¿Es verde el elefante?

Foto: Acoco16(LCC)

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Por Tom Sinisi

Muchos investigadores contemporáneos creen que los problemas metafísicos son «meramente verbales». Otros insisten en que la metafísica es, en su naturaleza y en su intención, una empresa descriptiva. Me parece que ambos modos de ver son parcialmente correctos. La ontología, el verdadero corazón de la metafísica, es descriptiva en cuanto intenta catalogar los rasgos categoriales del mundo. Semejante catálogo puede ser completo o incompleto. Si es incompleto, no es satisfactorio según los patrones filosóficos. Muchos sistemas metafísicos tradicionales son insatisfactorios en ese sentido; quienes los proponen no hacen el catálogo de todos los rasgos categoriales del mundo. Desde luego, convienen en que hay bastones y piedras y en que no hay sirenas. Pero no convienen acerca de la estructura categorial del mundo. Su falta de acuerdo en ese aspecto no es menos factual o descriptiva que cualquier falta de acuerdo en la ciencia.

Sin embargo, aunque dos catálogos ontológicos coinciden en aquello que mencionan, puede producirse una clase diferente de desacuerdo. En tales catálogos, los distintos detalles difieren unos de otros en diferentes aspectos que son filosóficamente importantes. Por ejemplo, puede decirse que los particulares están en el espacio y-o en el tiempo, en tanto que los universales no. Cierto metafísico puede considerar que alguna de esas diferencias es más importante o fundamental que otras. En tal caso, puede transformar esas diferencias características en criterios para la distinción de modos de existencia. Por ejemplo, aun cuando su catálogo incluya universales, puede decir que sólo los particulares existen realmente, porque sólo ellos están localizados en el espacio y en el tiempo. Otro metafísico, en cambio, puede pretender que sólo los universales existen realmente, porque sólo ellos son intemporales. Pero está claro que mientras dos metafísicos estén de acuerdo en lo que hay, y también en qué diferencias importantes existen entre las distintas categorías de lo que hay, su falta de acuerdo en lo que debe considerarse como existente y lo que debe considerarse como subsistente, será, en buena medida, meramente verbal. No hay diferentes modos de existencia. Sólo hay diferentes modos de existentes.

Además de estas dos clases de desacuerdo, hay todavía una tercera. La cuestión ontológica de lo que hay no puede separarse de la cuestión epistemológica de cómo conocemos lo que hay. Sin duda, preguntar por una no es preguntar por la otra —no debemos heredar la confusión idealista entre ontología y epistemología—. Pero una cuestión conduce pronto a la otra: y preguntar cómo conocemos lo que hay, lleva, de modo enteramente natural, a una consideración de la estructura y capacidad de la mente.

Universales

No puede haber duda de que en-la percepción uno se enfrenta con cosas rojas más bien que con la rojez sola o aislada. Ni puede haber la menor duda de que nunca nos enfrentamos con «cosas desnudas», es decir, con «cosas» que no tengan propiedades y que no ejemplifiquen relaciones. Este hecho se ha utilizado a menudo como un criterio ontológico: lo que existe es lo que puede hacerse presente en la percepción con independencia de otras cosas. Llamemos a éste el criterio de independencia.

Consideremos ahora una situación en la cual hay dos elefantes verdes, del mismo matiz de verde, y ninguna otra cosa. Cualquier análisis satisfactorio de esta situación debe hacer justicia a dos hechos; a saber: a) que hay dos elefantes y no uno sólo, y b) que esos dos elefantes tienen, sin embargo, algo en común; es decir, que participan del mismo color. Por consiguiente, haremos la siguiente descripción ontológica de la situación. Primero, cada uno de los dos elefantes contiene un particular (desnudo). Estos particulares dan cuenta de la diferencia numérica entre los dos elefantes. Segundo, cada uno de los dos elefantes contiene también la propiedad verde, o, mejor, un particular matiz de verde. Este matiz particular da cuenta del hecho de que, aunque los elefantes son numéricamente diferentes, participan de una propiedad común. Tercero, los dos particulares ejemplifican esa propiedad. Esto da cuenta del hecho de que la propiedad está «en» esos dos elefantes, que los elefantes la tienen. Así pues, nuestro ensayo ontológico ofrece cuatro entidades diferentes: dos particulares, un universal, y el nexo de ejemplificación. Hay (al menos) esas cuatro entidades.

