Un animal

Por Raúl Fernández

Hay dos opiniones contrarias entre sí respecto de lo que podemos aprender acerca del hombre mediante el estudio de los animales. Según una de ellas, es lícito el tránsito argumental directo del animal al hombre, y, si la evolución es cierta, no queda otra alternativa que la de proceder así. Según la otra opinión, semejante manera de argüir no se justificaría, porque el hombre, a pesar de su ascendencia animal, es una criatura altamente diferenciada, sin ningún paralelo posible en el mundo animal; dicho con otras palabras: en la evolución hay tanto una continuidad como una discontinuidad. Tal vez la verdad no esté en ninguna de estas dos opiniones extremas.

El estudio científico del comportamiento de los animales tiene un origen relativamente reciente, pero ya desde hace unos cincuenta mil años venían mostrando nuestros antepasados profundo interés por las especies animales distintas de la suya. Numerosas cavernas prehistóricas fueron decoradas —puede que para fines estéticos no menos que mágicos— con figuras de bisontes, ciervos y otros animales de caza. Esta costumbre no ha terminado. Aunque, hablando propiamente, la mayoría de los hogares no pueden describirse como cavernas, sin embargo, todavía hoy nos pagamos de adornar sus paredes con pinturas de animales, y las aventuras en que entran bestias reales o míticas son constante fuente de placer no sólo para los jóvenes. Ninguna ciudad moderna está completa sin su parque zoológico, que es un lugar muy útil para observar rasgos peculiares tanto de los animales como del hombre. Fijarse en una persona cuando ésta contempla las gracias de un mico es a veces más instructivo que fijarse en el mismo animalejo. Los animales que más atraen la atención de los visitantes de los zoos son los que, por usar sus extremidades delanteras como brazos y manos, más se parecen al hombre: chimpancés, osos, ardillas… y el elefante, que con su trompa que le sirve de mano ofrece un atractivo muy singular para los curiosos.

Las relaciones del hombre con el animal han tomado diversas formas. El acervo de fábulas animalísticas corrientes entre los pueblos antiguos y primitivos revela las significaciones que tales hombres dan a los animales y su gusto y afición por ellos, como lo prueba la práctica de la tenencia de mascotas; los egipcios, por ejemplo, criaban con regalo multitud de antílopes, monos, cocodrilos, panteras y hienas. Algunos animales han recibido culto como dioses o seres sagrados, o han sido tenidos por objetos tabú. A veces, esto ha acarreado extrañas consecuencias. Así, hasta 1827 no se introdujo en Constantinopla la imprenta porque el nombre de Alá en el Corán no debía ser tocado con un cepillo hecho de pelos de cerdo.

La expresión, hoy común, «eres un ganso» o «eres tan estúpido como un ganso» hubiese sido incomprensible en los tiempos en que los gansos eran reverenciados por sus virtudes divinas. Los indios creían que un ganso le enseñó a Brahma los sagrados Vedas. En Roma gozaban los gansos de gran reputación como seres inteligentes, debido sin duda a la tradición que les atribuía el hecho de haber salvado a la urbe despertando a los centinelas con sus estrepitosos graznidos cuando los galos invasores intentaron apoderarse por la noche del Capitolio, en el año 390 a. de J. C. A partir de entonces hubo siempre en Roma, en el templo de Juno, unos gansos, y esta «inteligente» ave quedó consagrada a la diosa.

Hay también la creencia de que las almas de los hombres, después de la muerte, se introducen en cuerpos de animales. La doctrina de la transmigración de las almas o «metempsicosis» estuvo vigente en las muy desarrolladas civilizaciones de la India antigua y en Grecia, y se halla difundida asimismo en sociedades tribales muy primitivas. Pitágoras, el filósofo y matemático griego a quien tanto debe cualquier escolar elemental, reprendió una vez a un hombre al que vio golpear en la calle a un perrillo: en los lastimeros aullidos del animalito maltratado reconocía él, según dijo, la voz de un amigo suyo difunto. Esta creencia explica, en el fondo, la práctica, que perduró hasta la Edad Media, de castigar a los animales por sus «crímenes», como si fuesen seres humanos. Si un animal doméstico había cometido alguna fechoría grave se le sometía a los rigores de la ley: acusado, se le daba la oportunidad de defenderse o de ser defendido por un consejo ante un tribunal; si se le reconocía culpable, podía padecer la pena capital siendo ahorcado, enterrado vivo o quemado por el verdugo con toda la solemnidad de que se solía rodear el ajusticiamiento de los malhechores. El procedimiento eclesiástico llegaba a la excomunión y estaba reservado para especies enteras de alimañas tenidas por dañinas, tales como ratones, ratas, topos, insectos, sapos y culebras. En Canadá fue aplicable a los palomos salvajes; en el sur de Francia, a las cigüeñas; en Alemania, a los gorriones, y en Genova, a las anguilas.

Los mitos y leyendas de muchos pueblos hablan de niños que fueron amamantados por fieras, como los romanos Rómulo y Remo, cuya nodriza se dice que fue una loba. A la luz de las observaciones hechas por sir Francis Galton, tales cuentos no son tan fantásticos como parecen a primera vista. Refiere Galton lo maravillado que se quedó al ver, en sus viajes por África, que algunas cabras buscaban a los niños y trataban de amamantarles. «Al acampar por las noches durante mis viajes africanos —escribe—, la leche de mis cabras se la han chupado toda de las mismas ubres desmirriados chiquillos negros que no tenían fuerzas más que para arrastrarse a gatas hasta allí, pero que sabían llegar no obstante a cierto secreto entendimiento con las cabras y mamaban cuanto podían.»

 

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