El significado

Por R. Grosman

Las expresiones lingüísticas como grafismos y sonidos son parte del mundo perceptivo. Son objetos perceptivos entre otros objetos perceptivos. Las usamos según ciertas reglas. Las escribimos en cierto orden y las proferimos en cierta sucesión. Además, aprendemos en qué circunstancias es oportuno, cortés, impropio, falaz, usar precisamente esas expresiones, en ese preciso orden y con ese tono de voz. Pero su significado no se agota con las reglas gramaticales y sociales. Muchas expresiones y sartas de expresiones hacen referencia al mundo. Representan cosas y estados de hechos. Y en la medida en que el lenguaje hace referencia al mundo, no consiste sólo en grafismos y sonidos que forman conjuntos de acuerdo con convenciones gramaticales y sociales. Comparar el lenguaje con el juego de ajedrez es exponerse a graves descarríos. Hay, desde luego, alguna semejanza entre ellos. Las piezas del ajedrez pueden compararse a los grafismos y sonidos del lenguaje. Las reglas para mover aquellas piezas pueden compararse con las reglas de formación del lenguaje. Lo mismo que las reglas para mover las piezas determinan qué movimientos están permitidos, las reglas de formación determinan cuáles son las combinaciones posibles —es decir, bien formadas— de las expresiones.

La estrategia del ajedrez puede compararse a la similar estrategia que empleamos en el juego social del lenguaje. Decimos ciertas cosas no porque sea eso lo que entendemos, sino porque queremos que otros crean que es eso lo que entendemos. Decimos cosas para hacer a otras personas felices o desgraciadas. Pero la analogía no puede ser llevada más lejos. Porque, como hemos dicho, el lenguaje se refiere además al mundo, mientras que las piezas de ajedrez no se refieren a nada. Lo que falta en el juego de ajedrez es la función descriptiva que tienen los grafismos y los sonidos del lenguaje.

Está, pues, claro que muchas expresiones lingüísticas representan algo. Está también claro que no lo hacen por sí mismas, o como meros objetos perceptibles. Más bien usamos de esos grafismos o sonidos con la intención de referirnos a, representar, o describir cosas. La posibilidad de utilizar de ese modo objetos perceptibles descansa, entre otras cosas, en el hecho de que uno puede pensar cosas y circunstancias, significar cosas y circunstancias, referirse intencionalmente a cosas y circunstancias, tener en la mente cosas y circunstancias. Sin duda, éstos son los más notables poderes de la mente.

Grafismos y sonidos se utilizan para representar cosas que pensamos, a que nos referimos, o que describimos. Pero eso significa que las expresiones lingüísticas están conectadas con pensamientos tanto como con cosas y estados de hechos. La conexión se da así en dos direcciones: una expresión particular, por ejemplo, puede expresar un pensamiento y representar un estado de hechos. De ahí que el lenguaje presuponga dos conexiones lingüísticas y una no-lingüística. Las lingüísticas son, primero, la conexión entre un pensamiento y una expresión, y, segundo, la conexión entre un estado de hechos y una expresión. La conexión no lingüística existe entre un pensamiento y el estado de hechos al cual se refiere el pensamiento. Dicho brevemente, ciertas expresiones bien construidas tienen a la vez un «sentido» y una «referencia».

Tienen significado porque expresan pensamientos, y porque expresan cosas y estados de hechos. Llamemos a ésta la opinión del doble vínculo de significado. Durante mucho tiempo ha sido admitida sin discusión. Recientemente, sin embargo, se ha visto atacada por ciertos filósofos del lenguaje.

Ya he dicho que una proposición puede representar un estado de hechos. Pero esto no quiere decir que represente un estado de hechos cualquier expresión que, gramaticalmente hablando, sea una proposición. Preguntas y órdenes constituyen excepciones obvias, y es muy fácil que haya otras. (Esto no significa, sin embargo, que la función representativa esté enteramente ausente en las preguntas y en las órdenes. Las palabras que integran esas preguntas y órdenes tienen esa función representativa. En caso contrario no sabríamos sobre qué versa la pregunta o qué se quiere que se haga) Pero, aunque limitemos nuestra investigación a las llamadas proposiciones enunciativas, parece haber algunas excepciones a la regla. Al menos, todas las proposiciones falsas parecen ser excepciones. Esto suscita dos cuestiones conexas.

Primera, ¿cómo puede un pensamiento dirigirse intencionalmente a un estado de hechos inexistente? Segunda, ¿cómo puede una proposición falsa representar un estado de hechos? Es evidente que las dos cuestiones se encuentran estrechamente relacionadas.

Según nuestro modo de ver, la respuesta es la misma en ambas: debemos distinguir entre estados de hechos actuales y estados de hechos meramente posibles. Una proposición falsa representa no un estado de hechos actual, sino un estado de hechos posible. Un pensamiento expresado por una proposición falsa se dirige intencionalmente no a un estado de hechos actual, sino a un estado de hechos posible. Utilizaré el término “intención” para cubrir ambas clases de estados de hechos. Toda proposición enunciativa representa así una intención, y todo pensamiento se dirige a una intención. Más adelante discutiremos si ese modo de ver, como un todo, puede o no defenderse. Tratemos de ver qué alternativas podría haber para él.

