Guía para crear metáforas útiles


Cuando Ernest Rossi estudió las metáforas de Erickson descubrió que las metáforas tienen dos estructuras, una superficial y otra profunda. La primera, la superficial, es el propio contenido de la metáfora, y la segunda, la profunda, es donde se encuentra el verdadero significado que se quiere transmitir con la metáfora. La estructura superficial está formada por las oraciones gramaticales que forman el relato y la estructura profunda por las relaciones que se establecen a escala inconsciente entre el relato y la situación o el problema sobre el que se está hablando. A esta relación se le llama búsqueda transderivacional.


La búsqueda transderivacional consiste en el mecanismo que hace que una persona asocie a escala inconsciente el relato que acaba de oír con sus propios recuerdos o su propia situación problemática y es lo que hace que las metáforas funcionen. Si se le dice a alguien la frase “una preciosa ballena azul”, la búsqueda transderivacional hará que esa persona inicie en su interior una búsqueda que le dé significado a la frase. La búsqueda transderivacional nos obliga a generalizar las experiencias y es la base del aprendizaje.

Cuando escuchamos un relato, inconscientemente tratamos de asociar los personajes que aparecen en el cuento con nuestros propios recuerdos o con nuestra propia experiencia actual. Eso ocurre, por ejemplo, cuando alguien cuenta un chiste e inmediatamente nos acordamos de otros parecidos o cuando alguien cuenta una anécdota y enseguida nos viene a la cabeza otra anécdota parecida que nos ha ocurrido a nosotros.

Cree una metáfora en siete pasos
Primer paso: decida en qué consiste el problema o dificultad y quiénes están implicados. Para ello adopte los principios de la buena formulación de objetivos (formulado en positivo, que sea automantenido, que sea ecológico, etc).

Segundo paso: identifique a los protagonistas. ¿Qué personajes intervienen en la historia real? ¿Hay unos padres y unos hijos? ¿Hay figuras de autoridad? Imagine que tuviera que convertir la situación real en una obra de teatro, ¿qué personajes intervendrían?

Tercer paso: convierta a los personajes reales en abstracciones, animales u objetos, aunque manteniendo las relaciones referenciales. Quizá los padres pueden convertirse en unos Reyes o el personaje de autoridad en un ogro que vive en un castillo. Si estamos hablando de unas relaciones interdependientes, es posible que nos sirva convertir a los personajes reales en planetas que giran alrededor del sol o en una familia de conejos que viven en una madriguera. Cuantos más elementos se transformen y se integren en el relato, más persuasiva será la metáfora.

Cuarto paso: establezca las relaciones entre los personajes inventados. Si estamos hablando de un problema de miedo y estamos convirtiendo a la familia en planetas, podemos hacer que el planeta más pequeño tenga miedo de salirse de la órbita o de que invada su espacio un planeta exterior.

Quinto paso: busque una salida, una solución al problema. Es posible que el planeta pequeño encuentre una forma de evitar que haya invasiones que desestabilicen su relación con el resto del sistema solar.

Sexto paso: conecte la solución con un nuevo recurso. ¿Qué nuevo recurso necesita el protagonista para salir airoso del problema? El pequeño planeta puede disponer, por ejemplo, de un rayo lleno de cariño que impida alejarse a los demás planetas.

Séptimo paso: establezca un puente entre el problema, el recurso y la solución.

En todo el proceso de la creación de la metáfora hay que adaptar el lenguaje y los personajes a la edad y las circunstancias de la persona a la que dirigimos el relato. Desde luego no es lo mismo una metáfora para un niño de siete años que tiene miedo al nacimiento de un nuevo hermanito, que para una mujer de cuarenta que acaba de separarse del marido.

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