Evolución del juego en distintas edades del niño

Foto: RGNodak(Licensed Under Creative Commons)

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Por Ferry Reggio

Hasta los siete años, el niño aprende fundamentalmente por medio del juego, a través de la imitación de los adultos.

El observador superficial tal vez crea que el Juego es poco importante y poco serio, pero en realidad el Juego del niño tiene un profundo significado. Si algunos niños completamente sanos hoy en día ya no tienen capacidad para el Juego, raras veces hay que buscar la causa en ellos mismos, sino en su entorno inmediato: en la mayoría de los casos el comportamiento de los padres o la índole de los Juguetes disponibles tienen la culpa de que se haya perdido la facultad de Jugar con entrega.

Comprender las necesidades pedagógicas del niño en cada etapa de su desarrollo puede subsanar esta situación, como se verá en este texto.

Juego y trabajo, que desde el punto de vista del adulto parecen ser opuestos, a la hora de un examen más minucioso y teniendo en cuenta las leyes de la evolución humana, constituyen fenómenos entre los cuales existe una estrecha interdependencia.

El comportamiento del niño en el juego nos indica de qué manera se integrará más tarde en la vida. Como señaló Rudolf Steiner, “un niño que juega con lentitud será lento cuando tenga veinte años, así como lo será su pensar respecto a todo lo que se considera como experiencia de la vida. Un niño que es superficial en el juego, también será superficial en el futuro”. “Las inclinaciones que desarrolla el niño a la hora de jugar determinan el don de la observación en el adulto, quien sabrá pronosticar muchas facetas de su futura disposición anímica, de su carácter, etc. Y la manera en que un niño se hará valer en el futuro puede deducirse de su manera de Jugar”

La misma seriedad que el niño manifiesta en el juego, más adelante, en el adulto, se observará en su trabajo. La única diferencia que existe entre el juego del niño y el trabajo  del adulto consiste en que el trabajo debe basarse en la utilidad que exige el mundo externo, mientras que la actividad infantil nace de impulsos que surgen en su interior, de su imaginación, sin necesidad de defender la utilidad de esta actividad frente al mundo. Tales impulsos van siempre unidos con una sensación de alegría o placer, y al realizarlos producen una honda satisfacción. Y aunque el niño no siempre sabe expresarla con palabras, es fácil observarla en su conducta armónica, su interés, y, a menudo, en sus colores, o en la expresión feliz de su cara. Es una gran equivocación creer que al jugar los niños tienen que estar revoltosos. Pero es este un estado adecuado al hombre, ni una manera justificada del juego infantil, que en su forma más equilibrada, se manifiesta precisamente como armonía entre la creatividad interior y las condiciones externas. Por el contrario, como bien puede observarse, los niños revoltosos se excitan cada vez más, de modo que difícilmente atienden a las palabras del adulto y les cuesta trabajo aceptar la ayuda de los mayores para volver al juego tranquilo (el movimiento conveniente y totalmente necesario del niño no debe confundirse con el alboroto).

En el juego, el niño casi siempre imita aquello que como vivencia y experiencia capta del mundo de los mayores. Aprende a andar y a hablar por imitación. También imita las otras actividades del adulto —que luego se reflejan en el juego— que tienen un fin en sí mismas. Por ello es importante que en presencia del niño los adultos realicen sus actividades de un modo que despierten en él los impulsos que necesita.

Por ejemplo, el juego resulta más estimulante cuando una madre barre la habitación, o pone la mesa que cuando su padre, sin moverse, hace unos cálculos. El hecho de que el niño aprenda por imitación debería tener como consecuencia que el adulto se comportase de una manera digna de imitación en presencia de éste. Es más, tener este hecho tan presente en su conciencia con el tiempo puede llegar a permitir educar al niño por la imitación en lugar de por explicaciones u órdenes, ya que éstas se dirigen al intelecto del niño que aún está desarrollándose.

En esta etapa de la vida, aproximadamente hasta alcanzar la edad escolar de los siete años, el juego, o sea la actividad imitadora, constituye para el niño su manera de aprender. Por ello toda enseñanza intelectual es inadecuada, prematura e incluso nociva, como veremos más adelante. Con demasiada facilidad los padres adoptan una manera de instruir que corresponde a su propio estado de conciencia adulta, y que por ello les resulta más cómodo, en vez de hacerlo ellos mismos de ejemplo, cosa que requiere mucha más disciplina, hay que tener en cuenta el hecho de que no todos los niños saben ya Jugar de una manera plenamente satisfactoria. Es necesario, pues, volver a aprender lo que es jugar; hay cada vez más niños que precisan indicaciones adecuadas. El niño que conscientemente es llevado al juego por imitación tendrá la posibilidad de adquirir facultades que en una etapa posterior de su evolución le costaría mucho trabajo y disciplina alcanzar, como por ejemplo el orden, el cuidado, la entrega, la paciencia.

