Genialmente simple, simplemente genial

Llamamos modalidad a cada canal sensorial utilizado en el pensamiento. Si una persona crea o recuerda una imagen, utiliza la modalidad visual; si recuerda sonidos, la auditiva, etc. Submodalidades son las distinciones que las personas realizamos dentro de cada canal o modalidad: dónde está la imagen, qué tamaño tiene, si está en colores, si tiene movimiento, etc.

Teniendo en cuenta la cantidad de bibliografía existente, tanto en español como en inglés, acerca de PNL, llama la atención el poco espacio que se ha prestado a las submodalidades en los libros editados hasta la fecha. El único libro especializado en el tema “An Insider’s Guide to Submodalities”, está hasta donde yo sé sólo editado en idioma inglés, y su difusión es limitada.

Tampoco se discute sobre submodalidades en las listas de correo, donde en cambio sí abundan comentarios sobre lenguaje hipnótico, filosofía, patrones verbales para seducir mujeres, metaprogramas y otras yerbas comparativamente menos potentes.

Las personas que tienen poco conocimiento acerca de PNL suelen asociar a esta tecnología con las claves de acceso visuales y suelen tener alguna idea (si bien falsa) acerca de que los PNListas agrupamos las personas en visuales, auditivos, y kinestésicos. Y si saben que tenemos curas de fobias en una sola sesión, no imaginan que es una sencilla técnica basada en el funcionamiento de unas cuantas submodalidades.

Los PNListas locales que conozco casi ni prestan atención al tema submodalidades. Supongo que lo ven como algo muy técnico, difícil de manejar y de transmitir a quien nada sabe de estos temas. No se puede decir con facilidad que las submodalidades sirvan para algo. No son una “técnica”. No operan (al menos en apariencia), según “causa y efecto”; y tampoco sirven para imaginar categorías o grupos de personas (como sí lo hacen los patrones del VAKOG o los metaprogramas).

Pero el conocimiento de las submodalidades es crítico para un PNLista. Cada vez que una persona cambia una respuesta externa (como por ejemplo cuando la persona se cura de una fobia, o se decide a comprar algo) cambia simultáneamente su representación interna del fenómeno (como por ejemplo la representación del estímulo que disparaba la fobia, o la del producto que le estaba siendo ofrecido). Y lo que cambia son las características de la representación: en términos técnicos, las submodalidades. Ellas son las piezas con las que están construidas las representaciones; modificándolas se modifica todo lo que esté asociado a la representación (entre otras cosas, la sensación corporal o el estado interno). Son la diferencia que hace la diferencia.

Sintonía fina
Un sencillo ejemplo: tome un recuerdo cualquiera, uno de los buenos, el de las mejores vacaciones que pasó. ¿Qué es lo que ve? ¿Ve una imagen? ¿Cómo es la imagen?

Una de las distinciones más importantes es si usted se ve a sí mismo en la imagen, como desde afuera del recuerdo (lo que se llama una imagen disociada) o si recuerda como si estuviese “allá y entonces”, viendo lo que veía, oyendo lo que oía, sintiendo lo que sentía (una imagen asociada). Pruebe invertir esta submodalidad: si recuerda asociadamente, disóciese, y si recuerda disociadamente, “métase en la imagen”. Compare la sensación corporal que le produce estar asociado y disociado del recuerdo. ¿Cuál de las dos le produce una sensación más intensa?

Una de las cosas que descubrieron los PNListas hace mucho tiempo es que las personas que se habían curado de una fobia “se habían disociado de la experiencia”, mientras que los que la sufrían, revivían en un instante (o sea, recordaban asociadamente) una situación que les producía pavor. Por lo tanto, una de las técnicas principales del patrón de cura de fobias es lograr que la persona de disocie del recuerdo (a veces se requiere doble o triple disociación).

Uno de los generadores de nuevos comportamientos que existen funciona exactamente a la inversa: se comienza viendo una imagen disociada del comportamiento nuevo, para terminar asociándose y anclando el paseo al futuro. También se procede así para crear una filia (el reverso de una fobia: atracción por los seres queridos, por ejemplo).

El Chasquido, que da nombre a esta revista, también es un patrón basado en tres o cuatro submodalidades (brillo, tamaño, asociado/disociado, velocidad, y algo de ruido y polvillos mágicos por las dudas) que se utiliza para cambiar respuestas automáticas. Para mi gusto personal, es tan bueno que la PNL podría desaparecer hoy mismo y sin embargo ya haber hecho una contribución sustancial a las disciplinas del comportamiento.

