Hipnoterapia indirecta de una pareja enurética, un caso de Milton H. Erickson

Foto: Miguel Vleira(Licensed Under Creative Commons)

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Milton H. Erickson fue el Fundador y Director de la revista The Journal of Clinical and Experimental Hypnosis, revista en la que él mismo publicó algunos de sus mejores trabajos de investigación. En esta ocasión, Milton, haciendo gala de su extraordinaria capacidad de sugestión, ayuda a una pareja a solucionar su problema de enuresis. Milton presenta el caso de una pareja joven, de unos 20 años, casados desde hacía un año, muy enamorados y muy amigos de algunos estudiantes de medicina en ese momento, solicitaron ayuda psiquiátrica. Su problema era común, una enuresis pertinaz durante toda su vida. En sus quince meses de noviazgo ninguno tuvo el valor de hablar al otro sobre su enuresis habitual. Su noche de bodas estuvo marcada, después de la consumación del matrimonio, por un sentimiento de miedo horrible y luego resignada desesperación seguidos por el sueño. A la mañana siguiente ambos estaban silenciosos y profundamente agradecidos el uno al otro por la discreción innegable mostrada al no hacer comentarios sobre el episodio enurético de la pasada noche. Este mismo silencio ignorando su problema continuó cada mañana durante nueve meses. El efecto era un aumento del sentimiento de amor y cuidado a causa del agradable silencio mostrado.

Una mañana se hizo el comentario (no recuerdan por quién de los dos) de que deberían tener un niño durmiendo con ellos al que se pudiera culpar de mojar la cama. Esto les permitió por primera vez descubrir asombrados que ambos eran enuréticos y que se habían sentido responsables únicos. Aun cuando se sintieron muy aliviados por este descubrimiento, persistió su enuresis.

Después de unos pocos meses más, una aproximación discreta de la pareja a los estudiantes de medicina les descubrió que uno era psiquiatra e hipnotista y probablemente sabría algo sobre enuresis. De mutuo acuerdo concertaron una entrevista; aunque se mostraban reacios a ser hipnotizados y ponían inconvenientes para correr con los gastos de la terapia, estaban muy interesados en saber si se les podía ayudar.

Se les informó que se les aceptaría como pacientes sobre una base puramente experimental y que su obligación sería hacerse cargo de toda la responsabilidad económica derivada del tiempo que se les dedicase si no se curaban. Accedieron a esto. (Este planteamiento de «o me curo o pago» con frecuencia es muy efectivo en terapia experimental.) Se les dijo que el único requisito para el éxito terapéutico residiría en su obediencia total y absoluta a las instrucciones que se les diesen. Así lo aceptaron.

El procedimiento terapéutico experimental les fue presentado, para su estupor y horror, de la siguiente manera:

“Los dos sois muy religiosos y me habéis hecho una promesa que debéis cumplir. Tenéis un problema de transporte que os dificulta verir regularmente para la terapia. Vuestra situación financiera os hace prácticamente imposible sesiones más frecuentes. Os vais a someter a terapia experimental y estáis absolutamente obligados a curaros o a pagarme los honorarios que yo estime oportunos. Si os curáis, el éxito de mi terapia será la recompensa por mí esfuerzo y vuestra ganancia. Si no os curáis, todo lo que yo recibiré por mi esfuerzo serán unos honorarios, lo que supone una doble pérdida para vosotros, y una experiencia desafortunada para mí.

Esto es lo que tenéis que hacer: Cada tarde tenéis que tomar líquidos libremente. Dos horas antes de ir a la cama, cerrad la puerta del baño después de beber un vaso de agua. A la hora de ir a la cama, os ponéis el pijama y luego os arrodilláis uno junto a otro sobre la cama, frente a vuestras almohadas, y deliberadamente, intencionadamente, los dos a la vez la mojáis. Puede resultar duro hacer esto pero tenéis que hacerlo. Luego os acostáis y a dormir, sabiendo muy bien que la cama está mojada toda la noche y que nada podrá ponerla mucho más mojada.

Haced esto cada noche, no importa que os resulte muy odioso, habéis hecho una promesa y, aunque no sabíais a lo que os comprometíais, estáis obligados. Haced esto cada noche durante dos semanas, esto es hasta el día 17, domingo. El domingo por la noche descansáis. Esa noche debéis acostamos y dormir en una cama seca. El lunes por la mañana, 18, os levantáis, destapáis la cama y miráis. Solamente si la cama está mojada, entonces y sólo entonces, volveréis a arrodillamos y a mojar la cama durante tres semanas.

Ya sabéis las instrucciones. No tenéis nada que discutir ni aclarar entre vosotros sobre este tema. Sólo tenéis que obedecer, y luego me daréis un informe completo. ¡Adiós!”

Cinco semanas después volvieron al consultorio, alegres, temerosos, confusos, muy agradecidos, pero desorientados y muy confusos acerca de la posible actitud e intenciones del terapeuta. Habían sido muy obedientes. La primera noche había sido una tortura. Habían permanecido más de una hora de rodillas antes de poder orinar. Las noches siguientes fueron de un desesperante malestar. Cada noche miraban hacia adelante con un deseo cada vez más fuerte de que llegase el domingo 17 para dormir en una cama seca.

