El universo como placebo

Foto: Ross Mayfield(Licensed Under Creative Commons)

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Por R. Ingasci

Algunos enfermos se curan ingiriendo simplemente una píldora azucarada que el médico entrega como si fuese una medicina. Esto no nos debe extrañar, ya que en última instancia toda terapia se basa en la capacidad autocurativa —sobre todo mental— del organismo. El universo y sus manifestaciones cotidianas, uno de cuyos aspectos son las sustancias medicinales, son en el fondo meras “señales” capaces de hacer reaccionar favorablemente al organismo. Esta constatación es la que permite afirmar, con audacia no ajena a la verdad, que el universo entero es un “placebo”

El placebo es tratado con desdén por la medicina occidental. Los médicos suelen decir: “es solo un placebo”, cuando emplean una sustancia inerte (generalmente una píldora azucarada), que consigue los mismos efectos que un fármaco “real” en experimentos de “doble ciego” (aquellos en los que ni médico ni paciente saben qué es lo que toma este último). El “efecto placebo” es relegado a la categoría de “tratamientos inespecíficos” por los médicos actuales, pues éstos prefieren utilizar otras píldoras mágicas, como la penicilina, para conseguir resultados fiables y medibles.

El movimiento actual hacia una medicina más integradora ha vuelto a dar importancia a estos factores inespecíficos y en particular al enorme poder curativo de la mente humana. La medicina occidental, que sobrevalora el tratamiento de la parte y del síntoma, utilizando para ello tecnologías caras y complejas, ha pasado por alto el hecho de que lo que maneja es toda la persona, su cuerpo, mente, emociones, y también el medio social en que se desenvuelve. La interacción de todo ello es muy superior a la simple suma de sus partes. Las actitudes, valores y creencias individuales son elementos de gran importancia en el proceso curativo.

Las culturas primitivas se dieron cuenta de los poderes del placebo hace cientos de años, y los han usado para facilitar curaciones al hacer desaparecer los miedos y las preocupaciones causados por la enfermedad. Incluso en la actualidad los hechiceros cantan y danzan, los chamanes inducen estados de trance por medio de rituales y los médicos llevan batas blancas y toman el pulso. Con todas estas prácticas se transforma de alguna manera la mente del enfermo y se prepara la curación.

El efecto placebo demuestra que toda curación es esencialmente una auto-curación. Cuando un paciente ingiere píldoras azucaradas creyendo que le van a hacer desaparecer el dolor, éste realmente desaparece. La gente sana por su fe en la propia curación, y estos efectos sólo pueden ser atribuidos al poder de una sugestión positiva.

De la misma forma, las sugestiones negativas (llamadas nocebos), pueden también ser utilizadas para producir efectos físicos negativos. Se llevó a cabo un experimento en la UCLA (Universidad de California en los Ángeles), en el que a un grupo de estudiantes universitarios se les indicó que iba a ser emitida cierta corriente eléctrica mientras realizaban un examen. Una vez finalizado, dos terceras partes de los estudiantes declararon haber sufrido dolores ligeros de cabeza. Sin embargo no se emitió ningún tipo de corriente.

Los hechiceros primitivos y los que emplean magia negra han utilizado maleficios que han llevado a la muerte a personas en muy poco tiempo. La causa física de estas muertes suele ser la arritmia cardiaca (latido irregular del corazón) que aparece en momentos de miedo y otras emociones intensas.

En Occidente existen también formas inconscientes de “vudú”. Un ejemplo es la catalogación de un paciente como “enfermo incurable o terminal”. Al decir a un paciente que la medicina no puede hacer nada más por él, éste pierde la esperanza y muere a menudo poco después de oír esta sentencia.

Pero actualmente muchos médicos están comprobando que hay un número importante de “enfermos desahuciados” que no resigna a morir, dándose “remisiones espontáneas y milagrosas”, o más bien inexplicables (para la medicina oficial, naturalmente). Estos pacientes se curan por sí mismos de enfermedades muy distintas, graves o leves. Se curan verrugas con hipnosis, colitis con relajación, artritis con yoga, dolores de cabeza con meditación… Todo ello apunta a la misma idea: no podemos separar la mente del cuerpo y la medicina occidental tiende a ello, olvidando así aspectos vitales del proceso curativo.

Como la medicina actual no explica hechos obvios, ha llegado el momento de crear un nuevo modelo de medicina, que ya se ha ido gestando en las nuevas visiones de la física y la biología. Para los físicos modernos, el universo es un gran entramado de patrones dinámicos de energía. Todo, incluyendo la mente y el cuerpo, esta interconectado y lo único perdurable es el cambio. Los científicos que tienen una idea clara de la interrelación mente-cuerpo, creen que no existen realidades objetivas fuera de nosotros y que el sistema nervioso humano construye sus realidades estructurando e interpretando los patrones energéticos de los que formamos parte. En palabras del astrofísico inglés Sir James Jeans: “Comenzamos a ver el universo más como un gran pensamiento que como una gran máquina”.

La tensión nerviosa (o estrés) es un concepto que ha irrumpido en la medicina occidental y que resulta clave para entender la relación entre enfermedades mentales y físicas. La definición primitiva de estrés de Hans Seyíe era muy simple: “respuesta inespecífica que los organismos presentan ante el cambio”. Esta respuesta puede se positiva (saludable o creativa) o negativa (la ansiedad o angustia por ejemplo), según responda el individuo ante el cambio.

La forma en que respondemos ante los acontecimientos depende de nuestra “visión global del mundo”; es decir, del conjunto de actitudes, escalas de valores y creencias que afectan a nuestro comportamiento. Estamos tan impregnados de nuestras propias creencias que a veces no nos damos cuenta de ellas. Pensamos que somos entes separados de la naturaleza y de los demás hombres, sin comprender que en realidad las personas somos en esencia lo mismo, Ignorando esto, nos sentimos aislados e inseguros, llenos de conflictos internos y en desarmonía con el mundo.

El efecto placebo demuestra claramente que al cambiar nuestras expectativas y miedos mejora nuestra salud y bienestar. La salud es el resultado directo de percibirnos como un todo y como una parte esencial de la totalidad. Memos de restablecer nuestra relación con el universo, mediante un cambio en nuestro punto de vista.

La curación tiene lugar de forma automática en cada uno de nosotros al dejar a un lado los pensamientos negativos, aunque sea momentáneamente. Al romper las barreras interpuestas por nuestras expectativas pesimistas, potenciamos la fuerza vital que reestablece nuestro estado de totalidad y salud. La energía curativa no sólo fluye en nosotros, sino que también lo hace a nuestro alrededor; lo único que debemos hacer es dejarla entrar.

Cuando nos relajamos y pensamos que en el universo es posible el amor, la comprensión y la creación, estas ideas optimistas nos producen efectos positivos, muchas veces de inmediato. Podemos utilizar al universo como un gran placebo, un universo lleno de vida y en continua creación.

Podemos ampliar aún más este efecto creando a nuestro alrededor un ambiente de seguridad, amor, afecto, y fraternidad con los demás que nos reforzará la idea de un universo benevolente. Si expresamos y compartimos estos sentimientos con la humanidad, mejoraremos las esperanzas e infundiremos ánimos, cualidades esenciales de toda curación.

Para comenzar, debemos aprender a superar las barreras psicológicas (cinismo, desconfianza, miedo) que nos impiden utilizar al universo como placebo. El eco positivo a nuestra actitud no tardará en sonar y, si ésta es perseverante, los efectos a largo plazo pueden depararnos una transformación verdadera para nosotros y la sociedad.

 

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