que se sentara y le dijo: “Quiero que permanezca despierto, más y más despierto, más y más despierto”. El sujeto cayó prontamente en un trance profundo. En realidad se encontró ante un mensaje de nivel doble: “suba y entre en trance”, por una parte, y “permanezca usted despierto”, por otra. Sabía que, de seguir las sugestiones de Erickson, caería en trance; por lo tanto estaba determinado a no seguir estas sugestiones. No obstante, si se resistía a seguir la sugestión de estar despierto, entraría en trance; estaba, pues, cogido en una paradoja. Nótese que no se trataba simplemente de dos mensajes contradictorios, sino de dos niveles de mensaje. La frase “permanezca despierto” estaba calificada por el mensaje “suba y caiga en estado de trance”. Puesto que un mensaje calificaba a otro, ambos pertenecían a niveles distintos. Tales niveles conflictivos ocurren cuando la expresión verbal, el tono de voz, el movimiento corporal o el contexto de la situación se califican entre sí incongruentemente. En una sola frase puede existir un mensaje de doble nivel; así, por ejemplo, si una persona dice a otra “desobedézcame”, ésta se encuentra ante un conjunto de instrucciones incongruentes y no puede obedecer ni desobedecer. Si obedece, desobedece; y si desobedece, obedece. La frase “desobedézcame^ contiene una calificación de sí misma y puede traducirse del siguiente modo: “no obedezca mis órdenes” más la frase calificativa simultánea “no obedezca mi orden de no obedecer mis órdenes”. A este tipo de petición pertenecen los desafíos hipnóticos.

Cuando el hipnotizador presenta mensajes incongruentes a un sujeto, éste sólo puede responder satisfactoriamente con mensajes incongruentes. La peculiar conducta del sujeto hipnotizado muestra una reciprocidad hacia las peticiones del hipnotizador.

Designemos con la letra A la orden del hipnotizador que dice: “Mantenga los ojos abiertos y mire a este punto”. Esta orden viene calificada por B: “Los ojos se le cerrarán”. El sujeto no puede responder satisfactoriamente si responde a A y mantiene los ojos abiertos, ni tampoco si responde a B y los cierra. Cuando se le pide que cierre los ojos y que no los cierre, no le cabe más que responder con mensajes incongruentes. Tiene que cerrarlos (C) y calificar esta acción con una negación de que haya sido él quien lo ha hecho.

Si el sujeto respondiera sólamente a A o B, y su respuesta fuera por tanto congruente, el hipnotizador le señalaría probablemente su falta de cooperación y le indicaría que empezara de nuevo. También es posible que el hipnotizador maneje la respuesta congruente de otras formas. Por ejemplo, si el sujeto mantiene los ojos obstinadamente abiertos, respondiendo así tan sólo a A, el hipnotizador puede sugerirle que siga manteniéndolos abiertos todo el tiempo que pueda, independientemente del esfuerzo que ello requiera. De este modo el sujeto acaba por cerrar los ojos y el hipnotizador acepta el cansancio como una respuesta involuntaria.

En esencia lo que el hipnotizador dice al sujeto es “haga lo que yo digo, pero no haga lo que yo digo” y el sujeto responde “ya hago lo que me dice, pero no hago lo que me dice”. Este tipo de interacción resulta posible gracias a que los seres humanos pueden comunicarse en niveles múltiples.

Bernardo Sokner – Como hipnotizar

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