Podría argüirse que una proposición no representa nada cuando es falsa. Pero puesto que, a pesar de ello, tiene un significado (ya que la entendemos perfectamente bien), podemos concluir que el significado de una proposición falsa reside enteramente en el pensamiento que esa proposición expresa. Porque el pensamiento, ciertamente, existe, aunque cuando la proposición que lo exprese sea falsa. Generalizando del caso de las proposiciones falsas al de todas las proposiciones, se llega a la opinión de que el significado de una proposición reside siempre en el pensamiento que expresa. Entonces no hay más que un vínculo que conecta una proposición con entidades no lingüísticas; a saber: el vínculo entre un pensamiento y su expresión lingüística. Pero esta opinión es evidentemente falsa. El lenguaje, cualesquiera que sean los otros usos que pueda tener, se usa a menudo para describir el mundo. No se usa simplemente para expresar nuestros pensamientos. Sin embargo, esa crítica se aplica sólo a la opinión del vínculo simple, no a la de que hay algunas expresiones que no representan nada. Esta última queda a medio camino entre la del doble vínculo (para proposiciones) y la del vínculo simple que hemos rechazado.

Esta es, pues, una parte del ataque contra la opinión del doble vínculo de significado, se alega que no todas las expresiones lingüísticas tienen función representativa. El alegato, en su forma más radical, llega a pretender que ninguna expresión lingüística tiene función representativa.

Pero el ataque tiene también una segunda parte. He dicho que las proposiciones expresan pensamientos. Sin embargo, algunos filósofos han argumentado que los pensamientos no están conectados con proposiciones. Más exactamente, han supuesto que los pensamientos no consisten en otra cosa que en «imágenes internas», y han añadido luego que a menudo hay tales «imágenes internas» no conectadas con expresiones lingüísticas. La conclusión es que el significado de una proposición no puede consistir en un pensamiento. También aquí se puede distinguir entre una posición radical y otra moderada. Según la primera, ningún significado de una expresión consiste en un pensamiento, sino siempre en lo que la expresión representa. Se trata, pues, de otra opinión que mantiene el vínculo simple, algo así como la imagen opuesta de la opinión del vínculo simple mencionada en el párrafo anterior. Según la posición moderada, algunas expresiones expresan pensamientos y representan cosas o estados de hechos, mientras que otras tienen meramente esta función representativa.

Los dos modos de ver descansan en la errónea suposición de que los pensamientos son imágenes mentales, o cosa parecida. Los pensamientos son actos mentales, y, por lo tanto, difieren fundamentalmente de toda especie de objetos fenoménicos. Parece que la crítica de la opinión del doble vínculo depende de la llamada teoría del contexto de significado, según la cual el significado de una expresión consiste en las imágenes, sentimientos, etc., suscitados por la expresión en cierta persona. Ese tipo de significado varía desde luego de persona a persona, e incluso, para una misma persona, de una ocasión a otra. Si se piensa que los pensamientos consisten en esa clase de respuestas internas, es fácil llegar a la conclusión de que las expresiones lingüísticas no pueden expresar ciertos pensamientos característicos. Pero, repitámoslo, los pensamientos no son ni imágenes mentales ni «significados» en el sentido definido por la teoría del contexto.

A veces las dos opiniones radicales antes mencionadas se combinan, y el resultado se ofrece como una alternativa a la opinión del doble vínculo. El significado de una expresión, se mantiene, no consiste en un pensamiento y una referencia. No puede consistir en lo primero porque no puede consistir en «imágenes internas o respuestas internas. No puede consistir en lo segundo porque las expresiones pueden estar llenas de significado aun cuando no representen nada. ¿Cuál es, entonces, el significado de una expresión?

Sonidos y grafismos, observábamos, se combinan de acuerdo con ciertas reglas. En su uso obedecemos también ciertas convenciones sociales. Pero lo más importante es que pueden usarse para expresar nuestros pensamientos y para representar cosas y estados de hechos.

Así pues, puede decirse que son significativos al menos de cuatro maneras diferentes. Primero, las expresiones lingüísticas son significativas en cuanto están bien construidas de acuerdo con las leyes de la gramática. Segundo, son significativas en cuando contribuyen considerablemente a nuestra vida social. Tercero, son significativas en cuanto expresan nuestros pensamientos. Y cuarto, son significativas en cuanto representan cosas o estados de hechos. Entonces, si se niega que las expresiones lingüísticas sean significativas en los dos últimos sentidos, habrá que decir que el significado es sólo cuestión de las reglas gramaticales y sociales. El significado de una expresión, se dice, reside en las reglas para su uso.

Desde luego, no estamos obligados a aceptar esa teoría del significado; porque no estamos obligados a aceptar las dos opiniones radicales que se esconden tras ellas. No hemos de mantener que ninguna expresión lingüística tiene significado referencial simplemente porque pueda haber algunas expresiones sin función representativa. Ni estamos obligados a mantener que las expresiones lingüísticas no expresan pensamientos, porque no pensamos que los pensamientos sean «imágenes mentales». Al contrario, hechos evidentes nos convencen de que muchas expresiones lingüísticas tienen la doble función de expresar pensamientos y de representar cosas y estados de hechos en el mundo. Tomamos, pues, como punto de partida, la opinión del doble vínculo, y ese punto de partida determinará el curso de nuestras siguientes investigaciones.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia
Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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