La mañana del 18 los llamó el despertador y se sorprendieron al encontrar la cama seca. Los dos empezaron a hablar, pero en seguida recordaron la prohibición al respecto. Esa noche, con sus pijamas puestos miraron la cama, se cruzaron una mirada y comenzaron a hablar, pero volvieron a recordar la prohibición. Se deslizaron dentro de la cama de una manera impulsivo, apagaron la luz, contentos de no haber tenido que mojar la cama deliberadamente, disfrutando al mismo tiempo del placer de tener la cama seca.

El martes por la mañana la cama estaba seca otra vez. Aquella noche y las siguientes, todo transcurrió como la noche del lunes. Después de haber dado su informes, esperaban desconcertados, con ansiedad, los comentarios del terapeuta. Se les recordó en seguida que habían dicho que en cinco semanas darían un asombroso informe, ahora sabían lo que tenían que hacer, que el terapeuta estaba muy contento, y lo seguiría estando, así que, ¿qué más se podía pedir? Después de algunos minutos de dirección suave y conversación inconexa, se habían despedido con el argumento tan poco consistente de que el próximo mes era mayo.

A mediados de mayo, al pasar por la puerta del terapeuta, entraron espontáneamente para darle las gracias e informarle «incidentalmente» que todo iba bien. Un año más tarde, presentaron al terapeuta su hijo pequeño, haciendo constar que una vez más podían tener la cama mojada, aunque sólo cuando quisieran y además «muy poco mojada». Preguntaron con mucho interés si se había empleado hipnosis con ellos. Se les respondió que su propia honestidad y sinceridad al hacer todo lo necesario para ayudarse ellos mismos les concedía todas las garantías para llegar al éxito.

Para comprender el informe de este caso, es preciso tener en cuenta las demostraciones tan frecuentes de los niiíos pequeños del derecho a la autodeterminación. Por ejemplo, el niño se rebela contra el sopor de la siesta luchando vigorosamente contra el sueño a pesar de la fatiga, saliéndose continuamente de la camita. Si cada vez se devuelve suavemente a su camita, el niño demostrará sus derechos, saltando de un lado para otro, y durmiéndose después plácidamente. En lo concerniente a la respuesta evasiva que se les dio a los pacientes en lo referente a la hipnosis, para obligarlos a asumir la responsabilidad por completo, la verdad es que todo el procedimiento se basó en el uso de hipnosis indirecta. Las instrucciones se redactaron de manera que obligasen, sin exigir demasiado del inconsciente. La vaguedad calculada de algunas de las instrucciones forzaba a su cerebro inconsciente a asumir la responsabilidad de su conducta. A nivel consciente sólo podían extrañarse de su inexplicable situación, mientras respondían a ésta con reacciones inconscientes correctoras. Paradójicamente eran compelidos por la naturaleza de las instrucciones, y la manera en que se les había dado, a hacer «una elección libre y espontánea» de conducta y a actuar de la manera debida sin darse cuenta de que lo estaban haciendo así.

El resultado de la terapia se vio favorecido porque sus amigos estudiantes de medicina les hablaron del prestigio del terapeuta como psiquiatra e hipnotista. Esto indudablemente los convenció para aceptar sugestión hipnótica indirecta.

La parte racional de la terapia podía ser expuesta brevemente. Para Milton, ambos pacientes tenían el desagradable hábito de toda su vida de mojar la cama cada noche. Durante nueve meses, ambos sufrieron intensamente de una obvia pero irreconocida culpabilidad. Durante tres meses más su situación no cambió.

Bajo terapia durante dos semanas interminables, por sus propias acciones, sufrieron constantemente de una cama mojada. Cada cama mojada los compelía a desear desesperadamente acostarse y dormir en una cama seca. Cuando llegó esta oportunidad, la aprovecharon a satisfacción. Luego, la noche siguiente, comprendieron inconscientemente, pero no conscientemente, las instrucciones que se les había dado, usaron su pecado de mojar la cama para «deslizarse» en ella y disfrutar de una cama seca, un placer culpable continuó deleitándolos durante tres semanas.

Dice Erickson que la incertidumbre, duda y culpa sobre su conducta se desvaneció al descubrir en una segunda entrevista que habían sido realmente obedientes al hacer posible el informe «completo y asombroso». Sin que ellos lo notasen, la influencia del terapeuta se vio vaga pero efectivamente reforzada por la mención irrelevante en apariencia del mes de mayo.

La última etapa era materializar una solución satisfactoria de sus propios deseos. un hijo, la solución que ellos habían mencionado, y que les permitió el reconocimiento mutuo de su enuresis. Luego, como un acto simbólico, se despidieron del psicoterapeuta, presentándole al niño, quien a su vez representaba una solución feliz y controlable a su problema. Casi verbalizaron esto literalmente con su comentario jocoso acerca de que’ podían tener una cama mojada cada vez que quisieran y que esto sería sólo una agradable señal de su adultez y paternidad.


Bernardo Sokner – Como hipnotizar

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