¡Imagen a la vista!

Foto: Saskia(LCC)

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Por Clara Miralles

La vista es un sentido espacial por excelencia. De un solo vistazo capta el ojo la distribución de los objetos en una sala o la forma y los contornos de una figura que resalte bien de su fondo. Comparativamente, el oído está menos dotado para localizar la procedencia de los sonidos, y la mano ha de moverse lenta y sistemáticamente sobre una forma tridimensional para poder obtener la información que el ojo obtiene al instante. La percepción visual es uno de los campos más cuidadosamente explorados de la psicología. Ello es cierto no sólo en cuanto a los fenómenos puramente psicológicos de la visión, sino también respecto de sus bases físicas y neurofisiológicas. Tanto es así que durante mucho tiempo se dio tácitamente por descontado que la vista era el prototipo de todos los sentidos.

El ojo humano normal responde a estímulos lumínicos de una longitud de onda que varía entre los 390 mm (milimicras) (del color violeta) y las 760 mm (del rojo), pero no responde a las excitaciones de los rayos ultravioleta o infrarrojos. El número de colores distinguibles (serie cromática) es mucho mayor que el de las palabras que hay en cualquier idioma para nombrar los colores. Dentro de la escala de los 390 a los 700 mm, podemos distinguir cambios de una longitud de onda de 1 a 3 mm. Dentro de la escala dicha hay, por consiguiente, unos ciento veinte grados en la discriminación del color. En la serie acromática, que abarca desde el blanco hasta el negro pasando por la gama de los grises, cuya variedad consiste sólo en la diversa brillantez, pueden distinguirse entre quinientos y seiscientos matices. La periferia de la retina es menos sensible al color que el centro, y menos sensible a unas longitudes de onda que a otras. Pero la parte más exterior de esa periferia no llega a ser totalmente ciega para los colores. Si la fuente luminosa es bastante intensa o la extensión coloreada bastante grande, cualquier color puede distinguirse desde la misma distancia a la que se distingan el blanco y el negro.

Las células receptoras de la visión están situadas en la retina, al fondo del globo ocular. Es la más interna de las tres capas de éste y está constituida por diez estratos distintos. Entre tales estratos se hallan, además de las células receptoras, las ganglionares, cuyas fibras forman el nervio óptico y otros tejidos nerviosos. La retina es una especie de mosaico en el que cada porción es una fibra nerviosa que termina en unos receptores fotosensitivos. Cuando la luz da en los receptores, éstos emiten impulsos a lo largo del nervio óptico hasta el cerebro. Se supone en general que los fotorreceptores de la retina de los vertebrados constan de dos tipos de células, los conos y los bastoncillos, aunque no faltan investigadores que, en vista de que muchas células presentan formas de dudosa clasificación, consideran los conos y los bastoncillos como meras variantes de un único tipo básico de células. Las células que con la luz se hacen más largas y con la oscuridad se acortan reciben el nombre de bastoncillos, y las que se acortan a la luz y se alargan en las tinieblas reciben el de conos. Las retinas de las especies nocturnas, como los búhos, los lemúridos y algunos reptiles, son ricas en bastoncillos y escasas en conos.

A base de admitir esta distinción entre dos tipos de células aceptan muchos autores una teoría de la visión (ideada en 1866) según la cual las células en forma de conos son las que intervienen en la visión muy aguda y en la de los colores, mientras que las células en forma de bastoncillos sirven para ver en la oscuridad. Sin embargo, puede que esta dicotomía sea una simplificación exagerada, pues los bastoncillos retinianos no siempre funcionan mejor cuando la intensidad de la luz es muy baja. Ni tampoco resultan menos eficientes que los conos cuando las intensidades lumínicas son altas.

La base neurofisiológica de la percepción se ha podido estudiar mucho mejor durante los últimos años gracias al desarrollo alcanzado por los métodos electrofisiológicos, que han facilitado el empleo de microelectrodos con los que registrar las reacciones de las neuronas del sistema nervioso. Estos trabajos han evidenciado la notable especialización de las diferentes unidades receptoras que hay en la retina y en el nervio óptico. Así, algunas de esas unidades responden al impacto de la iluminación, mientras que otras sólo responden a la cesación del rayo luminoso. Esto constituye el sistema llamado on/off. Además, poniendo microelectrodos en la duramadre del gato y de otros animales se ha comprobado que algunas neuronas responden al movimiento en dirección opuesta; una sola unidad cortical puede ser activada por un objeto que se mueva en un ángulo de unos veinte grados. La especialización de las unidades retinianas ha quedado perfectamente puesta de manifiesto en estudios sobre ranas.

Las células ganglionares de la retina de estos batracios forman cinco grupos naturales: uno corresponde a la visión de un borde agudo; otro, a la de un borde convexo; un tercero, al contraste de los cambios; un cuarto, al oscurecimiento, y un quinto grupo a las variaciones de la intensidad lumínica. Según esto, el movimiento de la presa natural de las ranas, la mosca, les es señalado a aquéllas por la información que proviene de la respuesta dada por unas determinadas células ganglionares a unos estímulos muy específicos.