Pero lo más importante del empleo de las submodalidades no es que sirvan para crear las técnicas que curan fobias o cambian respuestas automáticas, sino que conociendo su funcionamiento, se puede diseñar una técnica en cualquier momento para cualquier intervención (correctiva, reparadora o generativa). De hecho, los patrones básicos de fobia y chasquido requieren que uno les haga ajustes amoldándose a cada intervención: como toda técnica, no funcionan en todos los casos. Y el ajuste que se les hace es cambiar o agregar alguna modificación en alguna de las submodalidades del recuerdo o de la imagen nueva. Estos ajustes, verdadera sintonía fina de las representaciones internas, también permiten, con técnicas un poco más sofisticadas, tomar las riendas de los propios estados de ánimo a quienes tienen la suficiente práctica.
El trabajo con submodalidades es, lejos, la técnica más precisa que existe en PNL. Quizás por ello es que se la deja de lado: exige al operador gran atención, estudio, y preocupación por los detalles. Y quizás también por ello es que despertó el interés de quien hoy nos ocupa.

El Diablo sabe por Diablo, pero más sabe por viejo
Suele decirse que el máximo especialista en submodalidades es Richard Bandler. Entre otras cosas, fue el primero en hablar del tema, a principios de los 80. Pero este artículo está dedicado a la memoria de quien resumió y publicó los primeros desarrollos, que con el tiempo se convirtieron en lo que hoy se llama DHE, Will MacDonald. Lejos de ser una rata de biblioteca o un aspirante a Flautista de Hamelin (dos tipos de personaje muy difundidos entre los practicantes de PNL), el Will que conocimos fue un maestro trotamundos apasionado por la búsqueda de la simpleza y la elegancia. Daba la sensación de estar buscando la intervención perfecta, lo que para él era aquella que conseguiría el máximo resultado con la mínima acción posible.

Su patrón de cura de alergias, de no ser de hecho la intervención perfecta, le anda bastante cerca. Consiste solamente en hacer que una persona hable (aclaración para los conocedores: asociadamente) del contexto donde responde con la alergia, luego que hable del contexto más parecido en el que no lo hace, y hacer una violenta interrupción de patrón al canal kinestésico. Si uno es hábil, lleva unos dos minutos, como máximo. Y puede hacerse sin decirle a la persona lo que uno está haciendo, como si uno hablase del tiempo. Cuando los médicos y los psicólogos que desconfían de la PNL le pierdan el miedo, muchas alergias se curarán así. (Aclaración para médicos y psicólogos miedosos u ofendidos: no dije “todas”, sino “muchas”).

Desde el punto de vista técnico, el patrón de Will es un colapsado de anclas que opera sobre una sola submodalidad: la diferencia entre fondo y figura de la representación del estímulo que produce la alergia. Que de estar al frente y destacado pasa a ser absorbido por el fondo de la imagen (o sea una generalización de nivel lógico superior), y como resultado pierde su fuerza. En otras palabras, se diluye, y la alergia se esfuma. Sencillamente genial.

Will era, además, un mago del rapport. Una vez le presentaron a una escritora feminista, quien le dijo a modo de iniciar la charla, y en tono entre desafiante y desdeñoso, que estaba promocionando un libro acerca de mujeres y política, y de cómo ellas eran discriminadas por quienes detentan el poder. Will, con amplia sonrisa, y voz muy melodiosa, la miró y le respondió: “Mujeres… política… ¡Los temas que nos interesan a todos!”. Quienes estaban allí pudieron ver a la mujer derretirse ante sus ojos.
Una amiga mía me aclaró una vez que mucho de lo bueno que hacía Will no era debido a su experiencia o conocimientos de PNL, sino a su edad. Era el mayor de los trainers de primera línea, con edad suficiente para ser el papá de Richard. Por eso fue el primero en irse de aquí. Pero también por eso tenía algunos conocimientos que faltaron desde siempre en PNL porque sus autores promediaban entre 20 y 25 años cuando empezaron a trabajar en el campo.

Quienes siguen a Robert Dilts, por ejemplo, comentan los cambios en sus actitudes (y sus modelos) a medida que Robert fue esposo, padre, huérfano. Will ya conocía todo eso, y algunas otras cosas más. Se ganó la vida como director de TV, taxista, fotógrafo, documentalista. Una vez le pregunté por qué Richard Bandler nunca se había metido con él, ya que Bandler casi no había dejado títere con cabeza en la PNL norteamericana. Will me miró tranquilamente, y me dijo que le había contado un par de cosas acerca de sí mismo a Richard, que éste hizo averiguaciones, terminó por confirmar que eran ciertas, y a partir de entonces tenían un pacto de no agresión. Cuando le pregunté qué era lo que había hecho que tanto susto le dio a Richard, me miró tranquilamente y me dijo: “You don’t need to know” (No necesitás saberlo).
Aunque Will era tan bueno contando cuentos que nunca le creí por completo ninguna de sus historias, esa nota “peligrosa” que exhiben tantos PNListas de primera línea (creo que vía Milton Erickson), en Will servía para que los ambientes que creaba tuvieran aunque sea una mínima cuota de desafío. Ese desafío que está ausente de tantos seminarios “new age” y de autoayuda, que acaban por ser lisa y llanamente aburridos.