Está claro que nuestra relación ontológica implica un rechazo del criterio de independencia; porque, desde luego, uno no puede percibir por sí mismos ni particulares desnudos ni universales no ejemplificados. Pero al rechazar aquel criterio no negamos el hecho de que nunca percibimos particulares ni universales aislados.

¿Qué ocurre si uno permanece adherido al criterio de independencia? ¿Qué clase de relación ontológica puede ofrecerse entonces? Evidentemente, habrá que insistir en que la situación contiene sólo dos existentes, los dos elefantes verdes; porque éstos y sólo éstos son de la clase que puede ser percibida independientemente. Pero éste no puede ser un análisis completo. Para completarlo habrá que dar cuenta de algún modo del hecho de que los dos elefantes participan del mismo color. Hay tres modos plausibles de hacerlo.
Primero. Partiendo de las dos proposiciones ‘esto es verde’ y ‘eso es verde’, puede sostenerse que ‘esto’ y ‘eso’ (o ‘a’ y ‘b’) designan los dos elefantes. A continuación se distingue entre nombres propios y nombres comunes. ‘Esto’ y ‘eso’ vale como nombres propios, mientras que ‘verde’ es un nombre común de los dos elefantes. Según este análisis, hay sólo dos cosas comprendidas en la situación, los dos elefantes verdes. Pero estas dos cosas son nombradas propiamente ‘esto’ y ‘eso’, y, además, comúnmente, ‘verde’. Pero este informe ontológico no vale, como podrá apreciarse si preguntamos por el posible significado de la cópula cuando ‘verde’ se trata como un «nombre común» de ‘esto y ‘eso’.

Parece que no hay más que los cuatro casos siguientes: 1) Está claro que la cópula no puede significar que un elefante tiene la propiedad de ser verde, porque entonces ‘verde’ tendría que designar una propiedad del elefante más bien que el todo del elefante, con sus propiedades. 2) La cópula no podría expresar la condición de miembro de una clase, porque entonces ‘verde’ tendría que referirse a la clase de las cosas verdes más bien que a cada miembro de la clase tomado separadamente, que es lo que afirma la doctrina del nombre común. 3) La cópula no puede significar inclusión en una clase, porque también entonces ‘verde’ designaría una clase y no sería un nombre común. 4) Finalmente, queda la posibilidad de que la cópula exprese identidad. Pero una breve reflexión muestra que esta interpretación choca con la doctrina del nombre común. El signo de identidad, como han explicado Leibniz y Russell, se encuentra siempre entre dos nombres propios; es decir, entre dos nombres, cada uno de los cuales designan una cosa y sólo una, sea esa cosa un individuo, una propiedad, una clase o una relación. En cambio, el nombre común se supone que se refiere a más de una cosa. De ahí que la cópula no pueda expresar identidad. Por lo tanto, no nos vale ninguna de las cuatro posibilidades. Esto nos sitúa en mejor posición para ver por qué hay una dificultad fundamental que la doctrina del nombre común no puede resolver. Puesto que un nombre común debe designar varias cosas sin designar una clase de cosas, la cópula debe expresar de algún modo una conexión entre una cosa particular y un «grupo de cosas», si puedo decirlo así, sin expresar una conexión entre una cosa particular y una clase de cosas. ¿Qué conexión podría ser ésa? Pienso que la doctrina de los nombres comunes no pueda dar una respuesta satisfactoria a esta cuestión.

Segundo. Podría concebirse la cópula como expresando una relación de parte a todo. ‘Esto es verde’ y ‘eso es verde’ se transforman entonces respectivamente en ‘esto es parte de verde’ y ‘eso es parte de verde’. Si se pregunta a qué se refiere ahora ‘verde’, la respuesta es que designa un todo compuesto por las varias cosas verdes del mundo.

