El fin social de la empresa


Por Robert Sidelsky

Una empresa es una organización formada por seres humanos con el objetivo de alcanzar unos determinados fines. Como en todas las organizaciones, las empresas deben alcanzar esos objetivos mediante la administración de sus recursos disponibles que son el los humanos, el capital, las instalaciones, etc… Estos recursos deben ser utilizados de manera racional para conseguir el máximo rendimiento, la máxima producción con unos costes mínimos. Es lo que llamamos optimización o eficiencia de una empresa.

Suelen, de todas maneras distinguirse entre dos tipos de empresas: aquellas cuyo fin es eminentemente económico (y su mayor o menor eficiencia se mide por tanto por su capacidad para generar beneficios económicos) y aquellas, denominadas como sin ánimo de lucro, cuyo objetivo fundamental es mejorar las condiciones de vida de las personas.

No obstante, no existe una línea divisoria infranqueable entre ambas ya que las de carácter eminentemente económico también influyen directamente en la mejora de las condiciones de vida de las personas, mientras que las empresas de carácter social deben cuidar su rentabilidad económica si quieren ser realmente útiles para la sociedad.

La mejora de las condiciones laborales de las empresas influye directamente en la productividad de las mismas. Esto lo conoce muy bien el propio sistema Un trabajador bien remunerado se convierte también en un consumidor ávido de gastar su dinero y por tanto de reinvertir en la propia empresa. De este manera se cierra el propio ciclo económico.

De esta manera las empresas deben buscar no sólo la mayor producción posible con el menor gasto posible en materia de personal, sino que al mismo tiempo no pueden descuidar la merma en las condiciones económicas de sus empleados, que a la postre son los destinatarios y futuros consumidores de sus productos.

En los últimos años hemos contemplado como muchas empresas ubicadas en países occidentales, ante el aumento del coste salarial de sus trabajadores han decidido trasladar sus plantas de producción a otros países donde la mano de obra es sensiblemente más barata.

Esta decisión debe ser convenientemente sopesada por dichas empresas puesto que normalmente el mercado al que van destinados la mayor parte de los productos que fabrican está situado precisamente en esos países occidentales, con lo que el “ahorro” en costes salariales pueden muy bien traducirse en un aumento sustancial de los gastos en transporte y distribución de sus productos.

A lo largo del tiempo el concepto de empresa ha ido evolucionando.

Max Weber fue el primero en enunciar que el verdadero termómetro del funcionamiento de las empresas es el beneficio económico y si bien esto sigue siendo cierto no debemos olvidarnos de estos mecanismos que se encuentran en torno a la producción como son las relaciones laborales o la participación de los trabajadores en las decisiones de la empresa que cada vez juegan una mayor importancia en la empresa moderna.

En las empresas modernas el trabajador no es simplemente un asalariado, sino que se convierte como ya hemos visto en el objetivo final del proceso productivo y por tanto su participación en las decisiones de la empresa, como consumidor o como generador de nuevas maneras e ideas se convierte en algo fundamental.

La empresa debe convertirse en un organismo vivo capaz de alimentarse, de evolucionar, de cambiar de acuerdo con las necesidades del mercado gracias a la implicación cada vez mayor de los trabajadores que la integran.

Unas malas relaciones personales en el trabajo solo pueden causar problemas: falta de coordinación entre los distintos departamentos, falta de comunicación, objetivos contrapuestos, incremento de las bajas laborales tanto por motivos psicológicos como físicos, mala imagen de cara al exterior, etc…

Por el contrario, un buen clima laboral incrementa la productividad y la competitividad de la empresa

 

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