En este contexto, también desempeñan un papel importante las buenas costumbres, la moralidad y la fantasía. Mediante algunos ejemplos de distintas situaciones de juego intentaremos explicar estas indicaciones. Dividiremos a este respecto los primeros siete años de vida en tres períodos de juegos bien diferenciados.

En el lapso de tiempo que supone esta primera etapa de juego, el niño tiene que tomar posesión de su propio cuerpo. Para ello, la imitación, el hábito y la repetición continua inconsciente tienen una función importantísima. El niño se muestra sorprendentemente infatigable en su afán de erguirse, y no se desanima por ningún fracaso. Digamos que no precisa ser invitado a erguirse. Sólo por la imitación de los mayores persigue su objetivo de ponerse de pie y de trasladarse, adquiriendo así una relación completamente nueva con las dimensiones del espacio. A continuación, y por el mismo método, conquista la facultad de hablar, y con ella se desarrolla la disposición para pensar. Después de “apoderarse” de su propio cuerpo y de todos los objetos de su alrededor, el niño comienza a acompañar a la madre en su quehacer doméstico. Con ello alcanza una nueva etapa del aprendizaje imitativo, en que hace una selección cada vez más individual y menos condicionada por la especie. Ahora la relación personal con determinados adultos cobra importancia decisiva en su vida futura.

Los actos de los adultos no se captan de manera consciente, sino por amor. En un primer momento el niño se limita a la acción imitadora que aparentemente carece de sentido. Pasa por la habitación igual que lo suele hacer la madre, coge los objetos que ella acaba de recoger para colocarlos en otro sitio. De la misma manera que la madre llena una cesta con patatas, el niño llena su cesto o su carrito con tacos de madera. Pero es evidente que no le basta con llenarlo una vez, porque entonces no emplearía toda su actividad en vaciarlo una y otra vez. Y el que aún no comprenda el sentido de una actividad lo demuestra el hecho de que si se le deja manejar la escoba y la bayeta, las pasa por los rincones y el fondo del armario, igual que la madre, aunque no recoja nada de suciedad.

Durante las horas del día en que el niño Juega solo o junto a los hermanos, le gusta construir repetidamente una torre con taquitos de madera lo suficientemente alta como para que se derrumbe, o bien llenar un cubito de arena para luego volver a vaciarlo disfrutando con el placer de sentir pasar la arena por las piernas y las manos. Con un recipiente lleno de agua hace lo mismo. Si a los dos o tres años juega con sus hermanos a “papas y mamas”, se observa que tampoco en esta situación capta el verdadero sentido del Juego, lo que es propio de una etapa posterior. Lleva los actos de los mayores al juego “como si fuera de verdad”, de ahí que sea capaz de comerse las hierbas que suponen la ensalada o la arena que sirve de flan.

Estos pocos ejemplos revelan en qué medida el niño realiza su actividad con entrega, seriedad y esfuerzo, lo cual a su vez le produce satisfacción y alegría. Asimismo se pone de manifiesto el hecho de que el niño lo aprende todo gracias a la imitación. Memos podido observar que muchos niños que a esa edad temprana no tuvieron la ocasión de aprender por imitación y que, en cambio, adquirieron determinados modos de comportamiento por medio del intelecto y la obediencia, a los cuatro años ya habían perdido casi toda iniciativa para jugar y les costaba trabajo establecer contacto con otros niños, lo cual se reflejaba en signos de palidez.

En el período entre el tercer y el quinto año de vida, que también puede llamarse la edad de la imaginación, aparecen otras facultades totalmente nuevas. Toda la energía que antes de este período empleó el niño para erguirse, andar y hablar, así como para empezar a pensar, ahora encuentra un nuevo campo de acción. Pondremos primero algunos ejemplos:

Un niño de cuatro años observa cómo la madre lava la ropa. Coge un cesto vacío, cubre el fondo con bellotas y castañas (a modo de detergente), trae algunos trapos y empieza a “lavar”. Al poco rato recoge las bellotas y castañas en un paño y se lo cuelga al hombro como si fuera un saco. Inclinado y con pasos dificultosos se acerca a la madre y le quiere vender carbones. Luego vacía el cesto y coloca el paño encima de él como si fuera una bañera. Allí baña la muñeca usando una castaña como jabón. Ahora el trapo sirve de toalla y una bellota de biberón.

Otro niño de cuatro niños encuentra entre la leña para la chimenea un trozo partido a lo largo. Le parece bien utilizarlo de plancha. Con otro trozo de madera más, se ha convertido en apisonadora y los trapos planchados en carretera. Y un rato más tarde, la apisonadora puesta al revés se convierte en barco con piloto y capitán, y alrededor de él se construye un puerto y un muelle.

Sirvan estos pocos ejemplos para ilustrar la característica de esta edad. Lo que más llama la atención es ciertamente aquella facultad del niño que le pone en condiciones de convertir las cosas sencillas en objetos “verdaderos” que forman parte de su ámbito vital (madera-plancha;
castaña-jabón). Sus actos, o mejor dicho, su juego, es la imitación de la vida diaria. En este juego se observa un cambio continuo y en él no existe ningún objetivo. En ningún caso se trata aquí de una falta de concentración en el Juego, sino de un alto grado de productividad infantil, es decir de fantasía creativa.