Pero ese análisis es también insatisfactorio. En primer lugar, no da resultado con todas las propiedades. Y, lo que es más importante, no ofrece respuesta a la cuestión de qué hay en los dos elefantes que le haga pertenecer al mismo todo. Esparcido como está ese peculiar todo a través del espacio y el tiempo, es evidente que no podemos empezar por mirarlo para ver si este elefante y ese elefante están entre sus partes. Finalmente, si ‘verde’ designa una tercera entidad que añadir a los dos elefantes que hemos designado por ‘esto’ y ‘eso’, ¿por qué podría pensarse que esa opinión es preferible a la nuestra? La respuesta se encuentra en un segundo criterio de existencia. Según este criterio, lo que existe es lo que está localizado en el espacio y-o en el tiempo. Ya hemos visto que este criterio de localización es la fuente originaria del nominalismo de Brentano. Concebido como un todo compuesto por todas las cosas verdes, puede sostenerse razonablemente que el verde está localizado; concebido como un universal, eso no puede sostenerse. Así se comprende que el análisis que estamos considerando atraiga principalmente a aquellos filósofos que rechazan los universales porque el criterio de localización les guía, explícita o implícitamente, en la formulación de sus ontologías. Pero, sea como fuere, sabemos que el análisis es inaceptable. Esto nos conduce a la tercera y última posibilidad.

Tercero. Concibiendo la cópula una vez más como expresiva de una relación de parte a todo, se puede intentar leer las dos proposiciones que consideramos como ‘el verde es parte de esto’ y ‘el verde es parte de eso’, respectivamente. En esta interpretación, ¿a qué se refiere ‘verde’?
Si uno toma ‘verde’ como un nombre propio, sólo podría ser el nombre de una entidad que es a la vez parte de esto y parte de eso. Y eso significa que tendría que ser el nombre de un universal. Para evitar esta respuesta realista, podría volverse a la doctrina del nombre común, entendiendo que ‘verde’ lo es. Pero en este contexto esa posibilidad carece de sentido. Porque, suponiendo que en este contexto ‘verde’ sea un nombre común, ¿qué podría designar
comúnmente? Con seguridad, no podría ser el nombre común de esto y de eso, porque entonces ya no tendría sentido decir que el verde es una parte de esto y de eso. Ni tendría sentido decir que ‘verde’ es el nombre común de todas las partes verdes; porque las cosas que tienen nombres comunes también tienen, o pueden tener, nombres propios, y ¿cuál podría ser el nombre propio de esta parte verde, es decir, de la parte verde de ‘esto’? Cualquier respuesta a esta pregunta nos remite simplemente al problema original; a saber: cómo dar cuenta de la «identidad» en dos elefantes numéricamente diferentes. Por lo tanto, ‘verde’ no puede ser un
nombre común según ese análisis.

En este punto, quien quiera ser nominalista tiene una sola posibilidad. Debe mantener que ‘verde’ es un nombre propio. Pero si es un nombre propio, debe designar algo, y entonces, ¿cuál es el status ontológico de aquello a que se refiere ‘verde’? Si se acepta el criterio de independencia, la respuesta es obvia. ‘Verde’ no puede designar un existente, porque aquello a que se refiere ‘verde’ no es nunca percibido con independencia. Por lo tanto, debe designar una entidad que no es un existente. A una entidad así podemos llamarla subsistente. Entonces, la aplicación del criterio de independencia, en último análisis, no excluye los universales del inventario ontológico. Cualquier descripción ontológica satisfactoria del mundo debe mencionar los universales. Sólo que si uno emplea el criterio de independencia, o, en esta cuestión, el criterio de localización, ha de asignar a los universales un status ontológico limitado. Uno puede decir entonces que aun cuando hay universales, tales entidades no existen realmente: sólo subsisten. Sin embargo, uno no debe dejarse extraviar por esa elección terminológica. No se ha puesto de manifiesto que los universales tengan un modo de ser distinto del de otras entidades. Todo lo que se ha puesto de manifiesto es que los universales difieren de otras clase”; He entidades. Por ejemplo, los universales, a diferencia de cosas como elefantes coloreados, nunca son percibidos aisladamente.

Y los universales no están localizados en el espacio y en el tiempo, como los particulares y los elefantes. Se hace entonces uso de esas diferencias para distinguir entre existentes y subsistentes. En síntesis, distinguir entre existentes y subsistentes no es distinguir entre diferentes modos de ser, sino entre diferentes clases de entidades.


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