El pensamiento

Foto: kiko124(LCC)

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Por José Policard

«Acerca del pensar no sabemos gran cosa», dice uno de los personajes de la obra de T. S. Eliot The Family Reunión [Reunión de familia]. Cierto, pero ello no es razón para que no tratemos de saber más. Con tal fin, acudamos a los maestros reconocidos del pensar, a ver qué luz derraman en nuestras mentes sobre la naturaleza de tal misterio. Por más que, seguramente ni siquiera ellos serán capaces de informarnos al respecto, pues quien ha llegado a la meta después de recorrer un camino largo y difícil no siempre sabe muy bien cómo ha llegado hasta allí. Lo mismo que a Colón, puede ocurrirle que no sepa con exactitud dónde está. Generalmente, quien hace bien una cosa no tiene por qué ser el que mejor nos sepa decir cómo la ha hecho. Pero de aquí no se sigue que nos lo pudiese decir mejor si fuese menos hábil y su obra menos bien hecha. En igualdad de todas las demás circunstancias, nos fiamos más de aquellas personas cuyas pretensiones de que sabe son confirmadas por sólidas realizaciones. Por lo menos, confiamos más en ella que en quienes, teniendo las mismas pretensiones, no aducen en su apoyo ningún hecho.

Uno de estos tipos fue Charles Babbage, quien hace un siglo escribió que «el más alto ejercicio de las facultades humanas» consiste en dedicarse a determinar las leyes del pensamiento en virtud de las cuales hacemos descubrimientos y pasamos de lo conocido a lo desconocido. Llamaba a esto «la filosofía de la invención». Sus grandes coetáneos los matemáticos Augustus de Morgan y Georges Boole compartían este punto de vista y, lo mismo que Babbage, no acertaron a ver la diferencia que hay entre el pensamiento formal, o sea, el modo de pensar conforme a las reglas de la lógica, y el pensar real o modos de pensar que se practican en la vida cotidiana. Por eso, al escribir libros sobre matemáticas y lógica creyeron estar escribiendo sobre psicología. En Las leyes del pensar, que es una obra de lógica pura, Boole se había propuesto, al parecer, «descubrir las leyes y relaciones secretas de aquellas altas facultades de la mente por las que es alcanzado o madurado todo cuanto en el mundo y en nosotros mismos cae más allá del conocimiento meramente sensible». Después de bastantes decenios de experimentación psicológica, estamos capacitados para ver mejor las verdaderas dimensiones de los trabajos efectuados por aquellos grandes hombres.

Bacon (1561-1620) y Leibniz (1646-1716) habían reconocido ya, mucho antes que Babbage, la importancia del arte de pensar, pero ambos habían incurrido en el mismo yerro de creer que dicho arte era reducible de una serie de preceptos. Bacon quiso poner a todos los hombres al mismo nivel intelectual dándoles las «reglas y demostraciones más ciertas y seguras», y Leibniz inventó una máquina que, según sus esperanzas, razonaría lógicamente, y estaba convencido de que por un método matemático o similar podría demostrar cualquier cosa. Una cuestión que le atrajo especialmente en este mismo orden de cosas fue la naturaleza o esencia de los juegos, materia en la que su inventiva halló dilatado campo. Estaba persuadido de que los hombres mostraban más en sus entretenimientos que en ninguna otra de sus actividades su genuina manera de ser, y de que hasta los juegos de los niños eran dignos de la atención de los más sesudos y eminentes matemáticos. Acariciaba, pues, la idea de escribir un tratado sistemático sobre los juegos, en el que entrarían aquellos que, como muchos de los infantiles, dependen sólo de los números, los que, como el ajedrez, dependen de la posición, y los que, como el del billar, dependen del movimiento. Se Imaginaba que tal obra serviría para perfeccionar el arte de la invención, que él llamaba el arte de las artes, a saber, el arte de pensar.

Muchos científicos y matemáticos ilustres que han examinado y analizado sus propios procesos mentales tratando de descubrir cuáles son las condiciones más favorables para el trabajo creador, han distinguido en el pensar cuatro fases sucesivas: 1) de preparación; 2) de incubación; 3) de iluminación, y 4) de verificación. Tales estadios aparecen no sólo en el curso del trabajo científico o literario, sino también siempre que se trata de recordar algo, o de resolver algún problema o rompecabezas, al reconocer formas indistintas, en los diagnósticos médicos, en la identificación de especies raras y en las diversas modalidades de la conjetura.