Ten cuidado con lo que sale de (y llevas a) tu boca
Will se inició en la PNL, como tantos otros, después de leer De Sapos a Príncipes hace unos veinte años. Por entonces, según contó, vivía en Nuevo México (donde aprendió un poco de castellano) y conducía su auto hasta California para cursar sus primeros seminarios. Con el tiempo, se instaló en Seattle, desde donde salía a recorrer el mundo dando cursos. Generalmente conseguía viajar en Business Class con pasaje de turista: una de las ventajas de saber PNL, decía él. Viajó numerosas veces a España, Australia, Inglaterra, y una vez a Argentina. Cuando lo vi salir por la puerta de pasajeros en el Aeropuerto de Ezeiza, parecía el personaje de historieta Lucky Luke con unos años más. El mismo perfil, jeans ajustados, botas de cowboy puntiagudas: sólo había reemplazado el cigarrillo por una pipa. Con 70 años, se movía como un hombre veinte años menor.

Suele decirse que se requiere tener curiosidad ilimitada para ser PNLista. Will también decía que no se puede hacer PNL si uno no tiene sentido del humor. Una vez nos contó una historia muy risueña acerca de su propia curiosidad. Parece ser que en aquella ocasión conoció una señorita en New York, y tras trabar amable conversación, concurrieron a un lugar con iluminación tenue (digamos, un restaurant, por las dudas). A los postres, la señorita se excusó para empolvarse la cara (o para ir al baño, como usted prefiera) y en el momento de irse, saca de su cartera un pequeño paquete y se lo da, diciendo: “Mira lo que tengo”.

Will abrió cuidadosamente el paquetito, para encontrar lo que parecía ser una masita o pequeño pastel, de estilo danés, con forma curiosa. Lo miró un poco y le pegó un mordisco. Como casi se rompe un diente, escupió el trocito y dejó el resto. Cuando la mujer volvió, le preguntó a Will qué le había parecido. Este respondió: “Un tanto arenosa, en realidad no me gustó mucho”.

“¡¿Te lo comiste?!”, preguntó espantada la mujer. “Bueno”, se excusó Will, “estábamos por pedir el postre, y la masita tenía linda forma”. La mujer, ya casi fuera de sí, le espetó: “¡Will, soy antopóloga! ¡Eso no es una masita! ¡Es una vértebra humana de 2000 años de antigüedad que un amigo me mandó de Egipto!”.

Ni una palabra de más
Para terminar, y con su permiso y disculpas, un testimonio personal. En 1995, tuve el gusto de formar parte del staff de un Practitioner dictado por Will y Rex Steven Sikes. Un día faltó una de las estudiantes y otra de ellas no tenía con quien ejercitar un “cambio de historia”. Me ofrecí, y aunque la cosa empezó inocentemente, empezaron a aparecerme imágenes de mi más tierna infancia. Cuando se acercó Will a ver cómo había salido todo, le conté alegremente que había recordado una estadía con mis tíos mientras mi madre daba a luz a mi hermano, y que en ella me la había pasado esquivando la puerta de la casa, pues allí me había agarrado el dedo meñique izquierdo (y perdido un pedacito) cuando yo era apenas un bebé. Qué increíble, le dije, todo fue nada más que un ancla mala.

¿Ah, sí? , dijo Will, con gran tranquilidad, ¿y cuántas otras puertas has esquivado, abiertas?
No sé qué ocurrirá cuando uno está por morirse y, como dicen, ve pasar imágenes de su vida. Pero ahí mismo me ocurrió algo que debe asemejarse bastante. Una verdadera avalancha de películas, recuerdos, imágenes sueltas, que fue interrumpida por la mano de Will en mi hombro, y su voz: No te preocupes, ya volveremos sobre la cuestión. Me incorporé y volví a mi lugar tras la mesa de sonido. Unos minutos más tarde, cuando recuperé el equilibrio, sentí pasos a mi derecha. Era Will, haciendo ruido. Nos miramos un instante y le dije: “¿Así que de eso se trata? ¿Nada más que unas pocas palabras?”. “Oh, sí”, dijo él, “una de más y lo arruinas todo”.

Con el tiempo, después de sus otras, breves, intervenciones para terminar con su trabajo en mi meñique, hasta el curioso orden de palabras en su frase inicial tiene sentido (con la palabra “abiertas” al final). Y lo más importante que aprendí es que hasta lo que podría llamarse una “cura de trauma”, puede hacerse de manera generativa (en lugar de reparadora): mi representación del pedacito de dedo perdido no es dolorosa, sino que comprendo las consecuencias positivas que el suceso tuvo en mi vida. Una de ellas, aunque suene extraño, fue que se me dio por aprender PNL.

Así que si por estas épocas llega a tener a mano una botella de “single malt”, el whisky más puro, cuya malta no ha sido mezclada con otras, y por lo tanto debe ser destilada con el mayor cuidado y atención, pues una acción de más o de menos lo arruina todo, acompáñeme con una copa a la memoria de Will MacDonald. El Glenmorangie era uno de sus favoritos. Debe beberse puro, sin agua, sin hielo. Oirá gaitas en el horizonte, las que en Avalon dan la bienvenida a nuestro amigo.

“Lo difícil es aprender donde buscar lo simple” W. M.

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