Lo que la retina transmite a la región «visual» de la corteza del cerebro no es información acerca de un espacio de puntos discretos, sino información acerca de un espacio tal que ninguno de sus puntos está relacionado con los que le rodean. Esto lo hace anatómicamente posible el hecho de que sobre cada fibra del nervio óptico convergen varios centenares de receptores retinianos. De aquí el que cada unidad neuronal sea capaz no sólo de responder al movimiento, sino de distinguir también entre el movimiento hacia la derecha y el movimiento hacia la izquierda.

En la retina hay un área de máxima agudeza visual, que se conoce por el nombre de fovea centralis, donde están acumulados un gran número de finos receptores. Algunos reptiles tienen más desarrollada la fovea que el hombre y presumiblemente son capaces de ver con mayor precisión, y algunas especies de pájaros tienen dos foveas, lo que explica quizá su extraordinaria agudeza visual. Se calcula que la fovea del halcón contiene un millón de conos por milímetro cuadrado, mientras que la humana sólo tiene unos ciento cincuenta mil en la misma superficie. Se estima que en la retina del hombre hay unos ciento veinte millones de bastoncillos y unos seis millones o siete millones de conos.

En el año 1685 descubrió Mariotte un hiato o fallo en el campo visual que vino a llamarse el punto ciego. Se debe este fenómeno a que en la parte de la retina en que comienzan las fibras del nervio óptico no hay células sensibles. La magnitud del punto ciego en el campo visual variará naturalmente con la distancia al ojo. Cada uno de los dos ojos tiene su punto ciego, pero los de uno y otro no coinciden; así, un objeto que no sea visible para un ojo por ir a parar sus rayos lumínicos al punto ciego será visible para el otro ojo.
Sorprende advertir por primera vez cómo un objeto determinado nos parece conservar su tamaño, forma y color acostumbrados aunque los datos reales de los sentidos se diría que nos incitan a suponerlo distinto en cada uno de esos aspectos.

La relativa constancia del tamaño de los objetos depende mucho de la distancia a que se nos presentan. Cuando los datos que nos permiten calcular esta distancia son suficientes, percibimos el objeto cuyo tamaño nos es conocido (por ejemplo, un coche) no como más pequeño de lo que es, sino como más lejano. Si dos coches forman imágenes retinianas del mismo tamaño, pensamos que es más pequeño el que nos parece más próximo a nosotros. Si el objeto nos es extraño y los indicios para calcular la distancia se van eliminando gradualmente, su tamaño aparencial empieza a corresponder a su imagen retiniana. Cuando todos los indicios de

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distancia desaparecen, se esfuma del todo la constancia del tamaño, y el de cada objeto es para nosotros el que era de esperar que fuese según la imagen retiniana. Un platillo parece redondo aunque se mantenga inclinado en un ángulo muy agudo, y, para poner un ejemplo muy socorrido de la constancia del color, el carbón nos parece a plena luz del día mucho más negro que una página blanca puesta en un lugar oscuro, aunque ésta refleja mucha menos luz que aquél.

La capacidad para ver con los dos ojos (visión binocular) no se da normalmente en el pájaro. Los ojos de los niños recién nacidos se mueven independientemente el uno del otro. Sólo cuando el nene tiene ya unas cinco semanas de vida puede fijar un objeto o una persona en la línea de su visión. A los seis meses, la visión binocular está ya bien establecida, e igualmente la capacidad de mover los ojos hacia cualquier punto como si esperase ver a alguien.

Si falla la exacta coordinación de nuestros dos ojos, se forman dos «imágenes» separadas. Este «ver doble» puede ser consecuencia de haber tomado demasiado alcohol, que hace que dejen de coordinarse los movimientos de los músculos de los ojos y también los de las piernas. La parálisis de los músculos de un ojo da por resultado el torcimiento de la mirada, ya sea con estrabismo divergente (ojos «idos»), ya con estrabismo convergente (bizqueo); pero estos defectos pueden .provenir de otras causas distintas de la parálisis muscular.

Si son repetidamente estimuladas las mismas células de la retina, el resultado es alguna forma de vibración o vacilación de la imagen. Si son estimuladas sucesivamente diversas células, el resultado es una sensación de movimiento. No hace falta que los estímulos mismos se muevan para que el vidente tenga esa sensación del movimiento. Dos fuentes de luz, una fija y otra intermitente, pueden originar un movimiento aparente. En este hecho psicológico se basa la industria cinematográfica. El movimiento parece más lento en la periferia del ojo que en la fovea. La velocidad subjetiva de una secuencia de figuras en movimiento es mayor que la de solas tres figuras que se muevan, con tal que sean vistas por un ojo que está quieto. Más aún, un objeto en movimiento observado mientras se tiene la vista fija en un punto parece moverse más de prisa que si ese objeto es seguido en su movimiento por la mirada.

Muchos efectos visuales de movimiento aparente que son familiares en la vida cotidiana han sido estudiados por vía experimental. Cuanto más lejos esté el observador del objeto en movimiento, más lentamente le parecerá que se mueve, aunque en general hay una constancia aparente de la velocidad subjetiva. Un objeto en movimiento parece moverse más lentamente cuanto mayor es su tamaño. Hay también un efecto de perduración: un objeto parece seguir moviéndose después de haberse parado. Esto se llama «movimiento inercial de la imagen». La duración de tal efecto depende de la velocidad del movimiento.

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