La serie de esas fases la ha descrito con claridad Bertrand Russell:

En todo trabajo creador de los que yo he realizado, lo primero en venirme a la mente era un problema, un enigma que implicaba inquietud, acucia-miento. A continuación,- la voluntad hace que la atención se concentre y aplique con el mayor esfuerzo sobre ese problema. Tras ello viene un período sin pensamiento consciente, y por fin surge una solución que te da ya el plan completo de un libro. Esta última fase suele presentarse de repente, y parece ser el momento crucial para el subsiguiente logro.

En esta perspectiva se contempla el pensar como proceso acumulativo, histórico. Entre los escritores modernos destaca Samuel Butler como uno de los que más claramente han entendido que las ideas no descienden de pronto del cielo ni brotan de buenas a primeras, sino que cada una es hija de otras. He aquí un pasaje de su obra The Way of all Flesh en el que trata este punto:

El [Ernesto] no comprendía que si esperase, oyese y observase, probablemente se le ocurriría alguna vez otra idea de la misma especie, y que el desarrollo de ésta le sugeriría a buen seguro otras más. Ignoraba que lo peor que se puede hacer para capturar ideas es dedicarse expresamente a intentar cazarlas. El procedimiento mejor para conseguir tenerlas es estudiar algo a lo que se sea muy aficionado e ir notando muy bien cuanto se nos ocurra a propósito de ello, ya sea durante el estudio ya durante el descanso, apuntando todas esas ocurrencias en un cuadernillo que llevemos siempre con nosotros. Ernesto ha llegado a saber algo de esto ahora, pero necesitó mucho tiempo para caer en la cuenta de ello, porque no es de la clase de cosas que se enseñan en los colegios y en las universidades. Y tampoco sabía entonces que las ideas, no menos que los seres vivos en cuyas mentes se producen, han de ser procreadas por otras ideas progenitoras que se les parecen mucho, diferenciándose las más originales en algunos rasgos, pero leves, de los padres que les dieron el ser.

La opinión de Butler acerca de los procesos del pensar estaba basada en su convencimiento de que la memoria tiene una importancia fundamental en la evolución. Definía la vida como «aquella propiedad de la materia que la capacita para recordar», y creía que unas mismas leyes rigen la vida corpórea y la intelectual. Así, las ideas se desarrollan y engendran otras ideas, de tal suerte que siempre hay cierto grado de parentesco entre unas ideas y otras. En el mundo mental no se da nada semejante a una generación espontánea.

Y ¿cómo empezamos? ¿Cuáles son las condiciones de las que partimos para pensar (ponderar, reflexionar) creativamente? El proceso se inicia cuando advertimos alguna dificultad, cuando «notamos el clavo en el zapato». Si sólo sentimos cierta incomodidad y no nos inclinamos para descubrir su causa, no puede decirse propiamente que estemos pensando; la incomodidad no es aún identificada como un problema por resolver. De suyo, si prescindimos de la molestia que nos causa, un clavo que nos pinche en el zapato no será un problema.

Pensar es ser consciente de una dificultad, de un obstáculo, de un desafío. Las ideas, como dijo Pasteur, son «hijas de la Necesidad», pero la Necesidad sólo engendra tales hijas si su marido le presta atención y «está por ella».

A lo largo de esta primera fase, el pensador se sumerge en el tema, ya se trate de un asunto de la vida diaria o de una dificultad con la que haya tropezado en el estudio. Ello no quiere decir que el estudiante deba enfrascarse en lo que le parezca ser la literatura importante sobre la cuestión. Será más avisado si esto lo deja para un estadio ulterior. Porque atiborrándose la cabeza con ideas ajenas se expone a que las suyas nazcan asfixiadas. Y además tampoco es fácil, ni mucho menos, decidir qué es, en realidad, importante o no. Cosas que parecían al principio no tener relación alguna con el tema de que se trate, puede que al final resulten pertenecer al fondo mismo de la cuestión. Y contentarse con usar los libros como fuentes de datos, de conocimiento o información con que revestir y adobar sustanciosamente el futuro pensamiento propio no es bastante. Las ideas no brotarán espontáneamente de una masa inerte de «datos», como tampoco el carbón producirá nunca por sí mismo la llama. Y su valor no puede provenir de la lectura pasiva. De un libro sacaremos tanto más fruto cuanto más esfuerzo inteligente pongamos en leerlo.

Una vez hayamos comenzado a pensar un tema concreto, nos sumiremos a continuación en él, «dándole vueltas» durante algún tiempo. Esto presupone un interés genuino el interés fingido no dará nunca resultados auténticos. Durante esta fase se han de explotar diversas sendas, pues aun las que no parezcan conducir a parte alguna puede que, al fin, nos ayuden a dar con el camino verdadero. Es este período de preparación el que puede prolongarse durante semanas, meses o años de esfuerzos antes de que surja una idea creadora, «original».