El tercer período, entre los cinco y los siete años, se caracteriza por el hecho de que el niño ya no recibe los impulsos para su actividad tan sólo desde fuera, por ejemplo de los objetos (característica de la etapa anterior), sino que los impulsos ahora surgen dentro de él. Aunque el juego aún se orienta en la imitación de los adultos, antes de realizar el juego el niño tiene una imagen, una idea de lo que quiere hacer.

Si por ejemplo se reúnen cuatro niños entre cinco y seis años para jugar a “papas y mamas”, determinan exactamente las funciones de que se harán cargo. La “madre” al poner la mesa, se da cuenta de que le faltan las tazas y la cafetera; sólo tiene unos platos de madera. En una cesta con leña, encuentra lo que busca. Durante la comida, de repente surge otro proyecto: quieren convertir la vivienda en la clínica de un médico. Parece que los niños guardan un recuerdo bastante fiel de lo que es una clínica. Una vez colocados los muebles para el cuarto de consulta y la sala de espera, se dedican a los detalles, como son los instrumentos de auscultación, las vendas, y los frascos con medicina. Todo ello se fabrica de manera sencillísima con palitos, trapos y lacitos. A los “enfermos” se les trata con mucho cuidado, mientras que otros “enfermos”, en la sala de espera, se entretienen con revistas hechas de paños doblados.

Otro grupo de niños de entre cinco y seis años construye una granja utilizando leña, cortezas, pinas, piedrecitas y figuritas sencillas de madera que representan animales y personas. Los niños no se olvidan de las cuadras, un pozo, las praderas, y campos. Luego amueblan las habitaciones, les dan de comer a los animales y mandan al pastor a la pradera con sus ovejas. Durante muchos días los niños continúan perfeccionando la granja, añadiendo allí, transformando algo allá, ya que parece que las imágenes que continuamente surgen en su interior no coinciden con la obra inicial.

La imaginación del segundo período de juego, y que le da al niño el impulso de las acciones más variadas, ahora se caracteriza cada vez más por una finalidad práctica. En este tercer período a los niños les gusta inventarse historietas para representarlas ante otros niños, o bien con muñecas o disfrazados ellos mismos. La imaginación se manifiesta muy claramente en el moldeado con cera o con arcilla, en trabajos manuales sencillos o en la pintura con acuarela o con cera.

Resumiendo los tres períodos, puede decirse que el niño hasta los siete años aproximadamente conquista el mundo mediante el juego activo. Esta actividad le proporcionará una cantidad inmensa de sensaciones, impresiones sensoriales, observaciones prácticas, y de ahí representaciones, experiencias y conocimientos.

Este aprendizaje se caracteriza por la universalidad y por poder revelarse al adulto, paso a paso, mediante la observación exacta. Hemos de cuidar que el niño pueda vivir estos períodos de la manera descrita y que no se les impida su despliegue multifacético con la imposición de memorizaciones y abstracciones prematuras.

Una característica importante de los primeros seis o siete años de vida del niño es su entrega total al mundo que le rodea. Ello se manifiesta especialmente en su fuerte capacidad de imitación y también en el hecho de que los sentimientos y la conciencia infantiles estén totalmente ligados a los sucesos y a los objetos de su alrededor. Sólo por el despertar paulatino de la conciencia, al final de esta etapa evolutiva, el niño adquiere la facultad de tener representaciones independientes. Por ello las impresiones que se reciben tan sólo a través de los sentidos aún no pueden asimilarse por la conciencia en los primeros años de la infancia. De ahí que estas impresiones entren más profundamente en el organismo y ejerzan una influencia duradera sobre las funciones y las estructuras orgánicas que se están desarrollando en esta edad. También podría decirse que el niño, con todas sus vivencias, ejerce un arte plástico en sus órganos, ya que deja que el exterior entre dentro de él “impresionando” los órganos. Tomando en serio la idea de “incorporación” de todas las vivencias de la primera infancia, los padres y los educadores han de procurar que el ambiente en que vive el niño sea todo lo saludable y armónico posible. Aparte del mundo polifacético de los colores, hay que destacar sobre todo la importancia de lo que le llega al niño a través de los oídos. Es fácil imaginarse los efectos que pueda tener la voz de la madre, sus palabras o su canto, o el sonido suave de un instrumento de cuerda, como la lira. Comparándolos viva y sinceramente con los ruidos producidos por los aparatos de transmisión técnica (radio, discos, etc.) nos podemos dar cuenta de lo que favorece o estropea un buen oído.
Es fácil comprender que sean de la máxima importancia las impresiones que el niño capta del contacto directo con las personas que le rodean. La formación de los procesos físicos del niño, y con ello su salud, dependen de la alegría y la sinceridad, del amor y la confianza, de la claridad del pensamiento.

 

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