La extrema dependencia

Por Ricardo Morencos

Hay muchas personas que superponen los intereses de los demás a los suyos propios. Están atrapadas por la necesidad de agradar a los demás por encima de sus propios intereses. Las personas que les rodean son tan importantes para ellos que es primordial estar a la altura de sus expectativas, aun cuando ellos mismos se vean perjudicados por ello.

Es importante agradar a los padres y hermanos, a la mujer y a los hijos, a los compañeros de trabajo, a nuestros jefes, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, e incluso a las personas que no conocemos. Nuestros propios intereses pasan a un segundo plano. Nuestros sentimientos y emociones, nuestros deseos no tienen la misma importancia.

Entregamos de esta forma nuestra vida a la iniciativa de los demás. Del estado de ánimo de nuestra esposa o del mal humor de nuestro jefe depende nuestro propio estado de ánimo.

Nuestra felicidad depende de los demás de manera directa.

Los afectados por esta especie de “síndrome” se ven como meros espectadores de sus vidas. Nada pueden hacer por corregir el rumbo del destino. Se ven atrapados por los acontecimientos, sin capacidad de respuesta.

Estos afectados suelen ser personas que tienen, en general, un buen concepto de sí mismos. Son personas amables, con las cuales es fácil tratar. Sin embargo, cuentan con el problema de no saber poner freno a las exigencias de los demás. No saben negarse a los deseos de los demás. No saben poner límites a los abusos de los otros.

Estas personas no luchan por sus derechos por que estos les parecen poco importantes. Sin embargo, al no hacerlo se sienten frustrados. Esta subyugación acaba por deteriorar su autoestima, porque se ven incapaces de adoptar una posición de fuerza para hacer valer sus derechos.

Se comienza por ceder en pequeñas cosas sin importancia pero al final se termina cediendo en todo. Es como si una fuerza mayor nos debilitase antes de entablar una discusión, de oponernos a algo.

Estas continuas frustraciones acaban por hacer mella y generan resentimiento y rabia por no saber hacer valer nunca las necesidades propias. Pero no acaban aquí las desgracias de estas personas subyugadas por los demás, puesto que la mayor parte de los casos esta rabia nunca se manifiesta. La persona la controla porque piensa que no es correcto expresar en alto la ira. Esto aún aumenta más esa sensación de frustración.

En ocasiones estas personas dejan escapar su enfado de manera desproporcionada y por motivos nimios. Es la forma que tienen de desahogar su ira contenida.

El camino hacia la superación de la subyugación comienza por la reafirmación de la personalidad propia.

Es primordial reconocer que uno mismo es importante, que lo que piensa es importante, que lo que siente es importante. La reafirmación del “Yo” comienza por reconocer las propias necesidades y concederles la debida relevancia para poner los medios necesarios para satisfacerlas.

En un segundo estadio estaría el superar los sentimientos de miedo y de culpa por no cumplir siempre las expectativas de los demás, comenzando por valorar en su justa medida la importancia que la opinión que los demás tienen sobre nosotros.

En definitiva, las personas subyugadas por su extrema dependencia hacia los demás harían bien en aprender a ser un poco más egoístas.


Varios autores – Nuevos enfoques en educación

Podemos utilizar una analogía para explicar la forma en que podemos aumentar nuestros estilos de aprendizaje. Cuando vamos a pescar no se nos ocurre ir con un sólo anzuelo, seria absurdo algo así, porque si lo perdiéramos estaríamos desperdiciando todo el día. Igualmente, si fuéramos con un sólo anzuelo tampoco podríamos pescar diferentes tipos de peces, ya que hay distintos anzuelos apropiados para cada tipo de pescado. Tendremos más posibilidades de éxito cuantos más tipos de anzuelos llevemos en nuestra bolsa. Esto, que es algo evidente para ir a pescar, parece que no lo es tanto para bastantes estudiantes a la hora de ponerse a utilizar sus estilos de aprendizaje.
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