Tras la preparación viene la incubación, palabra que, desafortunadamente, sugiere pasividad, como si el entendimiento hubiera de limitarse a mantener el calor y la humedad necesarios para el surgir de las ideas. De hecho, se requiere una activa búsqueda: ninguna idea emergerá hasta que el ambiente esté a punto para su salida. Las actividades inconscientes que caracterizan esta fase mal llamada «de incubación» no se han de considerar como inferiores a las conscientes, sino como de distinta cualidad. Tal «incubación» implica probablemente un gran número de indagaciones, recuerdos, cálculos, elecciones, clasificaciones y otras operaciones inconscientes de carácter lógico, además de otras que son alógicas. El uso adecuado de nuestro cerebro y nuestro entendimiento presupone que sabemos lo que es capaz de hacer en cada caso y en diferentes condiciones. Es inútil esperar de un tipo de esfuerzo consciente lo que sólo pueda realizarse mediante muy distinta operación mental.

Lo que sucede durante la fase incubatoria lo ilustra una observación hecha por el gran matemático francés Laplace. «He notado con frecuencia —escribía— que dejando de pensar por algunos días en una cuestión muy complicada, me parecía sencilla y fácil cuando volvía a pensar más adelante en ella.» Y basándose en su observación sostenía que «los vestigios mnemónicos aumentan en intensidad con el paso del tiempo y, sin que lo advirtamos, las cosas que aprendemos por la noche antes de dormir se van grabando luego durante el sueño en el sensorio y se retienen así fácilmente en la memoria». Aunque la terminología de Laplace resulte hoy un poco anticuada, lo cierto es que dio intuitivamente con una verdad profunda.

Su paisano el poeta Alfredo de Vigny describe esta misma clase de experiencia: «Yo no compongo un libro: el libro mismo se va componiendo, se va desarrollando en mi cabeza hasta su total maduración como un fruto». Y a propósito de su Cinco de marzo, escribió: «No hay libro alguno que yo haya contemplado por más tiempo ni más seriamente. En realidad, no lo he escrito, sino que se iba componiendo y perfeccionando sin cesar en mi cabeza. Conviene mucho, a mi entender, dejar así que una nueva concepción madure, como delicada fruta que no hay que coger del árbol demasiado pronto».

La «incubación» es la fase del «danzar» en torno a una idea (como dice T. E. Hulme), del «darle vueltas», como solemos decir nosotros; es el período del demorarse sobre un punto, decorándolo y trasformándolo hasta que suscita en la mente un sentido de novedad. De este modo, el descubrir analogías, el buscar parecidos entre ideas e imágenes y detenerse a considerarlos puede ser uno de los rasgos esenciales del proceso mental.

Llega un momento en el que el período incubatorio se acaba y el «huevo» está ya a punto de abrirse. Es el momento de la iluminación: tras la fase de oscuridad y lucha, se hace la luz. Un bello ejemplo de iluminación nos lo describe el lógico y economista W. Stanley Jevons:

Cuando desperté por la mañana, el sol inundaba esplendente mi habitación. En mi ánimo aleteaba la conciencia de que era yo el descubridor de la verdadera lógica del futuro. Durante algunos minutos sentí una dicha tan grande como raras veces se puede esperar sentirla.

En los descubrimientos matemáticos, el elemento decisivo surge espontáneamente, tal como lo describe Poincaré en su obra Ciencia y método. Notó este sabio que sus propios descubrimientos generalmente no se habían producido al final de un período de esfuerzo mental, sino en un destello instantáneo ocurrido tras un intervalo de descanso o distracción. Es como si «fuésemos gateando entre las rocas, los abismos, picachos y cornisas de una gran montaña y, de repente, cuando nos habíamos sentado a descansar y a tomar el té, nos hallásemos trasportados a la cima». A menudo hay el presentimiento o la sensación de que de un momento a otro se va a hacer la luz, va a amanecer una nueva idea en nuestra mente, pero sería de incautos dar por válida una idea ateniéndonos a su aspecto inmediato: hay que verificarla, indagando su verdad o validez. Esta es la fase de la comprobación o verificación, que en el terreno científico requiere dedicarse a las pruebas experimentales de la «ocurrencia» o hipótesis de trabajo.

Así que el estadio experimental empieza propiamente, tratándose del quehacer científico, después de la inspiración o iluminación. Y lo mismo se diga del método estadístico, que no es un medio de hacer descubrimientos, sino de comprobar la validez de las hipótesis formuladas por quien ya haya avanzado bastante en las materias de su estudio y esté preparado para penetrarlas a fondo. El estadio experimental exterioriza el proceso del pensamiento, que es un intento de anticipar las probables consecuencias de una acción ensayandola, por así decirlo, interiormente.


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